Taller de Lectura de Liliana Costa

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Las Ratas

Mircoles 21 Julio 2010

Autor: Miguel Delibes

Desde el título hasta la explosión del desenlace, no hay nada prescindible en este conciso relato de la Castilla rural, ubicado unos años después de la guerra civil española.

Miguel Delibes (Valladolid 1920- 2010) centró su trabajo en la defensa de una cultura que le era muy querida, y desde su puesto como periodista Director en el diario “El Norte de Castilla”, reivindicó una manera de vivir, actuar, y sentir de los pobladores de estas tierras duras; dureza y sequedad que impregnaron sus vidas y moldearon sus horizontes, alejados de la modernidad. Pero la censura franquista le prohibió seguir levantando la voz -o expresando la palabra- desde el periódico. Impedido, entonces, como periodista a expresar sus inquietudes, lo hizo como escritor: este es el germen de la novela Las ratas, publicada en 1962.

Para recrear la realidad de un pueblo castellano, pequeño y aislado, Delibes utiliza el lenguaje propio de sus habitantes, lenguaje rico en sustantivos referentes al cultivo de la tierra, al mundo de los animales, a los elementos del paisaje y del clima; muchos de los cuales están hoy en vías de extinción. El escritor recurre a estos términos por fidelidad a su tema, los necesita para expresar el punto de vista de esa gente porque así hablan, aunque el narrador sea una tercera persona y muchos de los hablantes de español, de ámbito urbano, ignoren esos giros. Lo importante para Delibes es presentar el mundo elegido con precisión y respeto: si los campesinos castellanos son los sujetos de mi relato, el lenguaje utilizado será el suyo.

La novela no intenta rescatar o imponer vocablos que ya nadie -o muy pocos- usan. La intención es más profunda que una reivindicación lingüística con visos románticos, o un ejercicio vano: obedece a un deseo de presentar un mundo primitivo, sencillo y pobre con respeto, exigiendo para él un estatus equivalente a aquel que le atribuimos al mundo civilizado, urbano y moderno. La postura literaria, en este caso, es una llamada de atención, un reclamo para conceder al campo castellano la misma categoría que al resto de España: es así como viven, así como hablan, como trabajan, como se ayudan, así como se matan los campesinos de estas tierras.

Tampoco creo que Las ratas sea un canto al primitivismo, ni un recordatorio del pensamiento de Rousseau privilegiando el mundo primitivo frente al mundo civilizado. No. En Las ratas la falta de miras también pasa factura a los habitantes del pueblo, y una consecuencia de esa pobreza -de esas limitaciones no sólo materiales- es el crimen del Ratero. Cuando ya no tiene ratas para cazar, caza al hombre que él cree culpable de la situación, y lo caza como si fuera una rata:

“En un esfuerzo trató de herir al contrincante, pero apenas si el filo del pincho pudo rasgar la chaqueta de pana del Ratero quien, al sentir en la piel el cosquilleo del metal y aprovechando el pasajero desmayo del otro, descargó un golpe contundente de abajo arriba y el hierro se hundió en el costado de su adversario hasta la empuñadura. Todo fue instantáneo como un relámpago. Las manos del muchacho se distendieron y el pincho, al caer, quedó oculto en el barro. El Ratero se separó de él resollando y, entonces, el muchacho de Torrecillórigo avanzó hacia el Nini torpemente, dando traspiés, los ojos desorbitados y, al pretender hablar, un borbotón de sangre le cortó la palabra.” (pág. 173).

Sin embargo, una lectura atenta a este párrafo, nos permite reconocer una diferencia sustancial entre la rata y el hombre: una diferencia que marca Delibes consciente del poder que ésta tiene, me refiero a la palabra.

Porque en la práctica, el Ratero y el Nini viven en una cueva (como las bestias), el niño es hijo del Ratero y su hermana (como miembros de una manada), sus únicos amigos son los perros y los otros animales (como sus iguales), datos que los acercan al mundo animal. Por lo tanto la comparación metafórica hombre- rata funciona en ciertos aspectos, pero tenemos, además del lenguaje, otra diferencia: los hombres son seres superiores porque son más fuertes, pueden cazar a las ratas para vivir de ellas.

Una de los grandes temas en esta novela son los elementos naturales. Los párrafos más bellos están dedicados al paisaje, y tienen el mismo peso narrativo que el hombre: las estaciones que cambian el decorado y marcan el ritmo, el entorno que puede ser un premio y un castigo al mismo tiempo:

“Por San Sellero se fue la cellisca y bajaron las nieblas. De ordinario se trataba de una niebla inmóvil, pertinaz y pegajosa, que poblaba la cuenca de extrañas resonancias, y que en la alta noche, hacía especialmente opaco el torturado silencio de la paramera. Más, otras veces, se le veía caminar entre los tesos como un espectro, aligerándose y adensándose alternativamente, y en esos casos parecía hacerse visible la rotación de la Tierra. Bajo la niebla, las urracas y los cuervos encorpaban, se hacían más huecos y asequibles y se arrancaban con un graznido destemplado, mezcla de sorpresa e irritación. El pueblo, desde la cueva, componía una decoración huidiza, fantasmal, que en los crepúsculos, desaparecía eclipsado por la niebla.” (pág. 65-6).

“… En tan sólo veinticuatro horas el termómetro rebasó los treinta y cinco grados y la cuenca se sumió en un enervante sopor canicular. Los cerros se resquebrajaron bajo los ardientes rayos y el pueblo, en la hondonada, quedó como aprisionado por un aura de polvo sofocante. En torno crepitaban los trigos maduros, mientras los corros de cebada ya segados, con las moreras esparcidas por los rastrojos, denotaban un anticipado relajamiento otoñal.” (pág 161).

Los campesinos viven mirando al cielo, obsesionados con lo que éste les depara; de lo más alto viene la vida o se precipita la muerte, del cielo depende la actividad que realizan y sus cosechas. Porque la posibilidad de combatir la sequía almacenando agua o utilizando recursos más modernos para incrementar ganancias, no existe en estos remotos lugares. La dependencia de la naturaleza es total y absoluta.

