Canadá

Richard Ford

Canadá es la última novela de Richard Ford (Estados Unidos, 1944) anclada en la América profunda, una pequeña ciudad sin ningún atractivo, desvinculada del mundo, totalmente ajena a las grandes ciudades modernas. En Great Falls, Montana, no pasa nada. Dell Parsons, el protagonista, tuvo una experiencia traumática en su adolescencia y, pasados cincuenta años, hace un recuento de su vida en paralelo con la de su hermana gemela, ambos marcados por un hecho delictivo que cometieron sus padres y cuya consecuencia originó el final de la familia.

Canadá está dividida en tres partes, división que propone el narrador en un intento por comprender su pasado y dar sentido a su vida, empresa azarosa que asume en soledad, y que se rebela como un largo aprendizaje. Dell es el alma que ilumina la prosa, su bondad y su positivismo, muy alejados del héroe contemporáneo, se combinan con un deseo innato de ser feliz. O por lo menos intentarlo conscientemente. Este es el sueño americano contado al revés: hay que pasar la frontera para renacer, Dell se queda en Canadá y se hace ciudadano canadiense.

Primera parte: Los Padres

La necesidad de rescatar a sus padres del olvido es un requisito indispensable para que Dell pueda comprender su propia travesía. El relato comienza con la presentación de ellos -como individuos y como pareja- y en ambos casos la percepción está sesgada por el amor que siente por sus padres y que sabe correspondido. Este vínculo afectivo es determinante, es el ancla que lo mantiene a flote, y que hará que los recuerde con cariño a pesar del mal que le causaron. Dice de su padre:

“La verdad es que nunca estuvimos muy unidos, aunque yo le quería como si lo hubiéramos estado”. (pág. 47).

“Los queríamos a los dos, y eso tiene su importancia. No debe obviarse en esta historia. Siempre quisimos a nuestros padres.” (pág. 159).

El padre, Bev, es un ex combatiente de la 2a. Guerra Mundial, un hombre muy limitado, incapaz de retener un trabajo más de dos meses y por ello termina metido en problemas, haciendo negocios deshonestos; pero al mismo tiempo Bev refleja una imagen luminosa hacia fuera: es guapo, simpático y divertido. Su hijo lo admira por ello:

“Aunque diré esto de mi padre: cuando volvió del escenario de la guerra, de ser el agente de una muerte silbante que caía del cielo -era 1945, el año en que mi hermana y yo nacimos en Michigan, en la base Wurtsmith de Oscoda- tal vez se había apoderado de él una especie de fuerza de gravedad poderosa e indeterminada, como les sucedió a otros muchos soldados norteamericanos. Se pasó el resto de su vida luchando contra esta fuerza de gravedad, esforzándose por todos los medios por seguir siendo positivo y por mantenerse a flote, tomando decisiones equivocadas que le parecieron buenas de verdad en su momento, pero finalmente malentendiendo el mundo al que había regresado y convirtiendo tal malentendido en su vida misma. Debió de ser así también para millones de jóvenes. Aunque él no lo hubiera sabido ni admitido jamás de sí mismo.” (pág. 18).

La madre, Neeva, hija de judíos polacos inmigrantes, es seria, muy hermética, depresiva, los prefiere encerrados a todos en casa, sin contacto con el mundo exterior, ni siquiera frecuentan a los abuelos. Pero Neeva también es ambiciosa, le interesa la cultura y Bev la admira por eso. De niño quiere ser como ella, comparte sus gustos y sensibilidad. Lo sorprendente es que siendo dos adultos irresponsables que cometen una locura pensando en enderezar sus vidas, dejen una huella tan profunda en el hijo varón. Dell acepta lo que su madre tenía previsto para él, a pesar de lo duro que le resulta. No así su gemela: Berner se rebela y huye de los modelos impuestos, mientras más lejos esté de su casa, mejor; ni siquiera invita a su hermano a escaparse con ella, rompe de manera radical con su pasado.

En esta primera parte, Dell intenta rastrear lo que sucedió, ese elemento que parece inexplicable: ¿qué llevó a sus padres a compartir tan desgraciada aventura? Sabe que su madre acepta intervenir para protegerlo a él, ya que el padre había pensado en convertirlo en su cómplice. Pero esa no es razón para actuar, pudo haber protegido a su hijo no dejándolo ir y haberse negado ella también a participar, Neeva pudo escapar con sus hijos, o hablar con la policía, en fin, está claro que nadie la obligó a acompañarlo. Además fue una cómplice muy mala: cambió el plan original y lo empeoró. La pregunta que tiene Dell en la cabeza es ésta: ¿qué diablos pudo pasar para que ambos optaran por atracar un banco para solucionar un problema económico y pagar así la deuda a los indios? Dell no encuentra respuesta, pero recuerda lo que percibió, aquellos cambios de actitud en su madre que describe de esta manera:

