Taller de Lectura de Liliana Costa

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Lolita

Martes 7 Diciembre 2010

Autor: Vladimir Nabokov

La hermosa y atrevida novela de Nabokov, escrita en 1955, ha dejado una huella profunda en la cultura occidental, al punto de que el nombre propio de la protagonista, que coincide con el título de la obra, se ha convertido en un sustantivo que es sinónimo de ninfa= “joven hermosa” o “cortesana” según los usos coloquiales que señala el Diccionario de la Real Academia Española en su edición del 2001. Lo que no ha rescatado el recuerdo colectivo, frivolizado por la cultura popular y acentuado, pienso yo, por las dos películas basadas en la Lolita de Nabokov, es la situación de víctima que sufre la niña, Dolores Haze.

La prosa es fascinante, perturbadora y muy bella, y el relato oscila entre el género erótico, la novela policial, el drama psicológico, y el alegato legal presentado como una tardía confesión. Esta riqueza narrativa produce cambios de ánimo en el lector quien modificará su sentir conforme avance en la lectura: rabia e impotencia ante el engaño urdido por el falso padre, sorpresa ante los avances de la niña, dolor por la impostura que tiene que tragarse Charlotte, desconsuelo ante los avatares que le depara la vida a Lolita, y en algunos momentos, hasta compasión por el pederasta. Todo ello expresado con un lenguaje impecable, de trazo fino, que refleja el buen gusto del narrador, hombre complejo, de una exquisita sensibilidad.

Recursos utilizados para contar la historia

¿Cómo consigue Nabokov meternos en la ficción y que nos entreguemos al discurso de H.H. sin ninguna reserva?

  1. El relato en primera persona: lo que cuenta Humbert Humbert, es lo que nosotros aceptamos como la historia real. El punto de vista es suyo, él nos convence de lo que él está convencido y no deja espacio para otros puntos de vista. Sabemos lo que él quiere que sepamos: es su defensa ante la justicia, pero también una declaración de amor y el deseo de inmortalizar a su amada.
  2. El tono confesional es también un acierto, porque refleja una aparente humildad sumada a una voluntad de entrega total al querer compartir sus vivencias y sus sentimientos. La postura intimista reclama credibilidad: me desnudo para que me comprendan y los invito a conocer todo lo que hubo en mí: atracción, deseo, conciencia de no estar actuando correctamente, maniobras para quedármela y marginarla del mundo por temor a perderla, desesperación, celos, delirio y locura.
  3. El reclamo de una publicación póstuma: H.H. dice que una condición para que su escrito salga a la luz es que sea publicado cuando él y Lolita estén muertos. Por lo tanto, no habría posibilidades de cotejarlo con la realidad. Ninguna posibilidad de establecer comparaciones, ninguna versión que cuestione la suya porque Charlotte, la madre de Lolita, también está muerta.
  4. El prólogo que precede al cuerpo de la novela es otra trampa literaria muy oportuna. Los prólogos suelen ser comentarios que no pertenecen a la novela, ayudan a comprenderla, la sitúan, la presentan. Y, en la mayoría de los casos, no las escribe el autor. Por lo tanto, es ajeno al relato, no forma parte del discurso narrativo. En Lolita, el prólogo es obra de Nabokov quien crea un personaje ficticio (John Ray, Jr. Doctor en Filosofía) para avalar al testimonio de H.H. En realidad, lo que está avalando es la autenticidad de toda la ficción, y estructurando, de esa manera, la dinámica narrativa: el relato que sigue, asegura John Ray, fue escrito en tales circunstancias y dado que me lo entregó el abogado de H.H, creo que es mi deber dar curso a la voluntad de un reo que murió sin juicio, estando en la cárcel.Como estrategia, señala la responsabilidad moral que asume al publicarlo, pues podemos aprender, según anuncia Ray, la lección de lo que no se debe hacer. O sea, el escritor Nabokov da una atrevida vuelta de tuerca: no piensen que apoyo al protagonista, pero su historia es un buen pretexto para hacer literatura:

    “…Cierta desesperada honradez que vibra en su confesión no le absuelve de pecados de diabólica astucia. Es anormal. No es un caballero. Pero ¡con qué magia su violín armonioso conjura en nosotros una ternura, una compasión hacia Lolita que hace que nos sintamos fascinados por el libro al mismo tiempo que abominamos de su autor…
    …el impacto ético que el libro tendrá sobre el lector serio; pues en este punzante estudio personal se encierra una lección general; la niña descarriada, la madre egotista, el anheloso maníaco no son tan sólo los protagonistas vigorosamente retratados de una historia única: nos previenen contra peligrosas tendencias, señalan males potenciales.” (pág. 12).

  5. El azar: la historia fluye porque Nabokov permite que el azar intervenga y termine por redondearla. Veamos de qué manera interviene el azar:
    1. Humbert hereda dinero de su tío, lo cual le permitirá, más adelante, viajar con Lolita sin tener que sufrir problemas económicos.
    2. Decide retirse una temporada en la casa de la familia Mc Coo a escribir, pero como la casa de los Mc Coo se quema, lo derivan a la casa de Charlotte;
    3. Se casa con la madre para quedarse cerca de Lolita, pero Charlotte muere en un accidente de tráfico.
    4. H.H. consigue rescatar las cartas que ella estaba enviando al descubrir la verdad de su matrimonio. Al no haber cartas, se silencia la versión de Charlotte y así H.H. puede engañar a los amigos respecto a su paternidad “secreta”. Esta situación falsa, le concede una mayor libertad respecto a la niña: puede recogerla del colegio y llevársela a vivir con él sin que nadie vea nada sospechoso en ello.
    5. La mención a Clare Quilty como dramaturgo norteamericano, en un libro que hojea Humbert antes incluso de conocer a Lolita, es otro dato importante. El hecho de haberlo registrado como personaje “real” dentro de la ficción, lo convierte en una persona que existe con autonomía de los celos y la relación de éste con Lolita, luego el azar hará que sea su profesor de teatro y que suceda lo que sucede.

    Todos estos detalles de la ficción son determinantes porque establecen el status quo para que surja la trama con naturalidad, presentando la cercanía de los dos protagonistas dentro de una, aparente, situación normal.

  6. El humor: las constantes notas de humor aligeran el tono dramático y ayudan a sugerir la locura de H.H., quien se ríe de sí mismo en momentos en donde la risa no tendría cabida. La ironía contribuye a crear cierta complicidad entre el lector con el narrador- protagonista quien, consciente de su lado patético, antes de que el lector pueda juzgarlo, da un paso adelante y ofrece una caricatura de sí mismo, tomando una distancia tal que se observa como si se tratara de otra persona. Veamos algunos ejemplos:

    “Pero el amante de las coyundas al aire libre debe de tener presente, en cambio, que la naturaleza de los grandes espacios abiertos norteamericanos no es propicia para que se entregue al más antiguo de los delitos y pasatiempos. Plantas ponzoñosas escaldan las nalgas de su amada, mientras infinitos insectos pican las suyas; ásperas muestras de la flora local aguijonean las rodillas del amante y los insectos se enseñan con las de la amada, y a su alrededor suena sin cesar el susurro de serpientes -Que dis-je! ¡De dragones semiextinguidos!- que pueden hacer acto de presencia en cualquier momento, y semillas, parecidas a cangrejos, de flores feroces se adhieren como una horrible costra verde tanto a los calcetines negros sostenidos por ligas como a los blancos e informes.” (pág. 207).

    “¡No te rías, oh lector, imaginándome en el paroxismo del placer, gritando y apoquinando monedas de diez y veinticinco centavos, o incluso brillantes dólares de plata igual que una vocinglera, tintineante y enloquecida máquina tragaperras vomitando riquezas! Con todo, Lolita, que permanecía al margen de mis epilépticas contorsiones, solía agarrar con firmeza un buen puñado de monedas en su pequeño puño cerrado, puño que yo abría después, excepto cuando se escabullía y salía corriendo para ocultar su botín.” (pág. 227).

    “Me metí, tras una serie de contorsiones, en una cabina, me tomé una pastilla y durante unos breves minutos bregué con lo que parecían extraterrestres. Poco a poco fue haciéndose audible un cuarteto de oraciones gramaticales: soprano: no existía ese número en Beardsley; contralto: la señorita Pratt estaba de viaje hacia Inglaterra; tenor: la Escuela para Señoritas de Beardsley no había telefoneado; bajo: ¿cómo podían haberme llamado si no sabían que estaba en Champion, Colorado?” (pág. 290).

Lolita, personaje de Nabokov y paradigma linguístico

Como hemos dicho ya, decir Lolita es suponer una actitud provocadora en una niña, cuya definición es, según el diccionario de la Real Academia Española: “mujer adolescente, atractiva y seductora”. Por lo tanto, el término implicaría la conciencia que tiene dicha adolescente de poseer ciertos atributos que pueden ser útiles para el fin de la seducción. En dos palabras: una Lolita se sabe atractiva y ejerce su atractivo para conseguir lo que desea.