El pueblo de Las ratas es un pueblo austero, muy pobre de recursos, limitado e ignorante. Pero recordemos que no estamos hablando del siglo XV, ni del Tercer Mundo, Delibes sitúa su relato en el siglo XX, en Europa. La convivencia de dos mundos tan distantes en una España moderna resulta, por lo tanto, impactante. Pero Delibes no pretende arrasar con lo primitivo, tampoco pide que se les ayude a cambiar, sólo exige respeto para ellos y que se les conceda atención. Ninguno de los dos extremos es mejor que el otro, en ninguno de los dos mundos se evita el dolor ni se supera la muerte.

El realismo del autor expone la ceguera de un puñado de seres humanos que viven de espaldas al progreso. Como ya hemos señalado, esta novela no es una loa al hombre salvaje, pero tampoco intenta idealizarlo. Un buen ejemplo en ese sentido es el tema de la educación. Cuando doña Resu le ofrece al Nini la posibilidad de ir a la escuela, el niño se niega tajantemente. Ni siquiera intenta probar. Él cree saber lo que se necesita saber para sobrevivir en una aldea como la suya, no espera nada más, tampoco desea un cambio. No parece que al Nini le falte ambición, se trata, más bien, de una mirada distinta en donde se valoran otras cosas: porque él ha estado muy atento a las enseñanzas de sus mayores (abuelos y el Centenario), ha asimilado los consejos mejor que nadie y al mismo tiempo observa con atención al mundo que lo rodea y saca sus conclusiones en función de lo que necesita para sobrevivir de la mejor manera posible en un contexto duro. Y porque lo hace bien, todos lo consideran un sabio.

Doña Resu y el Nini resumen el contraste entre las distintas aspiraciones, sus posturas son irreconciliables:

“-Mira Nini -le dijo maternalmente-, tú tienes luces naturales pero el cerebro hay que cultivarlo. Si a un pajarito no le dieras de comer todos los días moriría, ¿verdad que sí? Pues es lo mismo.

-… Quiero decir que tú podrías ser un señor a poco que pusieras de tu parte.
El chiquillo alzó la cabeza de golpe:
-¿Quién le dijo que yo quisiera ser un señor, doña Resu?” (pág. 91-92).

Celebro que Delibes no tome partido -el único dato que atenta contra su objetividad es la inmensa ternura con la que trata al Nini-, diría, más bien, que intenta enfrentar dos maneras de ver el mundo. Lo que sí deja claro el escritor, es que las dos posturas no deberían ser excluyentes. Dedicarse al campo no significa tener que ignorar otros aspectos de la vida. Ahí es donde el Nini se equivoca, porque el futuro puede ser mejor, para él, si se educa. Al no aceptar a la oferta de doña Resu, simbólicamente se encierra en otra cueva.

A través de la vida del pueblo, el relato se abre al plano nacional y adquiere una dimensión más amplia. Lo percibimos en algunos aspectos:

  • La presencia de la guerra civil, guerra que dejó aquí también su huella. Los campesinos vivían apartados pero a pesar del encierro y la marginación, no se libraron de las consecuencias del conflicto bélico.
  • La religión como parte de la cultura española, una fuerza activa en el pueblo que impone sus prácticas y ritos, sus procesiones, sus fiestas, incluso marca el calendario que se ordena según el santoral. No es gratuita, pues, la comparación que hacen el Pruden y la Sabina del Nini con Dios o con Jesús, en ambos casos utilizan como referencia imágenes de la historia sagrada:

“-Digo que el Nini ése todo lo sabe. Parece Dios.
La Sabina no respondió. En los momentos de buen humor solía decir que viendo al Nini charlar con los hombres del pueblo le recordaba a Jesús entre los doctores…” (pág. 16).

Y por supuesto resulta importante mencionar la visión de “los extranjeros”, los extremeños que vienen de fuera y que no pertenecen al paisaje natural de Castilla, una constante en la historia de la humanidad: la consciencia y el temor de los límites y lo desconocido. El hombre recela del que no es parte del clan, y en la novela el asesinado por el Ratero es un chico del pueblo vecino, por lo tanto -según la mentalidad del Ratero- sin derecho a las ratas de “su” arroyo. Así como la cueva le pertenece, los animales de la tierra “que es suya”, también. El enemigo viene de fuera.

Cuando la inclemencia del clima supone problemas, se genera un ambiente de violencia contenida, situación preocupante que deriva en la necesidad de desfogar la ira colectiva sobre alguien. Todos en el pueblo alimentan el odio del Ratero hacia el muchacho “foráneo” porque el extranjero es un blanco fácil, o el único blanco concreto. Lo incitan con el pretexto de que actúe en defensa de sus intereses, pero en el fondo están defendiéndose ellos también de muchachos que se llaman Luis y que cazan por darse un gusto, actitud frívola o banal, no porque necesiten cazar para comer.

En la obra de Miguel Delibes, los animales son tan importantes como el paisaje. Recordemos que en Los santos inocentes la milana es uno de los ejes narrativos, como en Las ratas lo son el perro, las palomas, los cuervos, los grillos, los zorros, etc. Además son ellos quienes aportan ciertos toques de sensualidad a la narración. Veamos este párrafo como ejemplo:

“A partir de San Gregorio Nacianceno el canto de los grillos hacía en la cuenca un verdadero clamor. Era como un alarido múltiple y obstinado que imprimía a los sembrados, al leve cauce del arroyo, a las míseras barracas de barro y paja, a los hoscos tesos que festoneaban el horizonte, una suerte de nerviosa vibración que se ensanchaba en ondas crecientes, como una marea, en los crepúsculos, para amainar en las horas centrales del día o de la noche. Más en todo caso el canto de los grillos tenía un volumen y una densidad, se filtraba por todos los resquicios, ponía un fondo estridente en todas las faenas, pero los hombres y las mujeres del pueblo lo desdeñaban; era un algo, como el aire o el pan, que sostenía su ritmo vital sin que ellos se apercibiesen. ” (pág. 110).

El mundo natural y el mundo animal se funden y tienen la misma trascendencia que los humanos, por eso el Nini confiesa no estar sólo porque cuenta con su perro Fa, el mejor de los amigos. Y en efecto, del perro recibe más cariño que de su padre. Fa no regatea, lo da todo. Los perros no saben de frustraciones, ni de traumas, ni de carencias ni de vacíos.