“El motivo de que se quedara tranquila (quizá sólo se sintió reafirmada) -el motivo de que bromeara con nosotros y le tomase el pelo a Berner sobre su futuro como estrella, y de que se riera al decir que yo llegaría a ser profesor universitario, y de que viera la televisión con nosotros, y de que hablara de The Secret Storm y de As The World Turns, y de los fieles que eran a la vida real- quizá estaba en que, visto el modo en que la vida la había dejado a un lado, de lo que se percataba ahora era de que en realidad no estaba soportando una carga, sino que poseía un anhelo grande, sin explotar, refrenado durante años, de cambiar. Al perder el juicio nuestro padre, con su plan para robar un banco (que ella conocía perfectamente), quizá sintió no desesperación ni terror ni un mayor extrañamineto (que habría sio lo convencional) sino libertad. De todas las fuerzas que la oprimían. Quizá concluyó que su sentimiento de libertad nacía directamente de las cualidades mismas que la aislaban, y que éstas no eran un tormento sino su fuerza. Habría sido muy propio de ella y de su carácter escéptico. Y quizá le hizo sentirse mejor de lo que se había sentido en mucho tiempo. Es extraño que así fuera. Pero ella era extraña.” (pág. 93).

La curiosidad por descubrir la verdad, y el deseo insatisfecho por comprender, fuerzan a Dell a dar vueltas sobre el mismo punto, como si el narrador no quisiera avanzar o no tuviera prisa, detenido en las figuras de sus padres, hasta que no se agote el tema no hay tregua , sorprendido por lo que fueron capaces de hacer dos personas que parecían inofensivas. Porque éste es otro de los temas que importan a Dell: ¿Es posible percibir alguna señal en la gente que hace este tipo de cosas? ¿Hay alguna pista que indique la tendencia a delinquir? ¿Es innata esta actitud, se nace predestinado?

Dell conocía la fantasía de su padre al respecto, había sido testigo de su admiración por Bonnie y Clyde, había compartido su sueño. Pero de ahí a verlo convertido en realidad hay un salto muy largo. Y con la participación de su madre, lo cual convierte el hecho en algo más difícil de aceptar.

Hay, en esta primera parte, un dato que me gustaría comentar, me refiero a la curiosidad de Dell: esa temprana pasión por el saber y su apego al colegio que representa el espacio ideal para refugiarse fuera de casa. Dell confía en el conocimiento como un puente para salir de la mediocridad, el medio para acceder a un nivel superior y obtener cierto grado de libertad. Por eso tiene mucha ilusión en el inicio de las clases, acaricia la idea de pertenecer a un grupo, compartir e intercambiar. El ajedrez y el cultivo de las abejas, sus dos aficiones, comparten esta misma naturaleza: herramientas de conocimiento que ayudan a crecer, a convertirse en mejor persona. Sin embargo en Great Falls no consigue nada de eso: cuando va a la feria con su padre para enterarse de los secretos de la apicultura no llega a entrar, se queda en la puerta, el plan es abortado por la presencia de la policía. Luego huirá a Canadá, dejando atrás la posibilidad de escolarizarse. Duras pruebas para un chico ambicioso.

Si lo comparamos con su hermana encontramos una diferencia notable de intereses: Berner busca la compañía de Rudy, fija su atención en otras cosas como viajar, ligar, conocer gente y conquistar mundo, características propias de un adolescente. Dell es serio, como su madre. Y tiene una gran cualidad: siempre espera cosas buenas de la vida, a todo le busca un lado positivo que le pueda valer para ser menos infeliz:

“Los hechos que resultaron decisivos en las vidas de nuestros padres se estaban convirtiendo en secundarios respecto de los hechos que me llevaban a mí hacia delante desde aquel día de agosto. Aprender este hecho nada sencillo ha constituido la materia de este relato desde el principio hasta este momento; eso y ver a nuestros padres con más claridad….
… Centrarme mucho en la marcha de Berner haría que todo esto pareciera tratar de la pérdida, y no es así como yo veo las cosas aún hoy. Pienso que lo que cuento trata del progreso, y del futuro, que no siempre son fáciles de ver cuando estás tan cerca de ambos.” (pág. 257).

Segunda parte: Canadá

Dell asume, de manera intuitiva, que el plan trazado por su madre tiene que ser respetado por su propio bien: si ella consideró que Canadá sería la mejor opción, su hijo, por respeto no la cuestiona, acepta la decisión a pesar de que todo lo que implica es horrible: el lugar inhóspito, la presencia de Charley Quarter, la terrible soledad. Su gemela, Berner, reaccionó de manera opuesta y se largó, ella es impulsiva y radical, quería otro mundo. En esta segunda parte, Berner no existe, Dell se habitúa a vivir sin familia.