¿Cómo ha podido surgir ese término con ese significado, a raíz del personaje de Nabokov si la Lolita de Nabokov es una víctima, no una provocadora? Quizá sólo es posible entenderlo si partimos de la premisa de que la Lolita que ve Humbert en Dolores Haze está en su cabeza, no en la realidad. Es él quien señala en ella estos atributos, o se los atribuye para escamotear la responsabilidad de sus acciones, o simplemente los necesita para satisfacer su sexualidad. Quiero decir que la niña que ven los que se relacionan con ella -en su barrio, en la escuela, en los campamentos a los cuales acude- es otra: una criatura común y corriente, hija de una madre más bien vulgar, que vive en una casa ordinaria, que no tiene grandes dotes más allá de cierta facilidad para el tenis y una afición creciente por el arte dramático.

Al inicio de la novela, señala Humbert:

“Ahora creo llegado el momento de introducir la siguiente idea: hay muchachas, entre los nueve y catorce años de edad, que revelan su verdadera naturaleza, que no es la humana, sino la de ninfas (es decir, demoníaca), a ciertos fascinados peregrinos, los cuales, muy a menudo, son mucho mayores que ellas (hasta el punto de doblar, triplicar, o incluso cuadriplicar su edad). Propongo designar a esas criaturas escogidas con el nombre de nínfulas.” (pág. 24).

Pero luego prosigue y especifica que ese “demonio mortífero” sólo es detectado por algunos artistas y locos:

“…sin que nadie, ni siquiera ella, sea consciente de su fantástico poder.” (pág. 25).

Esta clasificación, que incluye a Lolita Haze, habla de ciertas características perturbadoras para ciertos perturbados, por lo tanto volvamos al planteamiento inicial: la subjetividad del observador es determinante, es él quien le atribuye a la niña la capacidad de seducción. En el caso de Humbert, asocia a Lolita con Anabel, experiencia frustrada que dará origen a una sexualidad insatisfecha que le impide desarrollar y crecer. Incapaz de superar ese trauma, su vida gira en torno al doloroso pero incitante recuerdo. Dolores Haze se presenta entonces como el sujeto idóneo para reemplazar a Anabel, subsanar la ausencia (Anabel está muerta) y satisfacer el deseo pendiente.

Sin embargo, consciente de la transgresión que significa una relación sexual con una niña de doce años, H.H. piensa en sucedáneos, como narcotizar a la niña para acariciarla “sin hacerle daño”, por ejemplo. En realidad, él dice haber estado resignado a ser un voyeur en actitud contemplativa, antes de conocer a Lolita, no esperaba llegar tan lejos porque sabía que se movía en el terreno de lo prohibido. Pero, de pronto, confiesa:

“¡Frígidas damas del jurado! Yo había pensado que pasarían meses, años acaso, antes de que me atreviera a revelar la naturaleza de mis sentimientos a Dolores Haze; pero a las seis ya estaba despierta, y a las seis y cuarto ya éramos, técnicamente, amantes. Y voy a decirles algo que les sorprenderá: ella me sedujo.” (pág. 162).

Nadie espera esta frase que sorprende y descoloca. ¿Fue así? ¿O lo dice para exculparse? Porque en otros momentos de su testimonio se desdice y deja traslucir la rabia, el dolor y la humillación de la niña violada quien no parece compartir el entusiasmo de su amante, ni mucho menos ser cómplice o seductora:

“- ¡Puerco! -exclamó sin dejar de sonreírme dulcemente-. ¡Criatura repugnante! Yo era una niña pura como una perla, y mira lo que has hecho de mí. Debería llamar a la policía y decirle que me has violado. ¡Oh, puerco, puerco, viejo puerco!” (pág. 172).

Tampoco es feliz Lolita, todo lo contrario, se trata de una niña acorralada que sufre y no tiene a dónde ir:

“Porque cada noche -todas y cada una de las noches- Lolita se echaba a llorar no bien me fingía dormido.” (pág. 217).

Y, peor aún, es abusada constantemente. Estas palabras reflejan su agotamiento, su malestar, su exasperación:

“Lolita. Tú me mirabas con un gris signo de interrogación en tus ojos. “Oh, no, otra vez no!”… “Déjame en paz, por favor”, exclamabas. “Por el amor de Dios, déjame en paz”.” (pág. 237).

La violencia que sufre Lolita en manos de Humbert, queda reflejada en situaciones que ponen de relieve el drama que vive la niña en manos de un obseso cuyo único fin es satisfacer su creciente deseo una y otra vez, sin tener en cuenta la fragilidad de un cuerpo tan joven:

“Permaneció callada. Dejamos Briceland. La locuaz Lo seguía en silencio. Frías arañas de pánico corrieron por mi espalda. Era huérfana. Una niña que carecía de familia, absolutamente desamparada, con la cual un adulto de cuerpo vigoroso y mente lasciva había tenido intensas relaciones sexuales tres veces aquella mismísima mañana.” (pág. 171).

“¿Bromeaba? En sus absurdas palabras vibraba una siniestra histeria, Después, con un sonido sibilante, empezó a quejarse de dolores, dijo que no podía estar sentada, dijo que le había destrozado las entrañas…” (pág. 172).

Cuando la situación se torna inaguantable, Lolita parece rebelarse. Llega un momento en el cual H.H. comienza a ofrecerle dinero a cambio de caricias, o utiliza la violencia verbal que despierta curiosidad en el vecindario, también le impide relacionarse con chicos de su edad obligándola a vivir marginada del mundo como un objeto sexual exclusivamente a su servicio. Esta es otra faceta del personaje que no se registra cuando se acuña el vocablo Lolita, banalizando al personaje o imprimiéndole un perfil romántico de niña-amante complaciente.

La huída de Lolita se explica en este contexto de niña víctima. Salir del hueco en donde está sumida es su mayor deseo, para vivir como una adolescente normal y más adelante tener hijos, una familia, cierta estabilidad. La escena en donde Humbert percibe lo que siente Lolita al observar a su amiga del colegio al lado de su padre, es desgarradora porque sintetiza el dolor de Dolores Haze, la ausencia de vínculos afectivos en su vida y su profunda soledad:

“…Avis se colgó del cuello de su padre y aplicó su boca a su oreja, lo cual tuvo como consecuencia que aquél abrazara, un tanto mecánicamente, a su regordete y bien desarrollado retoño, vi que la sonrisa de Lo perdía su brillo y se convertía en una sombra congelada de sí misma, y el cuchillo de postre se cayó de la mesa, y su mango de plata le dio un buen golpe en el tobillo a Lolita, que gimió, bajó la cabeza y, saltando a la pata coja, con el rostro afeado por esa muestra preparatoria que mantienen los niños hasta que se ponen a llorar de verdad, se marchó a la cocina, a donde la siguió para consolarla la buena de Avis, que tenía aquel papá tan rosado, tan gordo y tan maravilloso, y un hermano pequeño igual de regordete que ella, y una hermanita recién nacida, y un hogar, y dos perros sonrientes, mientras que Lolita no tenía nada.” (pág. 352).

Por todo ello, el desenlace de Lolita -casada con un tipo vulgar que es la antítesis de Humbert, llevando una vida de privaciones, embarazada, con ilusión de progresar gracias a un posible cambio de trabajo de su marido en Alaska, aparentemente contenta con su elección luego de haber tocado fondo con el hombre con quien huyó y que la expuso a una vida promiscua- nos sitúa en la realidad. La normalidad que ella anhelaba es ahora sinónimo de vulgaridad. ¿Qué otra cosa podría esperar esta criatura de la vida, niña que había sido maltratada desde los doce años, huérfana de padre y madre, abusada por un seudo padrastro pederasta, rescatada por un vicioso que le ofrece llevarla a Hollywood y en cambio la induce a la promiscuidad? Lolita es una sobreviviente marcada con fuego. O más bien, quemada por fuego ajeno.

El único momento en donde aparece un punto de vista distinto al de H.H. respecto a Lolita, es cuando interviene la Directora del colegio; escena que considero clave para reforzar la visión de niña maltratada. Lo que dice la Directora es que Lolita necesita ayuda. Llama al supuesto padre para ponerlo en autos: algo marcha mal con su hija, no se comporta como las otras chicas de su edad, su desarrollo sexual no es lo esperado; sería bueno que la revise un médico y que lleve una vida normal con actividades en grupo. Esta opinión que irrumpe desde fuera del mundo claustrofóbico Humbert- Lolita, es una confrontación con la realidad: la disfuncionalidad de la adolescente se percibe a pesar de los esfuerzos de ambos por ocultarla.

Por todo lo visto podemos confirmar que el glamour que se anexa al término Lolita parece falso por artificial. Lolita, como vocablo que surge de la obra de Nabokov, debería connotar una dosis de dolor, sufrimiento provocado por un placer abusivo. La grandeza de la novela, su belleza narrativa, su lenguaje, han conseguido limar las aristas y, quizá por ello, se ha borrado este lado de la moneda y, con un toque de romanticismo (¿machista?) conserva, exclusivamente, lo que Humbert quiso demostrar: Lolita era tan fascinante que la amé con locura.

Humbert Humbert

Desde el seudónimo elegido por el propio narrador para nombrarse a sí mismo, vemos a un personaje dual, un hombre dividido, desintegrado, consciente de ser distinto de los demás, alguien que se escapa a la norma.