Y cuando el Nini caza, lo hace respetando las reglas fundamentales de esta actividad, teniendo en cuenta el bien de la especie, con respeto y cariño por el bicho que no debe ser jamás un trofeo. Este es un aspecto fundamental para Delibes, amante de la vida rural, y por lo tanto de la cacería, escritor que ha publicado varios libros sobre caza, uno de ellos Diario de un cazador (1955) y otro sobre pesca: Mis amigas las truchas. En 1989, publicó sus memorias con un título significativo, una frase que resume su pasión y su búsqueda: Mi vida al aire libre.

Los textos han sido tomados de la edición de Destino.

El corazón es un cazador solitario

Mircoles 31 Marzo 2010

Autora: Carson Mc Cullers

La escritora norteamericana Carson Mc Cullers nació en Georgia en 1917, y escribió El corazón es un cazador solitario con sólo 23 años. Sin embargo, a pesar de su juventud, demuestra un conocimiento profundo del alma humana, conocimiento intuitivo que otorga el dolor y el ejercicio de la sensibilidad. Además de valentía y mucho talento.

Mc Cullers tuvo, desde muy joven, una salud deplorable; padeció y sufrió limitaciones, y finalmente murió con 50 años, pero su energía y sus ganas de comunicar la lucha de sus contemporáneos en el empobrecido Sur de los Estados Unidos, después de la depresión, fueron productivas. Junto con William Faulkner, es la narradora más lúcida de aquellos años en aquella geografía, y aunque desde el punto de vista técnico es más sencilla y menos rompedora que Faulkner, su obra nos deja con personajes contundentes, difíciles de olvidar. Pertenecen a la estirpe de aquellos personajes literarios que dejan huella en el lector como un amigo especial, o algún vecino a quien no podemos dejar de observar y escuchar, porque son “los que saben”. No hay nada liviano en Mc Cullers, todo en esta novela remite a lo más hondo, por ello su prosa destila tristeza. Y cierta dosis de melancolía.

La creación de personajes

Considero que éste es el mayor logro en El corazón es un cazador solitario. Lo que hacen los personajes, importa poco, pero cómo lo hacen y cuáles son las consecuencias de sus actos, es la gran preocupación de la narradora. Su mirada atenta y cercana permite que podamos intuir el mundo interior de ellos.

El Dr. Copeland, Biff Brannon, Mick Kelly, Jake Blount y el mudo Singer, son personas atractivas, rabiosas, conflictivas, pero, sobre todo, son seres humanos interesantes.

El Doctor Copeland y Jake Blount son los encargados de trasmitir la inquietud política y social que mueve a la autora, ingrediente importante en este relato. Son ellos quienes denuncian la injusticia, en todas sus facetas. Luchan por reivindicar a los más desprotegidos, se obsesionan con la posibilidad del cambio, creen en el mañana; pero se frustran cuando perciben que son los mismos desprotegidos quienes sabotean sus planes por cobardía, pereza, o falta de fe. Este conflicto, que ambos comparten, los exaspera a tal punto, que ni entre ellos consiguen un intercambio fluido. La pasión los encapsula.

El Dr. Copeland sufre por la raza negra y se rebela por la dramática situación que tienen que afrontar, marginados y castigados, sin embargo no ha conseguido convencer a sus propios hijos de que el cambio comienza por la educación, el esfuerzo, la disciplina. Pero su obsesión resulta tan excluyente, que lo aleja de ellos y lo aísla, convirtiéndolo en un paria dentro de su propia familia. La situación lo enerva, porque se sabe lejos de sus ideales, y al mismo tiempo le produce rabia. Rabia y mucho dolor.

Jake Blount experimenta los mismos sentimientos encontrados: pretende despertar a la masa para que actúe con libertad, y su fanatismo lo convierte a los ojos de los otros en un payaso incomprendido. La gente lo considera un borracho excéntrico, con un discurso ridículo.

Es triste comprobar que aquellos que “saben” están tan lejos de los otros, de los que no saben, que de nada les sirve, a nivel práctico, la sabiduría. La incapacidad de intercambiar, educar, convencer e integrar fuerzas es uno de los grandes temas de la novela. La masa ignorante no escucha ni busca superarse, están sometidos por la propia pobreza, que no es sólo material.

El Dr. Copeland llama mansedumbre a esta actitud complaciente, conformista. Y cree que la religión contribuye a adormecer la voluntad de cambio incitando a los fieles a someterse al sistema para no crear problemas. Visto desde la teoría puede parecer cobardía, pero hay varias escenas en la novela que nos dan información de la cruda y asfixiante realidad de los negros: la amputación de los pies de Willy, por ejemplo; la violencia contra el Dr. Copeland cuando quiere hablar con el juez y termina golpeado en la cárcel; la hermana de Lancy Davis que “se había puesto a trabajar de criada cuando tenía once años de edad, y había sido violada por su empleador, un blanco de mediana edad”, o cuando “una familia de negros se mudó a la última casa de unas de las calles más deprimidas, y esto causó tanta indignación que la casa fue quemada y el negro golpeado…”

Los ejemplos abundan y dado que la injusticia está institucionalizada, los abusados tienen miedo. Por eso desarrollan la mansedumbre que irrita a Copeland: no irritar al blanco es lo mejor para la sociedad negra, se someten indefensos, humildes hasta la vergüenza. El Doctor los alerta sobre el error y la ignomia:

“Muchos trabajan durante toda su vida cuidando jardines de flores para el placer de una o dos personas. Muchos se dedican a encerar y pulir resbaladizos suelos de bonitas mansiones. O conducen automóviles para personas ricas demasiado perezosas para conducir ellas. Nos pasamos la vida haciendo miles de trabajos que no son de verdadera utilidad para nadie. Trabajamos y la totalidad de nuestra labor se desperdicia. ¿Es eso servicio? No, es esclavitud.” (pág. 205).