Todo lo que hay en Canadá es feo: el lugar:

“Unas cuantas casas grises de madera diseminadas a lo largo de varias ruinas de varias calles. Había también vestigios de otras casas que un día habían ocupado los espacios vacíos: cuadriláteros con cimientos de ladrillo, dependencias anexas medio derruidas, alguna chimenea aún en pie, y una tierra abierta en donde tiempo atrás había existido algo que hoy se había esfumado. Las cinco o seis casas que aún se mantenían en pie parecían vacías; las puertas principales, abiertas, aún giraban sobre sus goznes, y los jardines estaban invadidos por las malas hierbas.” (pág. 288).

No sólo la atmósfera es depresiva, la gente resulta extraña:

“Charley era aún más raro a la luz del día: su cabeza nudosa, más grande; sus hombros, anormalmente estrechos; sus piernas arqueadas desde las rodillas, donde se acababan las botas; su pelo negro, aún sujeto en la nuca con el pasador del diamante falso. Una vision perturbadora a plena luz del día.” (pág. 289).

Y el trabajo poco interesante para un chico de 15 años cuya única ambición era estudiar. Resulta conmovedor ser testigo de tanto desasosiego, duele la mala suerte del adolescente y sorprende su docilidad, pero al mismo tiempo se percibe su inteligencia: el proceso de aprendizaje comienza el día uno: escucha el consejo de Mildred y no se derrumba cuando llega a su destino. De cualquier acontecimiento, Dell sacará provecho; y cada pasito que da hacia adelante queda registrado como un logro:

“Berner me había dicho en la carta que nuestras vidas eran una ruina, pero que nos quedaba mucho por vivir. Y yo no era capaz de inventarme que era realmente feliz. Pero estaba contento por no tener que llevar en un cubo el agua que me hacía falta, ni bañarme utilizando la bomba y la placa eléctrica y la pastilla de jabón, ni dormir en la casucha fría y de olor acre y llena de corrientes, ni compartir el retrete exterior con Charley Quartes, y sin ver nunca a nadie conocido. Era posible, sentía que estuviera experimentando una mejoría general, algo que hasta entonces dudaba mucho que pudiera conseguir. Así que no era descabellado pensar -y esto era muy importante para mí- que al menos una parte de mi constitución humana se veía inclinada a creer que la vida podía ser mejor.” (pág. 379).

Creo que ese es el sentido de Canadá, la confianza en el ser humano para salir adelante en circunstancias adversas. Acostumbrados a culpabilizar a los padres de las errores de los hijos, o buscando explicaciones de hechos ocurridos en el pasado para justificar nuestras faltas, nos encontramos con dos personajes muy jóvenes que asumen su libertad para elegir el camino a seguir lejos de su pasado. Es una apuesta valiosa tratándose de dos chicos abandonados, sin entorno protector ya que no pertenecen a un grupo que les de cariño e identidad. Charley, Arthur Remlinger y Florence serán las únicas personas en quien Dell puede confiar y los tres le son extraños, dos de ellos viven en condición de refugiados, son seres que huyen porque han sido responsables de cosas malas. Sin embargo, a pesar de las circunstancias, el muchacho aprende al observarlos y se enriquece con las migajas que recibe, aunque esto también implica cierta dosis de sufrimiento: Dell pretendió que la figura de Arthur fuera la de un segundo padre y Arthur Remlinger lo defraudó, como lo hizo Bev. Arthur lo usa como escudo para protegerse de las balas de los norteamericanos, pero, más grave aún, lo hace cómplice del asesinato. Justo aquello que su madre evitó en el atraco. Los modelos que tiene Dell como padre no dan la talla, ambos tienen problemas con la justicia; el chico los superará ampliamente porque posee paz interior, algo que ni Bev ni Arthur conocieron. La madurez llega porque Dell aprende a tomar distancia y enjuicia a Remlinger después del deslumbramiento inicial, es capaz de orientarse en la oscuridad que lo rodea, a pesar de su juventud:

“Enterramos a los dos estadounidenses la noche misma de su muerte. Una medida de la clase de hombre que era Arthur Remlinger la da el hecho de que me obligara a ayudar a Charley Quartes y a Ollie Gedins (el hijo de la señora Gedins; el hombre alto con el gorro y el impermeable que había visto en el aparcamiento del Leonard) en el traslado de los cadáveres en las fosas abiertas en la pradera donde -de haber seguido vivos- los estadounidenses habrían disparado contra los gansos a la mañana siguiente, conmigo de “guía”. Otra medida la da el que no se ocupara lo más mínimo de mí, ni mostrara interés alguno por mi persona, ni tuviera un mejor plan para mí que lo que iba improvisando a cada momento : y ciertamente no para ampliar mi educación sino en el sentido de tener que ser yo mismo quien descubriera (otra vez y de forma mucho peor) cuántas más cosas eran posibles que las que una mente de quince años podría haber imaginado.” (pág. 466).