El protagonista dice ser un miembro de la alta burguesía, huérfano de madre desde pequeño, traumatizado por un amor de adolescencia que lo dejó insatisfecho y marcado para el resto de su vida. Señala, pues, esa experiencia como el germen de su pederastia: la fijación a una mujer-niña como el ideal del objeto de su deseo. Consciente de que su sexualidad no es socialmente aceptada, opta por llevar una vida doble:

“No debe asombrar, pues, que mi vida adulta, durante el período europeo de mi existencia, resultara monstruosamente doble. Para cualquier observador exterior, mantenía las relaciones llamadas normales con cierto número de mujeres terrenales, provistas de pechos que parecían peras o calabazas; pero en secreto, me consumía en un horno infernal de reconcentrada lujuria por cada nínfula que encontraba, pero a la cual no me atrevía a acercarme, pues era un pusilánime respetuoso de la ley.” (pág. 26).

Por más que él se presenta como un hombre de buen gusto, elegante, refinado y culto, todo lo que lo rodea es bastante vulgar, comenzando por su primera mujer Valeria, siguiendo por su segunda esposa que es Charlotte, y terminando por su pareja después de Lolita: Rita. Todo en ellas es mal gusto, ordinariez, ramplonería. No es difícil deducir qué es lo que busca para sí mismo, ya sea por incapacidad para acceder a otra cosa, o porque se siente bien así. Lolita sería la excepción porque él la ve de esa manera, aunque nada de lo que nos cuenta parece avalar esa dignidad y belleza que le atribuye, menos aún el devenir del personaje.

Con malas intenciones para llevar a cabo su deseo: somníferos, falsa boda, fingimiento de paternidad, abuso de la situación de horfandad de Lolita, etc., la obsesión que lo domina es el único motor en la vida de Humbert, la única razón de su ser. Él mismo se encargará de exponer su inestabilidad emocional y afectiva:

“Un tremendo agotamiento nervioso me envió a un sanatorio durante más de un año; volví a mi trabajo, pero recaí, y hubo que hospitalizarme de nuevo.” (pág. 43).

Creo que el mayor acierto de Nabokov, respecto a su protagonista, es el humor del que él mismo hace gala. Ya lo hemos mencionado antes, pero creo que vale la pena insistir aquí al respecto. La capacidad que tiene Humbert de reírse de sí mismo, desdramatiza su proceder y suaviza los resultados. Porque este recurso tiene relación directa con su desdoblamiento psicológico: se ve a sí mismo como un ser ajeno, distinto, y sobre todo ridículo:

“… Humbert, el Avieso, la rodeó con su brazo, en una despreciable imitación de fraterna amistad.” (pág. 62).

“… Un Humbert osado habría jugado con ella de una manera más repugnante (ayer, por ejemplo, cuando entró de nuevo en mi cuarto para mostrarme sus dibujos escolares); podría haberla sobornado, y haberse salido con la suya.” (pág. 68).

“… Empecé a deslizarme hacia ella. A reptar hacia ella, más bien. Mis brazos y piernas eran superficies convexas entre las cuales -más que sobre las cuales- avanzaba lentamente, mediante algún sistema neutro de locomoción. Humbert, la Araña Herida.” (pág. 69).

“… Humbert el Rechazado se batió en fúnebre retirada, mientras ella seguía parloteando hacia la calle.” (pág. 70).

Pero las fantasías de Humbert lo llevan muy lejos -en realidad las fantasías en general no tienen límites y fantasear significa precisamente eso: volar lejos de la realidad- pero en este caso las señalamos porque delatan su locura, más loco aún por confesar una situación absolutamente ridícula que denota una desconección total de la realidad:

“Pues he de confesar que, según la condición de mis glándulas y ganglios, en el transcurso de un mismo día podía pasar de un polo al otro: desde cavilar apesadumbrado que hacia 1950 debería buscar la manera de librarme de una adolescente difícil que habría perdido su magia de nínfula, hasta acariciar la idea de que con paciencia y suerte podría, tal vez, hacerla concebir otra nínfula con mi sangre en sus exquisitas venas, una segunda Lolita que hacia 1960 tendría ocho o nueve años, cuando yo estaría aún dans la force de l´age.Pero hay más: el telescopio de mi mente (o de mi demencia) era lo bastante potente para distinguir, en la lejanía del tiempo, a un veillard encore vert -aunque no dejaba de sentir una sombra de temor de que su verdor fuera tan superficial como el del orín-, el tierno y babeante doctor Humbert, caracterizado por su íntimo desprecio hacia ciertas convenciones sociales, practicando el arte de ser abuelo con una maravillosamente hermosa tercera Lolita.” (pág. 214).

Sólo ahora podemos entender sus celos enfermizos, las alucinaciones que padece cuando viaja con ella y sospecha de un tercero, el horror que experimenta ante el posible fin de la relación, fin que se avecina de manera inexorable. Está tan bien delineado el personaje, es tan humano H. H., que el lector no puede dejar de sufrir por él. No cabe duda de que el Humbert de Nabokov es un personaje cercano, su fragilidad y su dolor por ser como es nos tocan, y por lo tanto, apelan a nuestra comprensión. La lectura nos ofrece un mundo muy rico porque tenemos frente a nosotros a un ser humano que se desnuda y se confiesa sin pudor: soy así, esto es lo que siento, hice mucho daño, pido perdón. Pero, lo más importante es lo que sostiene al final, aquello que agita como una bandera: fue por amor. Y de ahí al arte sólo hay un paso, el salto de la persona al personaje y de la historia al mito:

“… Pero ¡ay!, me sentí incapaz de trascender el simple hecho humano de que ningún solaz espiritual que pudiera encontrar, ninguna eternidad más o menos convincente que pudiera ofrecérceme, nada, pues, podría hacer que mi Lolita olvidara cuán torpemente la había utilizado para satisfacer mi lujuria. A menos que se me pruebe -a mí tal como soy ahora, con mi corazón y mi barba y mi putrefacción- que, en términos de eternidad, importe un comino que una niña norteamericana llamada Dolores Haze fuera privada de su niñez por un maníaco, a menos que se me pruebe eso (y, si tal cosa es posible, la vida es una broma), no concibo para mi miseria otro tratamiento que el melancólico y muy local paliativo del arte expresado con claridad y precisión. Para citar a un viejo poeta:

El sentido moral de los mortales es el precio
que debemos pagar por nuestro sentido mortal de la belleza.” (pág. 348).

La novela, como obra de arte, daría sentido al relato. Y se lo da ampliamente. O quizá, más justamente, el arte es lo único que puede rescatar las mezquindades de esta historia. No podemos cambiar el mundo, pero podemos elegir cómo y para qué se cuentan las cosas que suceden en ese mundo. La belleza es el fin y la redención. Y en términos de belleza, Lolita lo tiene todo.

La impecable prosa

La prosa de Vladimir Nabokov es digna de elogio. Ritmo y elegancia son inseparables en cada una de sus frases. El escritor ruso que escribe en inglés, cuida la selección de cada palabra, el sonido perfecto de la sintaxis, la armonía del conjunto. Cuando se refiere a Lolita, el armazón verbal adquiere un tono rosa, infantil, aterciopelado. Varía, de manera notable, cuando describe los exteriores de los viajes que realiza la pareja alrededor de los Estados Unidos: la sensualidad da paso a un cromatismo de paleta más amplia, las metáforas son muy visuales. Como ejemplo un par de párrafos en donde se aprecia la cadencia de las imágenes, el ritmo ondulante de las frases:

“Había también, a veces, un severo horizonte que recordaba los cuadros del Greco, preñado de lluvia negra, y la fugaz visión de un granjero con la piel de la nuca arrugada como la de una momia y, a nuestro alrededor, una serie de franjas, por las que corría un agua plateada, que alternaban con otras plantadas de áspero maíz aún verde, un conjunto que formaba una especie de abanico abierto, en algún lugar de Kansas.” (pág. 187).

“Por la noche, altos camiones con las luces de colores, que recordaban temibles y gigantescos árboles de Navidad, surgían de la negrura y pasaban como un trueno junto al pequeño y anticuado sedán. Y, al día siguiente, de nuevo un cielo apenas poblado, que cedía su azul al calor, se diluía sobre nuestras cabezas y Lo empezaba a clamar por una bebida, y sus mejillas se ahuecaban vigorosamente al sorber por la pajita, y el interior del automóvil se había convertido en un horno cuando volvíamos a él, y la carretera se alargaba ondulante antes nosotros, y un remoto automóvil parecía cambiar de forma y daba la sensación de pender durante un instante, alto, cuadrado, anticuado, igual que en un espejismo, de aquel halo ardiente que se extendía sobre la deslumbrante superficie de la carretera.” (pág. 188).

En “Acerca de un libro titulado “Lolita”" escrito en 1956 por el mismo Nabokov, el autor reconoce que estas escenas -junto con otras que no se refieren a la relación entre los personajes- son las responsables de la solidez narrativa de Lolita porque funcionan como el complemento indispensable para construir la historia literaria:

“Esos son los nervios de la novela. Ésos son los puntos secretos, las coordinadas subliminales mediante las cuales se urdió el libro…” (pág. 388).