Pero tener consciencia de las injusticias no significa conseguir terminar con ellas. En realidad, el Dr. Copeland y Jake Blount tienen una fuerte dosis de escepticismo, ambos están quemados. Pero a pesar de ello, no se rinden, sólo conciben el mundo proyectándose en un futuro mejor. Dice Blount:

“Pero, ¿qué ocurre con un hombre que sabe? Ve el mundo tal como es y mira miles de años atrás para ver cómo se produce todo. Observa la lenta aglutinación de capital y poder, y cómo ha llegado hoy a su cúspide. Ve América como una casa de locos. Ve cómo los hombres tienen que robar a sus hermanos para poder vivir. Ve cómo los niños se mueren de hambre y las mujeres trabajan sesenta horas por semana para ganarse la comida. Ve a todo ese maldito ejército de parados y los miles de millones de dólares y miles de kilómetros de tierra desperdiciada. Contempla cómo se aproxima la guerra. Contempla cómo cuando la gente sufre tanto se vuelve mala y fea, y algo muere en ella. Pero lo más importante que ve es que todo el sistema del mundo está construido sobre una mentira. Y aunque todo esto es tan evidente como el mismo sol… los ignorsantes han vivido tanto tiempo con esa mentira que ya no son capaces de verla…” (pág. 163).

Mick Kelly es el alter ego de Carson Mc Cullers. Como ella, a su edad, tiene pasión por la música. Es una chica ambiciosa, sensible, presta atención a las cosas bellas de la vida y aspira a convertirse en alguien importante. Es un personaje que se mueve con libertad dentro de su medio, es resolutiva, tiene un mundo propio (su cuarto interior) que combina con su vida familiar, escolar, y afectiva sin crear mayores problemas. Sin embargo renuncia a seguir estudiando para aliviar la carga económica de la familia. Quizá, algún día, pueda comprarse un piano.

Ella es la única menor, y la única mujer, que pertenece al grupo de los que “saben”. Su mirada abarca el mundo con curiosidad y con deseo, se comporta como una mujer, más que como una niña; o mejor dicho, esta chica es una promesa de mujer cabal. Mick es pragmática, se encarga de los hermanos menores, aporta lo suyo, se resigna a no esperar regalos, y sueña con un mundo exitoso porque es vital. Tampoco tiene miedo.

El más difícil de captar es Biff Brannon, el dueño del bar. El misterio que lo rodea lo convierte en alguien especial, diferente, un hombre que vale la pena conocer. Desde el principio del relato Biff se perfila como una persona fuera de lo común:

“- Me gustan los tipos estrafalarios- señaló Biff.
- ¡Imagino que sí! Me imagino que deberían gustarte, ya que tú eres uno de ellos, Mister Brannon.” (pág. 23).

Su mirada abierta y espectante lo distancia de su mujer. De ella le irrita su mediocridad, su falta de perspicacia. Por eso le dice:

“- Lo que nunca has sabido hacer es disfrutar de un espectáculo- sentenció.

La voz de la mujer sonaba cansada:

- Este tipo de abajo es un espectáculo, sin duda, y también un circo. Pero no pienso soportarlo más.

- ¡Demonios!, este hombre no significa nada para mí. No es ni un pariente, ni un compadre. Pero tú no sabes qué es acumular un montón de detalles y luego tropezar con algo real.” (pág. 24).

Creo que Brannon es un hombre que destroza, con éxito, el prototipo del “macho dueño del bar” en un pueblo del sur de los Estados Unidos de los años 30. En vez de aparentar bravura, desplante, y brusquedad, este señor refleja sensibilidad y gustos femeninos: cose, decora su cuarto, lleva una alianza de mujer en el dedo. Y al mismo tiempo experimenta tendencias ambigüas respecto a la niña:

“No había hecho nada malo, pero sentía en su interior una extraña sensación de culpabilidad”. (pág 247).

Por eso, quizá, cuando Mick crece y su atractivo -para él- desaparece, precisamente porque deja de ser una niña, Biff recapitula:

“El viejo sentimiento había desaparecido. Durante un año aquel amor había florecido de manera extraña. Se había interrogado sobre él un par de veces sin hallar respuesta. Y ahora, al igual que una flor de verano se marchita en setiembre, había terminado. Ya no existía.” (pág. 378).

Brannon es un personaje redondo, complejo, integrador. Si Singer aparece como el vínculo que enlaza a todos, Brannon es quien ofrece el espacio adecuado para que todos se integren: su bar. Es ahí en donde recala Singer cuando Antonapoulos se va, ahí se refugia Blount cuando llega al pueblo, ahí compra Mick sus cigarrillos y se airea, lejos de su casa. Biff Brannon les concede la oportunidad de relacionarse: a uno lo alimenta, al otro le da crédito para que beba, a Mick la deja fumar. Salvo el Dr. Copeland -que por ser negro no puede permitirse estar ahí- todos acuden al bar en busca de algo que sólo Biff Brannon les puede dar. Luego la habitación de Singer reemplazará al bar, pero éste fue el origen.

Mientras Blount y Copeland se dejan consumir por una furia que los devora, Biff se mantiene en un término medio, su sensatez le obliga a centrarse, consigue manejar la oscuridad y continuar en el día a día: es un hombre realista. La novela cierra con su imagen realizando una tarea cotidiana, con los pies sobre la tierra, pragmático, después de hacer una profunda reflexión sobre la vida:

“El silencio de la habitación era profundo como la propia noche. Biff estaba paralizado, sumido en sus meditaciones. Entonces sintió de repente como un intenso estímulo en su interior. El corazón le dio un vuelco, y apoyó la espalda contra el mostrador para sostenerse. Porque en un fugaz resplandor captó una vislumbre del esfuerzo y del valor humanos. Del interminable y fluido paso de la humanidad a través del tiempo infinito. De aquellos que trabajan y aquellos que – tan sólo una palabra – aman. Su alma se expandió. Pero sólo por un momento. Porque en su interior sintió una advertencia, un rayo de terror. Se hallaba suspendido entre dos mundos. Vio que estaba mirando su propia cara reflejada en el cristal del mostrador. El sudor le perlaba las sienes y tenía la cara torcida. Tenía un ojo más abierto que el otro. El izquierdo, entrecerrado, escrutaba el pasado en tanto que la mirada más amplia del derecho se dirigía, asustada, a un futuro de negrura, error y ruina. Y él se encontraba suspendido entre el resplandor y la oscuridad. Entre la amarga ironía y la fe. Se dio la vuelta bruscamente:

- ¡Louis! – gritó -. ¡Louis! ¡Louis!