Tercera parte: La Hermana Gemela

El reencuentro de los hermanos es un excelente final, un capítulo breve que es pieza indispensable para redondear la historia: los gemelos se miran en el espejo que es el hermano, el otro yo, y de esa manera constatan su propia elección. Berner ha tenido una vida dura, su carrera ha sido la de un caballo desbocado. Sin embargo no está sola, tiene quien la cuide. Frente a ella, Dell parece de otro planeta. Aunque medido en sus respuestas, refleja cierta serenidad, es un hombre que ha conseguido hacer lo que le gusta y ese logro es un lujo: pudo graduarse en la universidad, es profesor, dirige un club de ajedrez y está bien acompañado. Dell no canta victoria pero tampoco se queja de su suerte, su hermana lo entristece pero al mismo tiempo, al verla, él reafirma sus logros amparado en la voluntad de salvarlo que le transmitió su madre:

“Mi madre me dijo que tendría miles de mañanas para despertar y pensar en todo esto cuando ya no hubiera nadie para decirme cómo sentirme. He tenido ya varias miles. Lo que sé es que tendrás una oportunidad mejor en la vida -de sobrevivirla- si toleras bien la pérdida; si te las arreglas para no ser un cínico en todo aquello que ella implica; si te supeditas, como sugirió Ruskin, al mantenimiento de las proporciones, a enlazar las cosas desiguales en un todo capaz de preservar lo bueno, aun cuando haya que admitir que lo bueno no es a menudo fácil de encontrar. Lo intentamos, como mi hermana dijo. Lo intentamos. Todos nosotros. Lo intentamos.” (pág. 507).

La entrega del manuscrito es un recurso literario que funciona como un buen pretexto, con esa información en mano, Dell escribe la historia familiar y cierra el círculo. Es significativo que ninguno de los gemelos haya querido traer un hijo al mundo. Lo único que sobrevivirá a ellos será este relato. Es la herencia que dejan en este mundo.

Estilo

Es un relato en primera persona, todo lo que sucede fuera es procesado por Dell, en silencio y soledad. El tono es íntimo, teñido de subjetividad; él es el único filtro, no hay otra mirada más que la suya. Por eso encontramos zonas de oscuridad en la historia, desconocemos datos que nos hubiera gustado tener (¿Qué pasó con los abuelos paternos?, ¿Qué le debe Charley a Remlinger, ¿Qué tipo de vida tuvo Dell cuando Florence lo sacó de aquel lugar?, etc.) pero cuando Dell calla- porque no sabe o porque no quiere hablar- nos quedamos fuera. Este misterio añade atmósfera e interés, la historia no está contada de manera tradicional, el punto de vista está dentro del protagonista.

El silencio parece ser la norma en la familia antes del atraco. Viven muy juntos pero cada uno está encerrado en su parcela. Cuando Dell percibe que pasa algo, lo intuye captando frases que se cortan, conversaciones inconclusas, discursos fragmentados. Él se habitúa a elaborar con retazos, o a interpretar con insinuaciones. Un buen ejemplo es cuando el padre le cuenta de un vecino que estuvo a punto de ser abusado y él interpreta que su padre le aconseja que asuma las cosas de la vida con responsabilidad:

“Lo que creo que me estaba diciendo realmente, sin embargo -sin utilizar exactamente esas palabras-, era que algo malo estaba a punto de sucederme, y que tendría que encontrar mi propia forma de superarlo.” (pág. 152).

Otro buen ejemplo es cuando narra la detención de su madre: hay que leer dos veces el párrafo para percibir la violencia. Dell lo cuenta con elegancia, como si quisiera minimizar la humillación de Neeva, ella se defiende como una leona y su hijo sufre con el espectáculo. La dignidad es una norma en su discurso:

“Entonces hubo una gran cantidad de movimiento en la sala, una gran conmoción: zapatos y sillas que arañaban el suelo, tela que se frotaba contra tela, respiraciones y cueros estrujándose… Bishop sacó unas esposas plateadas, y el policía grande y él rodearon la mesa y pusieron sus manos sobre los hombros de nuestra madre.” (pág. 200).

Los textos han sido tomados de la edición de Anagrama, 2013. Traducción de Jesús Zulaika.

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