Y para concluir el análisis, debemos hacer referencia a la mirada del europeo refinado, con amplio bagaje cultural y una visión del mundo enriquecida por su espíritu viajero, que convierten a Lolita en una obra ambiciosa que no se limita exclusivamente al terreno de la relación amorosa entre Humbert y su niña. Los ojos del protagonista (que son los ojos del autor) registran el mundo americano con interés, con sabiduría, con inteligencia. A pesar de vivir obsesionado, Humbert es capaz de calar el alma de un país extranjero en donde se encuentra por ciertas circunstancias, país que acogió a Nabokov y le regaló un lenguaje que hizo suyo.

¿La dualidad que experimenta el protagonista no será un eco lejano del esfuerzo que tuvo que hacer Vladimir Nabokov para integrar en su vida dos culturas distintas?


Los textos han sido tomados de la Edición Compactos de la Editorial Anagrama, traducción de Francesc Roca.

Cien Años de Soledad

Domingo 5 Diciembre 2010

Autor: Gabriel García Márquez

La gran novela escrita en lengua española desde la aparición de El Quijote es, según opinión de muchos críticos y lectores, Cien años de soledad. Este comentario, que oí tantas veces en las aulas universitarias en pleno apogeo del boom latinoamericano de los años setentas, sigue vigente. Admito que no se puede ser tan radical en las evaluaciones, ni tan tajante con los gustos literarios, pero ¿cómo desbancar a una obra que lo tiene todo y que no pierde actualidad, a pesar de haber sido publicada en 1967? ¿Dónde está el secreto de García Márquez, escritor colombiano nacido en 1927, que le permite escribir una novela ambiciosa, una saga familiar con trasfondo político, trascendiendo lo particular (la familia Buendía) para llegar a lo general (Colombia, Latinoamérica, el mundo entero), sin perder jamás el lado placentero de la vida, la chispa del ingenio, la dulce locura? ¿Cómo llamar a ese desenfado caribeño que redime el alma de la soledad, la guerra, los desencuentros? No hablo de optimismo insensato, menos aún de frivolidad, me refiero a una manera particular, -y envidiable- de ver el mundo como un lugar interesante, misterioso, estimulante. Y al hombre, sumergido en ese mundo, dándole la vuelta a la tragedia, convirtiendo el dolor en un recuerdo risueño, capaz de burlarse de sí mismo gracias a este recurso inteligente, el único imaginable para secarse las lágrimas con una sonrisa en los labios.

Digo esto porque Cien años de soledad es una novela que mantiene un tono festivo de principio a fin. Los habitantes de Macondo se divierten para disfrazar las tristezas cotidianas, actividad que requiere de talento y que resulta una condición imprescindible para sobrevivir: bajo un sol abrasador, en un paraje seco y sofocante, alejados de la modernidad, de la atención de los gobiernos, sometidos a la guerra, a la explotación capitalista de la producción norteamericana, a los abusos, al olvido y las enfermedades, ellos tienen algo que atesoran: un lugar para soñar. Por eso regresan los que parten, por eso celebran la vida que les tocó en este Macondo ardiente.

La familia Buendía, una familia latinoamericana

García Márquez construye un mundo sólido -desde sus orígenes hasta su desaparición- y nos introduce en una familia con personajes inolvidables que deambulan por Macondo como poseídos por unas fuerzas que los sobrepasan. Todos tienen poderío, hasta los más débiles como Santa Sofía de la Piedad o Remedios, la bella; todos poseen particularidades a pesar de repetirse los caracteres y temperamentos de generación en generación. Tienen los mismos nombres pero se saben distintos entre ellos, son seres comprometidos con la realidad, desempeñan sus labores como si hubieran sido destinados a realizarlas de esa manera y no de otra; personajes casi míticos pero con un barniz humano que los redime y los convierte en un grupo atractivo de seres seductores, tiranos, obsesionados, pasionales, lunáticos, y esencialmente solitarios.

Úrsula, la madre eficiente

La contundencia de esta mujer, su fuerza casi telúrica que brota del fondo de la tierra o desde el centro mismo de sus entrañas, la convierte en uno de los personajes femeninos mejor logrados en la historia de la literatura. Si tuviera que elegir un personaje literario, aquel que me resulte el más querido, conmovedor y admirable, me quedaría con Úrsula Iguarán. Me gusta todo de ella: su fuerza, su vitalidad, su inconformismo, su humor, su sabiduría, y sobre todo, sus grandes dotes domésticos.

Úrsula resuelve mientras su marido, José Arcadio Buendía, fantasea y sueña. Ella lleva la batuta en esta familia de locos y toma las decisiones correctas: es Úrsula la que conecta a Macondo con el mundo exterior, la que salva la economía familiar con su negocio de galletas, la que increpa a su hijo el Coronel Aureliano por sus excesos y a su nieto Arcadio por los suyos, tarea que nadie se atreve a realizar porque todos les temen; la que recibe a los forasteros en su mesa, la que no se muere para perpetuar con su presencia los vínculos familiares, la ciega que ve, la vieja sabia.

La decadencia y desaparición de Macondo sólo será posible cuando Úrsula no esté presente. Viva, no hubiera permitido que su familia se extinguiera: el niño con cola de cerdo no hubiera nacido en su casa. O por lo menos es la impresión que produce la energía del personaje: su presencia es como un símbolo contra la adversidad, una bandera que flamea en la puerta y espanta a cualquier enemigo.

En las sociedades machistas, y Macondo lo es, el hombre tiene mayor espacio para el ocio, para fantasear, para equivocarse; se puede permitir casi todo, hasta la infidelidad. Úrsula es una de las tantas madres del tercer mundo que saben que de ellas depende la cordura y la estabilidad familiar y que no pueden bajar la guardia en ningún momento porque son indispensables para el bien común. García Márquez retrata con fidelidad a una familia de origen latino, con fuertes lazos de sangre, conscientes de pertenecer a un grupo y orgullosos de ello.

Pero dicho esto, no es José Arcadio la autoridad en la familia. Es la poderosa Úrsula la que asume la responsabilidad de marcar el rumbo y señalar los límites, la vemos crecer hasta de talla para imponerse y frenar los desvaríos de su prole. No titubea jamás – como tampoco cantará nunca- porque su fuerza radica en su autoridad. Recordemos cómo se enfrenta a Arcadio con voz de mando:

“- ¡Atrévete, bastardo! – gritó Úrsula.

Antes de que Arcadio tuviera tiempo de reaccionar, le descargó el primer vergajazo. “Atrévete, asesino”, gritaba. “Y mátame también a mí, hijo de mala madre. Así no tendré ojos para llorar la vergüenza de haber criado un fenómeno. Azotándolo sin misericordia, lo persiguió hasta el fondo del patio, donde Arcadio se enrolló como un caracol.” (pág. 132).

Una mujer sin estudios pero con un sentido práctico de la vida que es un don y un tesoro, la pequeña Úrsula rebosa de vitalidad y energía. Siempre que aparece en escena lo hace desarrollando alguna actividad: arregla, barre, cocina, cría niños, atiende al marido, entierra a los muertos, remodela la casa. Es verdad que no es mujer afectuosa, su lenguaje es duro y parco, pero lo que hace lo hace para que todos se encuentren bien y disfruten: esa es su manera de dar cariño, de crear armonía en la casa familiar:

“Activa, menuda, severa, aquella mujer de nervios inquebrantables, a quien en ningún momento de su vida se le oyó cantar, parecía estar en todas partes desde el amanecer hasta muy entrada la noche, siempre perseguida por el suave murmullo de sus pollerines de olán. Gracias a ella, los pisos de tierra golpeada, los muros de barro sin encalar, los rústicos muebles de madera construidos por ellos mismos estaban siempre limpios, y los viejos arcones donde se guardaba la ropa exhalaban un tibio olor de albahaca.” (pág. 18).

En cambio, Úrsula recibe muy poco de los miembros de su familia: todos se sienten con derecho a exigirle, pero son muy pocas las veces que retribuyen su generosidad. Tampoco reclama. Acepta su soledad como una condición esencial de su existencia, por eso resultan conmovedores sus diálogos con José Arcadio, su marido, amarrado al árbol, vivo, y luego muerto. Es el único soporte que le queda, su único compañero, su único igual. Son ellos dos los fundadores de la familia y ese vínculo es más fuerte que cualquier otro de orden afectivo. Fueron socios en el arte de vivir, socios más allá de la muerte.

José Arcadio Buendía: el iluminado

Pocas empresas resultan satisfactorias en la vida de este hombre obstinado, pasional, aventurero, que arriesga, sueña y tiene una fe a prueba de balas. Desde la llegada de Melquíades y los primeros gitanos, José Arcadio descubre un mundo maravilloso que parece opacar al mundo real. Lo objetivo y palpable ya no le atrae, el mundo real es un mundo de segunda para él, en comparación con los inventos de los gitanos. Después del hielo, que lo deslumbra y asombra, cualquier cosa puede suceder. Y se entrega en cuerpo y alma a descubrir las maravillas.