Tampoco esta vez hubo respuesta. Pero, Madre de Dios, ¿era un hombre sensato, o no? ¿Cómo podía estrangularle así este terror cuando ni siquiera sabía qué lo causaba? ¿Y se quedaría ahí como un mentecato lleno de canguelo, o se tranquilizaría y sería razonable? Porque, a fin de cuentas, ¿era un hombre sensato, o no? Biff humedeció el pañuelo bajo el grifo y se dio unas palmaditas con él en su tenso y desencajado rostro. Sin saber por qué, recordó que el toldo aún no había sido levantado. A medida que se dirigía a la puerta su paso fue cobrando firmeza. Y cuando finalmente volvió a entrar, se sosegó y esperó tranquilamente el sol de la mañana.” (pág. 380).

La ilusión de la comunicación

El que no habla es el que escucha, o mejor dicho, el que aparenta escuchar: la “gran oreja” que todos quieren tener a su lado. El silencio de Singer lo convierte en el dialogante perfecto para “los que saben”, aquel que asiente, apoya, alienta; aunque en realidad no es así. Singer no se relaciona con nadie, sólo con Antonapoulos, quien se comporta con él de la misma manera que Singer con los demás: es el receptor de su afecto, a él confiesa sus preocupaciones, y sólo con él se siente acompañado. Pero nada hace pensar que Antonapoulos esté a la altura de Singer ni participe en el intercambio: por eso esta relación es un eco de las otras. Antonapoulos es para Singer lo que Singer es para los demás

La comunicación es una ilusión en El corazón es un cazador solitario Por eso la imagen del sordo mudo como el gran comunicador resulta una impostura. No lo digo porque considere que una persona con una discapacidad no pueda tener ese rol, pero cuando Singer redacta la carta a Antonapoulos describiendo a los cuatro que vienen a su cuarto, nos damos cuenta del mal entendido. Singer dice de Mick:

“Sabe que soy sordo, per cree que entiendo de música.” (pág. 229).

Mientras Mick está convencida de que:

“… ahora existía aquella comunicación secreta entre ambos. Hablaba con él más de lo que había hablado con nadie en su vida. Y si él hubiera podido hablarle habría contado a ella muchísimas cosas. Era como si el hombre fuera una especie de eminente maestro; sólo que, como era mudo, no podía enseñar.” (pág. 257).

¿Hay algo más contradictorio que un maestro que no enseña? La imaginación de Mick lo convierte en maestro porque eso es lo que ella quiere de él. Lo mismo hacen todos de manera inconsciente, lo idealizan, lo “construyen” de acuerdo a sus expectativas, a sus fantasías, a sus necesidades; salvo Biff, quien percibe el enigma de esa mirada y de esos gestos amables:

“Blount y Mick fijaron su mirada en Singer. Hablaron y la expresión del mudo cambó mientras los observaba. Era divertido. Pero el motivo… ¿estaba en ellos o en él? Singer estaba sentado muy quieto con las manos en los bolsillos, y como no hablaba eso le hacía parecer superior. ¿Qué sentía en realidad y comprendía aquel individuo? ¿Qué era lo que sabía?

… Cada vez estaba más perplejo. Había algo en el fondo de su mente que le producía desasosiego. Algo no funcionaba como era debido.” (pág. 145).

El hermetismo de Singer es interpretado por los otros como un efecto de su mutismo, no como una característica suya, como un rasgo de su carácter. Por eso cuando se mata, nadie comprende por qué los ha abandonado. No sabían de sus viajes para visitar al amigo, tampoco les contó que había muerto.

El amor que siente por Antonapoulos es de una naturaleza desconocida, y lo paladeaba en silencio, sin compartirlo con nadie. El griego era la razón de su vida, su pasión secreta:

“Detrás de cada despertar había estado siempre su amigo. Y esta inconsciente comunión con Antonapoulos había crecido y cambiado como si estuvieran juntos en carne y hueso. A veces pensaba en Antonapoulos con temor y autodegradación, a veces con orgullo…, pero siempre con un amor no obstaculizado por la crítica, libre.” (pág. 340).

Mataba el tiempo con los otros, pero sólo pensaba en Antonaupolos. Cuando muere éste, Singer enloquece de amor: por eso se suicida. Nadie sabría jamás el sentido de su vida, menos aún el de su muerte. El gran comunicador era, en sí mismo, el secreto mejor guardado.

¿Novela de juventud?

Encuentro que algo no funciona bien en la estructura de la novela: el tiempo no fluye con naturalidad. Hay capítulos, como el de la fiesta que organiza Mick, o el paseo al río con su amigo judío, que se extienden innecesariamente, y que carecen de mayor interés. Esto hace que, a veces, los episodios no resulten bien ensamblados. Cuando esto sucede, los hechos se acumulan, no se articulan con naturalidad. Por eso cuando al final del relato, el narrador informa que ha pasado un año, uno tiene la sensación de que hubieran sido más los años transcurridos.

Se puede pensar que, dada la juventud de la escritora, esto es aceptable. Pero su edad es un dato extra literario, la novela debe ser independiente de esas circunstancias y funcionar como un ente autónomo. Dicho esto, lo cierto es que la creación de los personajes es tan potente que lo señalado no atenta contra el resultado final.

Los textos han sido tomados de la edición de Seix Barral, Biblioteca Formentos, traducido por R.M. Bassols.

Conversación en la Catedral

Sbado 6 Febrero 2010

Autor: Mario Vargas Llosa

Mario Vargas Llosa (Perú, 1936) y su contemporáneo, Carlos Fuentes (México, 1928), son los maestros del realismo moderno dentro del grupo de los escritores del boom latinoamericano

Hombre violento, sociedad violenta, país violento, mundo violento. Así es la realidad: abusiva, injusta, humillante. Y para retratar un mundo con estas características, lo formal tiene que reflejar esa odiosa violencia. Cualquier intento de ordenar el caos falsearía la realidad, por lo tanto el narrador no debe maquillar, ni tampoco organizar, porque estaría restando fuerza y veracidad. La sintaxis y la estructura de la novela deben ser un espejo de esa realidad inestable, cambiante, fragmentada, caótica.

Realismo

Con una prosa impecable, yo diría que hermosa – por su trasparencia, por su precisión, por su elegancia – Vargas Llosa recoge todos los matices del mundo que recrea y los expone sin adornos. Las descripciones en Conversación en la Catedral – pocas pero necesarias – son visuales, el ojo del lector registra aquello que aparece como si fuera una película, nada queda a la imaginación, abundan los detalles, aderezados, además, con olores, sabores, y texturas.