García Márquez narra con humor los desvaríos de José Arcadio, imprimiendo una calidad lúdica a sus hazañas, como si sus contratiempos no fueran fracasos si no bromas que le juega el destino a este intrépido personaje:

“Entonces José Arcadio Buendía echó treinta doblones en una cazuela, y los fundió con raspadura de cobre, oropimente, azufre y plomo. Puso a hervir todo a fuego vivo en un caldero de aceite de ricino hasta obtener un jarabe espeso y pestilente, más parecido al caramelo vulgar que al oro magnífico. En azarosos y desesperados procesos de destilación, fundida con los siete metales planetarios, trabajada con el mercurio hermético y el vitriolo de Chipre, y vuelta a cocer en manteca de cerdo a falta de aceite de rábano, la preciosa herencia de Úrsula quedó reducida a un chicharrón carbonizado que no pudo ser desprendido del fondo del caldero.” (Pág. 16).

El fundador, quien trabajó y organizó a Macondo en los primeros tiempos, terminará obnubilado por los descubrimientos y encerrado en su mundo, mano a mano con Melquíades. No se interesa ni por la guerra que pelea su hijo, ni por los nietos, ni por la política, menos aún por los hechos cotidianos; vivirá recluido y marginado por decisión propia en el cuarto de los experimentos, y luego amarrado al árbol como un animal inofensivo. El personaje se evapora y se excluye del mundo de los vivos por falta de interés, sólo lo nuevo, lo distinto, lo maravilloso, centran su atención: Melquíades lo convirtió en un alucinado, un alucinado que produce ternura y conmueve por su pureza. José Arcadio prácticamente levita.

Los hijos excéntricos

Cada cual más estrambótico que el otro, los tres hijos biológicos son distintos entre sí aunque todos son radicales en actitudes y maneras de ser. Lo mismo sucede con Rebeca, la hija adoptiva, que podría ser una Buendía.

Amaranta, la virgen, es una mujer excéntrica, introvertida, incapaz de tener una vida afectiva normal. Llena de resentimiento hacia Rebeca por haberle robado el amor de Pietro Crespi, tampoco acepta a éste cuando le toca su turno. Ni a Crespi ni ningún otro varón, salvo los coqueteos con su sobrino nieto y su sobrino biznieto. ¿Qué clase de incesto es éste entre una solterona vieja y dos chicos que podrían ser nieto y biznieto? ¿Qué ven ellos en Amaranta? En Cien años de soledad las cosas no obedecen a las leyes de la lógica, y en ello radica su encanto. Porque esta relación que sorprende -si analizamos con objetividad – resulta creíble en el mundo de la novela, la verosimilitud es el resultado de extrañas leyes en Macondo ,y alguna atracción física poderosa brota entre ellos, como si estuvieran destinados a amarse. ¿La timidez de Amaranta sólo le permite demostrar su pasión a miembros de la familia? ¿Son los hijos que no pudo acunar? ¿Los chicos detectan en ella una fuerza secreta?

Dos imágenes sintetizan la personalidad de Amaranta: la venda negra que lleva en el brazo como recuerdo de su auto castigo (“Fue una cura de burro para el remordimiento”), y la mortaja que teje para su tumba. En ambos objetos vemos la marca de la infertilidad, de la soledad, de la infelicidad y de la muerte. Amaranta es una mujer misteriosa, adivinamos su complejidad y su dolor aunque – como su madre – no se queje jamás ni haga ningún reproche. Excluida de los placeres de la vida por viejos rencores, a la hora de morirse decide reparar su aislamiento y ofrece llevar recados a los familiares muertos. No habiendo sido solidaria, esta mujer que vivió encerrada en su dolor, intenta reparar su falta en el otro mundo, en donde se imagina libre. No es fácil comprender su conducta, por eso mismo resulta un personaje interesante, atractiva en su hermetismo, dueña absoluta de sus decisiones, decisiones propias de una mujer altiva e independiente, al punto que ni Úrsula consigue que se dulcifique. Se intuye en Amaranta una oscuridad muy grande y muchos temores no resueltos. Todo esto hace de ella un personaje interesante, el lector se quedará con su desasosiego, sus miedos, su infelicidad, su rabia, su ternura sofocada, y recordará siempre a la tía extraña que fue una sombra de la mujer que se negó a ser.

Los hermanos, José Arcadio y Aureliano, son opuestos en todo, comenzando por el físico: el coronel es pequeño, enjuto, en cambio José Arcadio es un gigante. Serán ellos los que establezcan el paradigma de los José Arcadios que son de una manera determinada, y los Aurelianos de otra, salvo los gemelos que fueron cambiados desde su nacimiento.

Esto del físico se reproduce en la manera de ser: Aureliano retraído, amante de la orfebrería y la guerra, ensimismado, poco afectuoso; y su hermano: juerguista, mujeriego, vividor, hasta que se encierra de por vida con Rebeca rechazado por la familia. Sin embargo ambos tienen en común la testarudez y el temperamento obsesivo, esa suerte de locura que es el sello de la familia, dice Úrsula:

“Los hijos heredan las locuras de sus padres”.

Y sobre todas las cosas, los Buendía comparten la profunda soledad que los aísla, los convierte en seres insatisfechos, y también, por la misma razón, forman una élite: el grupo de los escogidos. Es verdad que son una de las familias de los fundadores, y que además tienen al líder de los liberales entre sus miembros, pero más allá de esos datos, ellos se saben especiales.

El lector de Cien años de soledad quedará marcado por los Buendía que combinan todo lo bueno y lo malo que había en Macondo: Arcadio, Aureliano II, Remedios, la bella; José Arcadio II, Aureliano José, los 17 Aurelianos bastardos, Meme, José Arcadio el Papa, Amaranta Úrsula, y los advenedizos: Pietro Crespi, Santa Sofía de la Piedad Fernanda del Carpio, Mauricio Babilonia, Pilar Ternera, Petra Cotes, etc. Pocas veces una novela nos regala tal cantidad de “inolvidables”.

Sin embargo, una característica de esta novela es que el narrador no se introduce en el interior de los personajes, los conocemos por sus acciones más que por sus pensamientos, sentimientos o deseos ocultos. Lo que hacen, o dejan de hacer, los define como personas con un mundo interior propio y original aunque éste no se exprese como tal: no hay monólogos en Cien años de soledad – salvo el sermón de Fernanda del Carpio- ni diálogos en donde se intercambie maneras de ver el mundo, ni confesiones, ni testimonios, ni confidencias de ningún tipo.

De las pocas excepciones que encontramos en este aspecto – que contrasta con la prosa exuberante de García Márquez – son las reflexiones que hace el coronel sobre su madre y las que expresa Úrsula sobre su hija Amaranta:

“Entonces el coronel Aureliano Buendía se dio cuenta, sin asombro, que Úrsula era el único ser humano que había logrado desentrañar su miseria, y por primera vez en muchos años se atrevió a mirarla a la cara. Tenía la piel cuarteada, los dientes carcomidos, el cabello marchito y sin color, y la mirada atónita. La comparó con el recuerdo más antiguo que tenía de ella, la tarde en que él tuvo el presagio de que una olla de caldo hirviendo iba a caerse de la mesa, y la encontró despedazada. En un instante descubrió los arañazos, los verdugones, las mataduras, las úlceras y cicatrices que había dejado en ella más de medio siglo de vida cotidiana, y comprobó que esos estragos no suscitaban en él ni siquiera un sentimiento de piedad. Hizo entonces un último intento para buscar en su corazón el sitio en donde se le habían podrido los afectos, y no pudo encontrarlo. En otra época, al meno experimentaba un confuso sentimiento de vergüenza cuando sorprendía en su propia piel el olor de Úrsula, y en más de una ocasión sintió sus pensamientos interferidos por el pensamiento de ella. Pero todo eso había sido arrasado por la guerra.” (pág. 211).

“Amaranta, en cambio, cuya dureza de corazón la espantaba, cuya concentrada amargura la amargaba, se le esclareció en el último examen como la mujer más tierna que había existido jamás, y comprendió, con una lastimosa clarividencia que las injustas torturas a que había sometido a Pietro Crespi no eran dictadas por una voluntad de venganza, como todo el mundo creía, ni el lento martirio con que frustró la vida del coronel Gerineldo Márquez había sido determinado por la mala hiel de su amargura, como todo el mundo creía, sino que ambas acciones habían sido una lucha a muerte entre un amor sin medidas y una cobardía invencible, y había triunfado finalmente el miedo irracional que Amaranta le tuvo siempre a su propio y atormentado corazón.” (pág. 300).

Estructura y forma

Mario Vargas Llosa realizó un extenso análisis de la obra de García Márquez que se publicó en 1971 con el título de García Márquez: Historia de un deicidio, el estudio más completo que existe sobre Cien años de soledad. Nada escapó a la mirada crítica del escritor peruano, por lo tanto, quien quiera informarse sobre los aspectos formales de la novela deberá remitirse a este libro.

En él, Vargas Llosa aclara que el narrador es Melquíades, la novela está contenida en el manuscrito del gitano, y sólo cuando el último Aureliano lee lo que ocurre, lo que LE ocurre en el final apocalíptico de Macondo, el “micrófono” pasa de Melquíades a Aureliano en un cambio de voz narrativa que funde al objeto de lo narrado con el sujeto que narra. Esta pirueta técnica es el cierre magistral en donde se consume y desaparece todo: Macondo, los Buendía, el manuscrito, la novela.

También se refiere Vargas Llosa, de manera explícita, a los tiempos que coexisten en Cien años de soledad: el tiempo circular (los acontecimientos se muerden la cola, las historias se repiten) y el tiempo lineal (Macondo se funda, desarrolla y se destruye).

Y completando el análisis formal de la obra del escritor colombiano, Vargas Llosa señala algunas características como parte de la estrategia narrativa. Estos aciertos son, resumidos, los siguientes:

  • Las enumeraciones: es un recurso que utiliza García Márquez para vincular elementos con un criterio muy particular. Los elementos en sí son menos importantes que el conjunto, y al sumarlos y mezclarlos, se crea un ritmo especial; un ritmo cercano al lenguaje oral propio del contador de cuentos que se sabe escuchado y que se estimula con la aprobación y regocijo de sus oyentes:

    “Sobrevivió a la pelagra en Persia, al escorbuto en el archipiélago de Malasia, a la lepra en Alejandría, al beriberi en el japón, a la peste bubónica en Madagascar, al terremoto de Sicilia y a un naufragio multitudinario en el estrecho de Magallanes” (pág. 12-13).

    “… con sus loros pintados de colores que recitaban romanzas italianas, y la gallina que ponía un centenar de huevos de oro al son de la pandereta, y el mono amaestrado que adivinaba el pensamiento, y la máquina múltiple que servía al mismo tiempo para pegar botones y bajar la fiebre, y el aparato para olvidar los malos recuerdos, y el emplasto para perder el tiempo…” (pág. 27).

  • Las repeticiones: como señala Vargas Llosa este recurso acentúa la sensación de que el mundo de Macondo gira en redondo y funciona en dos niveles distintos: en el nivel de lo material (como se apreciará en el 1er. ejemplo que daremos) y en el nivel de lo formal (segundo ejemplo):

    “… al cabo de algún tiempo descubrió que cada miembro de la familia repetía, todos los días, sin darse cuenta, los mismos recorridos, los mismos actos, y casi repetía las mismas palabras a la misma hora” (pág 212).

    “Remedios, la bella, se quedó vagando por el desierto de la soledad, sin cruces a cuestas, madurándose en sus ensueños sin pesadillas, en sus baños interminables, en sus comidas sin horarios, en sus hondos y prolongados silencios sin recuerdos…” (pág. 204).

    No sólo se repiten los hechos, sino también las palabras y la sintaxis utilizadas para contar estos hechos, consiguiendo de esta manera la simbiosis total entre forma y fondo.

    “Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo.” (pág. 9)

    Esta frase, que abre la novela, se repetirá doscientas páginas má adelante, con alguna variable ya que se refiere a otro personaje:

    “Años después, en su lecho de agonía, Aureliano Segundo había de recordar la lluviosa tarde de junio en que entró en el dormitorio a conocer a su primer hijo.” (pág. 221).

  • Las exageraciones: que obedecen a la manera de ver el mundo: radical y barroca, deliciosamente excesiva. Y cito a Vargas Llosa:

    “Todo está superlativizado: la gente puede vivir casi 200 años como Francisco el Hombre o ser sesquicentenaria como Úrsula; demorarse dos años en cruzar una cordillera…” (pág. 583 de Historia de un deicidio).

    Otros ejemplos de la desmesura:

    “Durmieron cuatro horas. Al despertar, se bebió cada uno el jugo de cincuenta naranjas, ocho litros de café y treinta huevos crudos. Al segundo amanecer, después de muchas horas sin dormir y habiendo despachado dos cerdos, un racimo de plátanos y cuatro cajas de champaña…” (pág. 309).

    “Meme apareció en la casa con cuatro monjas y sesenta y ocho compañeras de clase, a quienes invitó a pasar una semana en familia, por propia iniciativa y sin ningún anuncio”. (pág. 312).

  • Y por último, lo que Vargas Llosa llama las propiedades trastocadas del objeto: en el mundo de lo real maravilloso, mundo en el cual se mueve García Márquez como pez en al agua, la lógica queda apartada. Los hechos que pertenecen al mundo de la imaginación y/o la fantasía, se combinan en el mismo nivel de realidad que aquellos que pertenecen al mundo objetivo de los hechos comprobables. Las alfombras vuelan, una chica sube al cielo, el cura levita después de tomar chocolate caliente, los 17 Aurelianos quedan marcados de por vida con la ceniza indeleble en la frente, los muertos hablan con los vivos, etc. A nadie le sorprende y nadie cuestiona que sucedan estas cosas, el mundo es así: en realidad, es el mundo de Macondo el que es así. Vargas Llosa dice al respecto:

    “que un hombre en una alberca siga pensando en una mujer es un hecho corriente, pero no si quien piensa en la mujer es un hombre ahogado en una alberca, como le pasa a José Arcadio” (pág. 69 de Historia de un deicidio).

Me atrevo a añadir otras características formales:

  1. El lenguaje bíblico: si hay un manuscrito, que es el de Melquíades, éste puede ser un reflejo de otro texto revelado, que sería la Biblia. Veamos algunos ejemplos que se refieren a ésta:
    • Así como Moisés se dirige a la tierra prometido, los fundadores de Macondo se dirigen “hacia la tierra que nadie les había prometido” (pág. 35).
    • “…siempre habrá un Buendía por los siglos de los siglos”. (pág 72). Sólo faltó el “Amén”.
    • A Aureliano Buendía, según cuenta Fernanda del Carpio a Santa Sofía de la Piedad: “lo había encontrado flotando en una canastilla” (pág. 350). Un nuevo Moisés.
    • Aureliano, hablaba tan bien que a Fernanda “le pareció una parodia sacrílega de Jesús entre los doctores” (pág. 415).
    • A los niños que se apoderan del manuscritos “una fuerza angélica los levantó del suelo y los mantuvo suspendidos en el aire” (pág. 441).
    • La ascensión al cielo de Remedios, la bella, es un eco de la ascensión de la Virgen María.
    • El diluvio de Macondo recuerda el diluvio universal. Esta vez sin el Arca de Noé.
  2. Los “presuntos” diálogos que, a pesar de tener un guión que los precede y los anuncia como tales, no pretenden ningún intercambio, son más bien sentencias con un contenido casi filosófico. Cuando habla un personaje, parece la voz del oráculo que irrumpe y, drásticamente, sentencia. Las frases son lapidarias, después de lo dicho por ese personaje, no hay nada que añadir. Algunos ejemplos:

    “La tierra es redonda como una naranja.” (pág. 13).

    “- Es como un temblor de tierra”. (pág. 43)

    “- Si no temes a Dios, témele a los metales.” (pág. 50).

    “- No me casaré con nadie -le dijo-, pero menos contigo. Quieres tanto a Aureliano que te vas a casar conmigo porque no puedes casarte con él”. (pág. 170).

    “- Ahí viene -alcanzó a explicar- un asunto espantoso como una cocina arrastrando un pueblo”. (pág. 268).

  3. Las fechas que aparecen en el relato en vez de ordenar cronológicamente la narración, la dejan flotando en el aire de los tiempos. El dato, que debería señalar un momento concreto, es un dato superfluo en Cien años de soledad, casi una burla:

    “Un lunes, a las diez y veinte de la mañana, Amaranta estaba vistiendo a Aureliano…” (pág. 151).

    ¿Qué lunes -me pregunto- de qué mes, de qué año?

    “Aureliano Buendía y Remedios Moscote se casaron un domingo de marzo…” (pág. 102).

    ¿Qué domingo – vuelvo a preguntar – de qué mes, de qué año? ¿Tiene alguna importancia el hecho de que fuera domingo?, ¿por qué lo señala?

    “El martes a las cinco de la mañana José Arcadio….” (pág. 158).

    Otra vez la misma pregunta, ¿de qué martes estamos hablando?, ¿no sería lo mismo decir “un día a las cinco de la mañana”..? Sí, pero el intento de precisar responde a una estética inherente al relato y contribuye a que la historia resulte más cercana, es una manera de rescatar el hecho y señalarlo como algo especial, un acontecimiento digno de ser recordado con esas características y no otras. El criterio es subjetivo, ayuda a crear atmósfera, no a situar las cosas en un tiempo real. Es, más bien, una elección estética.

  4. La libertad absoluta en el manejo del lenguaje que, por un lado, describe las sensaciones de manera magistral: la sensualidad de la pluma de García Márquez crea un universo en donde cada detalle es reproducido con enorme vitalidad y dinamismo. La complicidad entre el lector y los personajes no es gratuita: soñamos sus sueños, recibimos sus golpes, sentimos sus besos, compartimos sus orgasmos, perdemos sus guerras y hasta olemos el aire que respiran, el olor a humo de Pilar Ternera y el sudor de sus cuerpos.