Este mundo miserable y decadente, en donde hay “rocas color moco” (pág. 17), “adobes color caca” (pág. 21), depósitos “despintados por la grisura inexorable…” (pág. 27), “cielo ceniza” (pág. 26), “caras color betún o tierra o paludismo de los postulantes” (pág. 88), y en otro orden sensorial: “cigarrillos que olían a guano” (pág. 57), “un galpón que huele a orines” (pág. 22), “huele a sudor, ají y cebolla, a orines y basura acumulada” (pág. 28), “El olor a fritura, pies y axilas revolotea, picante y envolvente” (pág. 29), es un mundo que debe cambiar, exige renovación, mejoría. Tal cual se presenta, es insoportable, inhumano, feo, indecente.

La tarea del escritor es exponer, señalar y develar. Porque esta característica de cosa putrefacta, maloliente, no define exclusivamente al mundo exterior, abarca un nivel más profundo:

“El corpulento río de olores parece fragmentarse en ramales de tabaco, cerveza, piel humana y restos de comida que circulan tibiamente por el aire macizo de la Catedral, y de pronto son absorbidos por una invencible pestilencia superior: ni tú ni yo teníamos razón, papá, es el olor de la derrota, papá.” (pág. 30).

Escritor comprometido

Vargas Llosa reconoce en la dedicatoria – llamándose a sí mismo “sartrecillo valiente” – la influencia de Jean Paul Sartre en su obra. Existencialista francés (1905- 1980), Sartre fue el ejemplo de escritor comprometido, creador que debe asumir, en todo momento, su responsabilidad política.

La denuncia será para ellos uno de los motores de la creación, un estímulo y un arma. Señalar las heridas aspira a producir en el lector una reacción, un deseo de cambio, de recuperación, o de rebeldía. El realismo – al desnudar – aparece, en este contexto, como la mejor elección.

En esta línea, Zavalita (¿alter ego de Vargas Llosa?), justificando su propia búsqueda, confiesa a Carlitos, su amigo y confidente, lo que persigue con sus artículos:

“Cada vez que escribo sobre algo que me repugna, hago el artículo lo más asqueroso posible. De repente, al día siguiente un muchachito lo lee y siente arcadas y, bueno, algo pasa.” (pág. 180).

Dialogando o conversando

La novela se arma con múltiples diálogos que se entrecruzan, se sobreponen, y se alternan con admirable agilidad. Es impresionante la velocidad de la prosa, el ritmo caótico, el avance y los retrocesos espaciales y temporales que reproducen -como una explosión de fuegos artificiales- la vida en el Perú bajo la dictadura del General Odría.
La fragmentación es la tónica, pero la totalidad es el logro. Vargas Llosa consigue que el lector vaya uniendo las piezas poco a poco, y que ate -al final de la lectura- los cabos bien atados, con dificultad pero con gusto.

¿Cómo se estructura la novela?

El primer capítulo es la síntesis de la primera historia: Zavalita va a la perrera para recuperar a su perro, horrible lugar en donde se encuentra casualmente con Ambrosio, antiguo chofer de su padre. Charlan durante cuatro horas en un bar próximo -llamado La Catedral-, y en medio de la charla irrumpen fragmentos de numerosos diálogos que van narrando la otra historia: el gobierno de Odría y los abusos de su Director de Gobierno; la vida de la familia Zavala y los señorones que viven del poder; la política y la universidad, los bajos fondos y la prostitución, el periodismo, los empleados domésticos y sus familias, los militares y sus matones, etc.

Con destreza, el narrador hilvana las conversaciones que se sobreponen al diálogo que Zavalita y Ambrosio sostienen La Catedral. El reencuentro los fuerza a recordar situaciones ocurridas en el Perú alrededor de la dictadura de Odría, y las imágenes surgen por asociación de ideas. Hay un tema central sobre el cual Ambrosio no está dispuesto a hablar: es la relación homosexual que tuvo con Fermín Zavala – padre de Zavalita – cuando era su chofer, y el crimen que cometió para liberar a su amo de los chantajes de La Musa. Zavalita lo sabe, pero le cuesta creerlo. Ambrosio es el único que podría resolver la incógnita, o ratificar el veredicto. Pero no lo hace: lo hacen los otros personajes involucrados que pululan alrededor de ellos como fantasmas vivos, fantasmas que ellos mismos conjuran.

Hay dos ejes importantes en Conversación en La Catedral:

  • La pregunta, sin respuesta, de cuándo se jodió el Perú; y como eco de ésta: cuándo me jodí yo, o cuando se jodieron los otros. Interrogantes que son intentos de analizar el por qué del fracaso, intentos de rastrear el momento del quiebre sin retorno, la causa de la decadencia, del abandono, de la equivocación.
  • La conversación entre Ambrosio y Santiago que es el hilo conductor. Un diálogo afectuoso y emotivo por parte del ex chofer, con auténtico interés por la familia que fue su sostén, a pesar del abuso. Por parte de Santiago, en cambio, es un diálogo motivado por la curiosidad, él necesita conocer la verdad sobre el pasado de su padre. Por eso, cuando lo fuerza a hablar, Ambrosio se retira indignado.

Muchas veces los diálogos no se marcan como tales, no están precedidos por guiones de diálogo, sino que aparecen como parte de la narración, disfrazados, pero imprescindibles porque son la mejor (o la única) manera de contar:

“La movían, te está esperando, abrió los ojos, el chofer del señor de la otra vez, la cara burlona de Carlota: ahí en la esquina te estaba esperando. Apurada se vistió, ¿había estado el domingo con él?, se peinó, ¿por eso no había venido a dormir?, y oía atontada las risas, las preguntas de Carlota. Cogió la canasta del pan, salió y en la esquina estaba Ambrosio: ¿no había pasado nada aquí? La agarró del brazo, no quería que lo vieran, la hacía caminar muy rápido, estaba nervioso por ti, Amalia. Ella se paró, lo miró, ¿y qué podía pasar, de qué estaba nervioso?, pero él la obligó a seguir caminando, ¿no sabes que don Cayo ya no es ministro? Estás soñando, dijo Amalia, ya se había arreglado todo, anoche la señora pero Ambrosio no, anoche lo habían sacado a don Cayo y a todos los ministros civiles…” (pág. 385).

Esta es la magia de Conversación en La Catedral: la fuerza narrativa, la intensidad y la fluidez con que surgen las conversaciones. Porque todo ello produce en el lector la sensación de estar presenciando las escenas en vivo y en directo, en el momento preciso en que sucedieron, y por lo tanto lee con una actitud de voyeur igual a la de Cayo Bermúdez cuando contempla las caricias entre Hortensia y Queta.

Los hechos del pasado se intercalan con el presente de La Catedral y comparten simultaneidad. Para todos el mismo plano, la misma cobertura. Parece un cuadro cubista en donde los ojos aparecen de frente y de perfil, uno al lado del otro: estos diálogos producen el mismo efecto y tienen la misma intención: son facetas distintas de la realidad, tan válida una como la otra.

La velocidad del desarrollo, impone a la narración un ritmo galopante, un ritmo que seduce: el lector quiere más, y más, y más. Veamos un ejemplo: en el capítulo en donde Cayo Bermúdez sofoca la revolución de Espina contra Odría, la velocidad es tal que resultaría imposible de reproducir de otra manera. Los saltos de perspectiva, al cambiar Cayo de interlocutor, son inesperados: a uno le promete una cosa; al otro, otra. Pero Cayo, a pesar del juego, no pierde de vista el fin que persigue y su propio interés. Es un derroche de poderío el que define a Cayo, y un derroche de poderío el que demuestra el narrador. Todo esto combinado con los saltos del punto de vista, cuando los revolucionarios hablan entre ellos, por ejemplo, a espaldas de Cayo, una manera de completar el panorama y exponer el alcance de lo que está en juego. Una manera de abarcarlo todo:

La novela total

La búsqueda de la novela total, una constante en la obra de Vargas Llosa, se nota claramente en esta novela que consigue ser un gran mosaico del Perú. Los personajes se mueven por todo el país, en un afán de abarcar la geografía: capital (Lima), provincia (Chincha), sierra (Arequipa, Cajamarca), selva (Pucallpa). Lo mueve el deseo de integrar la mayor cantidad de variables para conseguir que el mundo esté reflejado en su totalidad, por ello la necesidad de ampliar fronteras y barrios; clases y razas; grupos e individuos . Y lo consigue, no sólo en el plano geográfico: está presente el mundo universitario, el mundo de los políticos, el mundo de los periodistas, el mundo de la prostitución, el mundo de los matones, el mundo de los hacendados, el mundo de los ricos, el mundo de los sirvientes, el mundo de los campesinos, el mundo de los blancos, el mundo de los cholos, el mundo de los negros. En ese sentido es más ambiciosa que “La ciudad y los perros”, por ejemplo, que se limita al mundo de la capital, y dentro de Lima a una escuela militar que es “Leoncio Prado”.

Quizá, el mayor logro de Vargas Llosa es que la sintaxis, en Conversación en La Catedral, también intenta la totalidad, al abarcar, e integrar varios planos en un sólo párrafo, convirtiéndolo en una frase larga envolvente. De esta manera se logra una armonía total entre el fondo y la forma. Pondré un ejemplo:

“Amalita por su mamá, y Hortensia por una señora donde había trabajado Amalia, niño, una a la que quería mucho y que también se murió: claro que después de lo que hiciste tienes que salir de aquí, infeliz, dijo Don Fermín.” (pág. 112).

Con los dos puntos (:) la narración se desliza a otro nivel de realidad: esa que se murió fue asesinada por el que habla -Ambrosio-, y como consecuencia del asesinato, tanto Amalia como él se fueron a Pucallpa en donde muere Amalia. Toda la información de pronto está ahí, sin vínculos aparentes, en un sólo párrafo que se desdobla. El vínculo está fuera del texto, está en la cabeza de Ambrosio quien es el que habla y recuerda al mismo tiempo, el que cuenta lo que sucedió (las dos muertes) y lo que le sucedió a él por lo sucedido, aunque a estas alturas el lector no tiene ni idea de lo que pasó entre Hortensia y Ambrosio. Estos datos que se adelantan contribuyen a crear tensión dramática.

Otro ejemplo:

“Apareció un mozo con un vaso de agua y él tuvo que callar unos segundos. Bebió un trago, tosió: el gobierno les estaba reconocido a todos los cajamarquinos, muy en especial a los señores del comité de recepción, por su empeño en que la visita constituyera un acontecimiento, y alcanzó a decidir y ver bajo los tules una cadena de súbitas sustituciones: pero todo esto demandaría gastos y no sería lógico que, además de la pérdida de tiempo, de las preocupaciones, el viaje del Presidente les ocasionara también desembolsos. El silencio se acentuó y él podía oír la suspendida respiración de los oyentes, entrever la curiosidad, la malicia de sus pupilas, fijas en él: ella y Hortensia, ella y Maclovia, ella y Carmincha, ella y la China. Tosió de nuevo, arrugó a penas la cara: de modo que tenía instrucciones del Ministerio para poner a disposición del comité una suma destinada a aliviarlos y la figura de don Remigio Saldívar dominó bruscamente la sala, ella y Hortensia: alto ahí, señor Bermúdez. Pieles que se confundían entre ellas y con las sábanas y tules, pelos tan negros que se enredaban y desenredaban y sintió en la boca una masa de saliva tibia y espesa como semen. Ya cuando se instaló el comité el prefecto había indicado…” (pág. 367).

En este caso intenta unir en una sola frase dos situaciones: la objetiva, que es la reunión política en la cual está Bermúdez de cuerpo presente, y la subjetiva que son su fantasías sexuales motivadas por la esposa de uno de los presentes. Pero nada anuncia al lector la simbiosis, otra vez los vínculos están fuera del texto: en la cabeza de Bermúdez que se abandona y vuela lejos; luego, forzado por las circunstancias, regresa. Ese ir y venir aparecen como simultáneos, y tienen el mismo peso narrativo, sin subordinación ni dependencia: son tan reales e importantes el uno como el otro, y de esa manera se transmiten: entrelazados y confundidos.

Otro recurso que utiliza el autor con gran habilidad es el siguiente: mezcla los diálogos y a la pregunta de un personaje contesta con la frase de otro -a veces presente, a veces no- cuya respuesta, además, pertenece a otro diálogo. De esa manera va ensamblando la historia, sobreponiendo escenas, tiempos y espacios, juntando las piezas en un gran todo. Veamos:

- Y yo me puse a hablar de política -dice Santiago-. ¿Te das cuenta, ves?