    Y por el otro, al elegir las palabras García Márquez fuerza los límites de la semántica y espera que el lector use la imaginación para que se produzca la magia del lenguaje. Si describe a Melquíades “de barba montaraz y manos de gorrión”, ¿por qué no nos sorprende la descripción si sabemos que el gorrión no tiene manos? El elemento lúdico está presente en la capacidad de sugerencia que tiene la prosa, producto de la subjetividad y el talento del creador.

    La escena del encuentro entre Amaranta Úrsula y Aureliano es un buen ejemplo en este sentido:

    “Era una lucha feroz, una batalla a muerte, que sin embargo parecía desprovista de toda violencia, porque estaba hecha de agresiones distorsionadas y evasivas espectrales, lentas, cautelosas, solemnes, de modo que entre una y otra había tiempo para que volvieran a florecer las petunias y Gastón olvidara sus sueños de aeronauta en el cuarto vecino, como si fueran dos amantes enemigos tratando de reconciliarse en el fondo de un estanque diáfano. En el fragor del encarnizado y ceremonioso forcejeo, Amaranta Úrsula comprendió que la meticulosidad de su silencio era tan irracional, que habría podido despertar las sospechas del marido contiguo, mucho más que los estrépitos de guerra que trataban de evitar. Entonces empezó a reír con los labios apretados, sin renunciar a la lucha, pero defendiéndose con mordiscos falsos y descomadrejeando el cuerpo poco a poco, hasta que ambos tuvieron conciencia de ser al mismo tiempo adversarios y cómplices, y la brega degeneró en un retozo convencional y las agresiones se volvieron caricias. De pronto, casi jugando, como una travesura más, Amaranta Úrsula descuidó la defensa, y cuando trató de reaccionar, asustada de lo que ella misma había hecho posible, ya era demasiado tarde. Una conmoción descomunal la inmovilizó en su centro de gravedad, la sembró en su sitio, y su voluntad defensiva fue demolida por la ansiedad irresistible de descubrir qué eran los silbos anaranjados y los globos invisibles que la esperaban al otro lado de la muerte. Apenas tuvo tiempo de estirar la mano y buscar a ciegas la toalla, y meterse una mordaza entre los dientes, para que no se le salieran los chillidos de gata que ya le estaban desgarrando las entrañas.” (pág. 472-3).

    Un comentario a este magnífico párrafo como pauta para el análisis: ¿cómo se puede concebir una “lucha feroz” y “una batalla a muerte” que parece “desprovista de toda violencia”? Inherente a ambas situaciones y como parte esencial de ellas, tendría que estar la violencia. Al disociarlas, García Márquez crea una batalla inédita: la del encuentro amoroso entre los amantes.

    En esta línea, el escritor colombiano nos ofrece metáforas insospechadas. Veamos otros ejemplos:

    “…él sentía el mismo desamparo de esponjas en los huesos que turbó a su tatarabuelo…” (pág. 458-9).

    “Desamparo de esponjas” es una expresión genial para transmitir “eso” que todos sabemos lo qué es, pero que cuesta transmitirlo.

    “…su corazón de ceniza apelmazada” (pág. 433).

    Es una calificación subjetiva la de ese corazón, pero produce una imagen certera de la ausencia de sensibilidad en Fernanda.

    “…en la cubierta de un barco de pesadumbre que empezaba a sonambular por océanos otoñales”. (pág. 477-8).

    ¿Qué significa “un barco de pesadumbre”? ¿Los océanos pueden ser “otoñales”? Y sin embargo captamos, gracias a la frase, la situación de decadencia y abandono del librero catalán causada por la nostalgia y la cercanía de la muerte.

    “… y aquella suposición les produjo en el alma una torcedura de horror”. (pág. 485).

    No sé exactamente lo que significa “una torcedura de horror” pero sí comprendo la terrible confusión que sienten Amaranta Úrsula y Aureliano ante el misterio de la procedencia de él.

Podríamos seguir señalando palabras, frases, párrafos y capítulos enteros dignos de admiración y regocijo. Leer Cien años de soledad es una experiencia gratificante, soberbia, superlativa. Y sigo pensando que es la mejor novela escrita en español desde El Quijote y creo que será difícil igualarla.


Los textos han sido tomados de la 5a. edición de DEBOLSILLO de la Editorial Random House Mondadori.

El Amante de la China del Norte

Viernes 1 Octubre 2010

Autora: Marguerite Duras

Hay heridas cuyas cicatrices no cierran jamás. Por eso, cuando uno escribe con esa herida abierta – como la hace Marguerite Duras en El amante de la China del norte – la intensidad de la narración es brutal, descarnada, casi insoportable. Cómo sufre quien narra, y cuánto, lo comparte quien lee, porque las palabras lanzadas desnudas, deshilvanadas, atropelladas, crean una complicidad inevitable y refrescan otras cicatrices, porque todos tenemos las nuestras. Imposible, pues, permanecer indiferente ante la desgracia cuando ésta irrumpe con una sonrisa en los labios pintados de rojo de una niña, ni cuando se silencia esa desgracia por el vacío emocional que le impone su madre.

Marguerite Duras escribió esta novela en 1991, cuando se enteró de la muerte real del amante chino de su adolescencia en Indochina, hoy Vietnam. Aunque había escrito “El amante” en 1984, en donde trata el mismo tema, sintió la necesidad de regresar a él, y completarlo:

“No había imaginado en absoluto que pudiera producirse la muerte del chino, la muerte de su cuerpo, de su piel, de su sexo, de sus manos. Durante un año reencontré los tiempos de la travesía del Mekong en el transbordador de Vinh-Long.
Esta vez al hilo del relato apareció de repente, en la luz deslumbradora, el rostro de Thanh, y el hermano pequeño, el niño diferente.
Permanecí en la historia con toda esa gente y sólo con ella.
Volví a ser escritora de novelas.”

Creo que hay dos fuerzas que se combinan en esta breve novela aparecida en el año 1991: la miseria de la familia, como punto de partida; y la relación erótica entre la niña y el chino, como huida, o como la única salida posible.

La primera – la miseria en su sentido amplio, no material exclusivamente – es una marca indeleble, compartida y cultivada en el núcleo familiar como una herencia indeseada, herencia que convierte a la madre y a sus hijos en unos seres agotados, abatidos.

La segunda, – el erotismo – es un bálsamo que le permite a la niña disfrutar de los placeres adultos, alejarse de los suyos y valorarse a sí misma al saberse deseada, seductora, atractiva. Eso, además de placer, le da poder: puede comprar el regreso a Francia de toda la familia.

La situación familiar

La primera imagen de la familia es contundente. Duras presenta, con austeridad y precisión, los conflictos entre sus miembros describiendo una escena doméstica estremecedora y brutal:

“… Mientras lavan, bailan con música europea, Ríen. Cantan.
Es una fiesta viva, feliz.
Es la madre, una señora francesa, quien toca al piano la música en una habitación contigua.
Entre los que bailan hay un joven, francés, guapo, que baila con una chica muy joven, francesa también. Se parecen.
Ella es la que no tiene nombre en el primer libro ni en el que lo había precedido ni en éste.
Él es Paulo, el hermano pequeño adorado por su joven hermana, la misma a la que no se nombra.
Otro joven llega a la fiesta: es Pierre. El hermano mayor.
Se sitúa a unos metros de la fiesta y la mira.
Largo tiempo la mira.
Y luego lo hace: aparta a los pequeños boys que huyen asustados. Avanza. Alcanza la pareja del hermano pequeño y la hermana.
Y luego lo hace: coge al hermano pequeño por los hombros, lo empuja hasta la ventana abierta del entresuelo. Y, como si lo obligara a ello un deber cruel, lo tira afuera como lo haría con un perro.
El hermano pequeño se levanta y sale huyendo, grita sin palabra alguna.
La joven hermana le sigue: salta por la ventana y le da alcance…” (pág. 11-2).

Encontramos varios elementos que perfilan la compleja situación familiar:

-La ausencia del padre: un gran amor perdido que enloquece a la madre y la deja abandonada a su suerte en una colonia francesa en donde los blancos pobres, como ellos, están marginados. No disfrutan de los privilegios de la Colonia, tampoco son recibidos por los nativos como seres iguales a ellos. Son unos parias. Y una vergüenza para los blancos ricos. Quienes, además, en este caso concreto, la estafaron.

-La incoherencia de la madre: incapacitada para educar sola a sus hijos, protege en exceso al hijo mayor a quien adora y lo convierte en un monstruo. Un complejo de Edipo muy fuerte distorsiona los vínculos entre ellos, pero esta malsana preferencia hace que no pueda ver a los otros hijos, su amor no los alcanza. Ellos se saben huérfanos y abandonados, la ñnia increpa a la madre:

“- ¿Pero por qué le quieres así y no a nosotros, nunca…?
La madre miente:
- Os quiero igual a mis tres hijos.
La niña grita una vez más. Como para hacerla callar. Para bofetearla.
- No es verdad, no es verdad. Eres una mentirosa… Responde por una vez…
¿Por qué le quieres así y no a nosotros?
Silencio. Y la madre contesta en un soplo:
- No sé por qué
Largo tiempo. Añade:
- Nunca he sabido…
La niña se tumba encima del cuerpo de la madre y la besa llorando. Le cierra la boca con la mano para que no siga hablando de ese amor.
La madre se deja insultar, maltratar. Sigue en esa región de la vida, la de esa preferencia ciega. Aislada. Perdida. A salvo de toda ira.” (pág. 21)

-La niña se convierte en la madre protectora del hermano menor, un niño “diferente”, débil, extraño. Pero la protección que le brinda excede las expectativas en una relación fraternal y se mete a la cama con él. Lo que la
niña intenta es ofrecerle placer, como una forma de cariño, para hacerlo feliz.