- Claro que sí – dijo don Fermín-. Salir de la casa, de Lima, desaparecer. No estoy pensando en mí, infeliz, sino en ti. (pág. 138).

(Santiago hace la pregunta a Ambrosio, la respuesta es de don Fermín a Ambrosio y pertenece a otra época).

- No creía nada, no sabía nada -dice Santiago-. Salir, escapar, desaparecer.

- ¿Pero adónde, don? -dijo Ambrosio-. Usted no me cree, usted me está botando, don”. (pág. 138).

(Al enunciado de Santiago, responde Ambrosio, pero no es una respuesta a Santiago sino a don Fermín, dada en otro momento cuando le pide que huya. Pero el contenido coincide, como en el ejemplo anterior, por lo tanto despista. Ambrosio asocia lo que le dice Santiago con otra conversación que tuvo en donde se sentía igual a como se sintió Santiago en aquel momento.)

Zavalita

El protagonista de Conversación en La Catedral se ha convertido en todo un símbolo en la literatura peruana. Su famosa pregunta: “¿en qué momento se había jodido el Perú?” es parte de la cultura cotidiana que los peruanos manejamos, una situación que nos preocupa, nos avergüenza, nos define. Y no es sólo el país el que se ha jodido, es Zavalita también, y Ambrosio, y Bermúdez, y Hortensia, y Carlitos. “Hasta la lluvia andaba jodida en este país.” (pág. 18-9). La decadencia parece una constante, el abuso la manera de hacerle frente, la única salida.

Zavalita, consciente de los privilegios que tiene por haber nacido en una familia acomodada y poderosa, y disconforme con el uso que de esos privilegios hacen los suyos, decide abandonar su casa para intentar una vida distinta, libre y responsable. En realidad lo que hace se traduce en un intento de desclasarse (como Jimmy Herf en Manhattan Transfer de John Dos Passos (1925)), de ser él sin su contexto social. Desgraciadamente, su movida tampoco le depara grandes éxitos. Abandona la universidad y se dedica al periodismo. Visto a posteriori, este es su comentario:

- “Era tan puro y tan cojudo que me fregaba tener la vida tan fácil y ser un niño decente.” (pág. 193).

Lo que Zavalita no evaluó, fue el coste que la renuncia tendría en su vida. Porque emocionalmente, él sigue ligado a su padre. Amar y estar de acuerdo no son la misma cosa.

A Zavalita le cuesta salir adelante, no es fácil vivir sin ganar dinero. Tampoco es fácil vivir sin hacer concesiones de ningún tipo: al dejar sus estudios de Derecho él dice que lo hace porque porque tiene que trabajar, pero la realidad es que duda de la ética del Derecho, porque su experiencia le dice que la justicia está al servicio del poder:

“Y toda la vida queriendo creer en algo -dice Santiago-. Y toda la vida mentira, no creo”. (pág. 129).

Así como Zavalita es el símbolo de la mediocridad, Ambrosio lo es del servilismo, de la esclavitud. Su actitud es de entrega total, sin cuestionar nada de lo que su amo le exige: si él lo pide, entonces será bueno. Defenderá a don Fermín cueste lo que cueste, asume el abuso sin considerarlo como tal porque su visión del mundo es clasista, paternalista, dependiente. Como si hubieran éticas distintas para los que mandan y para los que obedecen.

La gran cuestión -en esta larga novela- es la dificultad del ser humano para asumir su vida con dignidad en un mundo que es injusto. ¿Cuáles son las limitaciones, cuáles las ventajas, cuánto se debe exigir, cuánto se debe ceder? Nadie parece contento, excepto el Chispas y la Teté, que son unas marionetas del destino. Aunque ambos son personajes desdibujados, están ahí sólo para recordarle a Zavalita lo que no quiere ser. Estoy segura que si el narrador se hubiera detenido un poco más en ellos, descubriríamos sus lados oscuros. De eso no hay duda. Nadie se libra en esta novela:

“-Lo que pasa es que nadie está contento con su suerte -dice Ambrosio-. Ni usted, que lo tiene todo. Qué diré yo, imagínese.” (pág. 98).

Los textos han sido tomados de la edición de bolsillo de Punto de Lectura, 2009.

Manhattan Transfer

Viernes 30 Octubre 2009

Autor: John Dos Passos

Manhattan Transfer es la obra más importante de John Dos Passos (1896-1970), escritor norteamericano de origen portugués, destacado miembro de la llamada Generación Perdida. Con William Faulkner, John Steinbeck, Scott Fitzgerald y Ernest Hemimgway forman un grupo heterogéneo, unidos por ser contemporáneos, por haber vivido entre guerras y por haber compartido un gran interés por la cultura europea como referente literario. Cada uno, a su manera, retrata -con calidad- una parcela del mundo norteamericano de la primera década del siglo XX.

Manhattan Transfer fue escrita en 1925 con una técnica novedosa que, aún en pleno siglo XXI, sorprende al lector por los cambios de enfoque y la brevedad de las escenas. Este vibrante relato es producto de la libertad creativa de Dos Passos, que le permite saltar con agilidad de un tema a otro y de un personaje al siguiente, consiguiendo de esa manera que la ciudad de Nueva York se mantenga siempre en un primer plano. Nada ni nadie consigue hacerle sombra, o robarle protagonismo.

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Middlesex

Domingo 11 Octubre 2009

Autor: Jeffrey Eugenides

Tres son los temas que intercala con maestría el escritor norteamericano Jeffrey Eugenides en esta extensa novela, ganadora del Premio Pulitzer del año 2002: la problemática sexual de Calíope/Cal, su protagonista hermafrodita, la inmigración -y posterior integración- de los griegos de Esmirna a los Estados Unidos después de la guerra con Ataturk en 1922, y el desarrollo de un país joven y pujante como fue Estados Unidos en el siglo XX.

Si Middlesex se hubiera centrado solamente en el llamado tercer sexo, creo que a parte de despertar cierta curiosidad -por lo diferente y raro que suele ser- no hubiera llegado a recrear el mundo norteamericano con su complejidad social, política, étnica, lingüística y religiosa. El fenómeno del llamado “melting pot” -una nación que dio acogida a muchos inmigrantes que luego se transformaron en fervorosos ciudadanos locales al asumir el sueño americano- convirtió a Estados Unidos en un país poderoso.

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