-La violencia: el hermano mayor es un adolescente cruel y abusivo. Sabe que tiene dominada a su madre, conoce y teme a su hermana porque intuye que el despertar sexual es más fuerte en ella que en cualquier otra chica, y sospecha del incesto entre los dos menores. Su reacción ante la situación que no le gusta es golpear a ambos, humillarlos, a ver si consigue amansarlos con patadas. De una manera equivocada, él asume la autoridad del padre muerto. Sa madre, que lo ama con locura, no vacila en definirlo:

“… pero sobre todo cruel, sabe Ud… Sobre todo eso, esa cosa, tan terrible… la crueldad, ese placer que siente de hacer daño, es tan misterioso, y también cómo sabe hacerlo, el conocimiento que tiene de eso: del mal.” (pág. 140).

-El adoptado Thanh es el elemento bueno que los cuida y protege. Curiosamente, es el único que no pertenece, por nacimiento, al núcleo familiar: se trata de un niño que la madre recogió en Siam. Quizá por ser un hijo “postizo” tiene aquello de lo que la familia adolece: armonía. Cuando la niña quiso acostarse con él, se negó, a pesar de quererla tanto como el chino. El trae valores que lleva dentro, no se contagia de la decadencia que lo rodea, se sabe distinto.

Pero siendo mejor persona, actúa como un subalterno. Than depende de ellos, se debe a ellos.

Lo que resulta realmente conmovedor es que, a pesar de lo disfuncional que es la familia, los vínculos entre ellos son muy fuertes, todos están conectados.

Forman un grupo compacto y se buscan, se necesitan, se reconocen en el dolor que experimentan y comparten. El chino es capaz de detectar la fuerza de este vínculo y le dice a la niña:

“- Cuando están ellos ahí, tú no me quieres.
Ella le coge la mano, la besa. Dice:
- No puedo saberlo. He querido que lo vieras una vez en tu vida. Es verdad, tal vez, que su presencia me impide verte a tí.” (pág. 132).

Por lo tanto, la partida del hermano mayor, a pesar de haber sido considerada como una medida para proteger al resto, y en ese sentido es deseada, al mismo tiempo causa un gran pesar. No sólo se entristece la madre, también los otros hijos sufren, y mucho, quizá por ver el dolor de la madre:

“La niña y el hermano pequeño lloran el uno junto al otro, sellados por una desesperación de sangre que no pueden compartir con nadie. Thanh los mantiene abrazados, acaricia sus rostros, sus manos. Llora por sus llantos, llora también por el llanto de la madre. Por amor a la niña.
La madre. Se ha girado hacia el barco. No le vemos la cara. Da media vuelta. Va hacia las rejas, se apoya en la reja al lado de los hijos que le quedan. Llora sin ruido, bajito, ya no tiene fuerzas. Ya está muerta. Al igual que Thanh
acaricia el cuerpo de sus dos hijos separados del otro, su hermano mayor, ese hijo perdido por el amor de su madre, un error de Dios”. (pág. 165)

La relación amorosa enter la niña y el chino

Desde que lo ve dentro de su coche negro, la niña decide seducirlo. La imagen de ella en ese instante es patética, parece una criatura disfrazada de mujer fatal. Precisamente en la manera de vestirse se nota la voluntad de conquista que la guía, el deseo de conseguir una pareja:

“Ella, la niña, va pintada, vestida como la joven de los libros: con el vestido de seda indígena de un blanco amarillento, con el sombrero de hombre “de la infancia y la inocencia”, con el ala plana, en
fieltro-flexible-color-palo-de-rosa-con-larga-cinta-negra, con esos zapatos de baile, muy usados, con el tacón completamente gastado, en-lamé-negro-por-favor, con motivos de estrás.” (pág. 29).

Sabemos que hay una señora en el pueblo que es una referencia para la niña, un modelo por lo que ella representa: Anne-Marie Stretter “una mujer con un vestido largo rojo oscuro”, de quien se cuentan historias de amantes, de jóvenes que mueren por ella… Pienso que es una niña precoz, y – aunque la reflexión de lo que siente lo hace la narradora adulta, recordando su infancia – la niña se mueve con soltura, toma iniciativas, sabe discernir lo que siente y lo que busca. También es cierto que uno lee con ojos occidentales, quizá el desarrollo sexual de un niño o niña en el oriente es distinto: y eso que para nosotros la convierte en una lolita o niña precoz, pudiera ser normal, en el sentido de común a un grupo humano de cierta edad en otra cultura. No olvidemos que la niña de El amante de la China del norte es oriental en esencia, o por lo menos mestiza, a pesar de ser blanca.

Sin embargo Duras insiste en el término “niña” para nombrarla, por lo tanto pienso que existe la necesidad de marcar el final de la infancia, un aprendizaje que, al mismo tiempo, la llevó de regreso a Francia. De haberse
quedado, la situación era complicada, la niña estaba públicamente deshonrada: lo dicen en el liceo, en el internado, en todas partes.

Además, el amante era chino. Y rico. Por lo tanto inviable la posibilidad de matrimonio: el racismo del padre del chino se lo impide. Y la situación de la familia también: había que elegir esposa con criterio económico para aumentar la riqueza. El choque entre culturas es un elemento determinante que aumenta la sensación de paria que tiene la niña: no sólo los chinos la ignoran, los franceses también. Recordemos cuando ella le habla al chino con admiración de su ídolo Anne-Marie Stretter, como si fuera una persona conocida a quien su madre frecuenta en el Círculo, él le recuerda:

“Tu madre no va al Círculo porque tiene vergüenza por culpa de tu hermano mayor. Y a Madame Stretter no la conocéis ni tu madre ni tú… Cuentas cualquier cosa…” (pág. 93).

La niña, quizá de manera inconsciente, se deja deslumbrar por el dinero del chino desde el primer momento. Ella mira todo: el traje, el coche, el anillo. Pero también mira el cuerpo del chino: sus manos, su elegancia, su belleza. Ese hombre es precisamente lo opuesto a lo que ella conoce: un hombre rico, que no hace nada más que disfrutar de los placeres de la vida: juego, mujeres, y opio. Su situación económica le impide desarrollar cualquier actividad, el dolor le resulta ajeno, la lucha desconocida. Por lo tanto obedece al padre y no se rebela. Es un personaje bello pero menos complejo que la niña y los suyos. Sin embargo la quiere bien y la protege: le da más de lo que la madre pide, tampoco le hace daño ni abusa de la niña.

El erotismo

El erotismo, para la niña, es una huida de la pobreza; es un refugio a su situación familiar y social, un escape. Lo que sucede en el compartimiento es su riqueza. Pero para el chino también es una huida, él se refugia de la
riqueza que le impone una pareja no deseada ni elegida libremente. Los dos están condenados socialmente, pero intentan hacerle un quite al destino.

Hay una fuerte conexión física entre ellos. Y una gran elegancia y sensualidad en la manera de narrarla. Me gustan mucho los silencios, las frases cortas, las pausas. Lo que no se dice es tan elocuente como lo que se dice, el ritmo lento y fragmentado intensifica la sugerencia, y a pesar de ser lento el discurrir se percibe la aceleración interior, el fluir desbocado de la sangre.

La oposición placer/dolor, eros/tánatos, vida/muerte es una constante en la obra de Marguerite Duras. Si no puedo amarte, piensa el chino, prefiero verte muerta. Y ella, a pesar de su edad, se da cuenta y tiene miedo. Es el chino quien encarna este conflicto, quien lo sufre y lo aborrece. Al mismo tiempo es el guía, el maestro que la introduce en el mundo de la pareja, quien le enseña a pasar por el dolor para luego gozar:

“El dolor llega al cuerpo de la niña. Al principio es vivo. Luego terrible. Luego contradictorio. Como ninguna otra cosa. Ninguna: es en efecto el momento en que ese dolor se hace insoportable cuando empieza a alejarse. Cuando cambia, cuando se vuelve tan bueno como para gemir, como para gritar, cuando se apodera de todo el cuerpo, de la cabeza, de toda la fuerza del cuerpo y de la cabeza, y también la del pensamiento, vencido.
El sufrimiento abandona el cuerpo delgado, abandona la cabeza. El cuerpo queda abierto hacia el exterior. Ha sido franqueado, sangra, ya no sufre. Ya no se llama dolor, se llama tal vez morir.
Y luego este sufrimiento abandona el cuerpo, abandona la cabeza. Abandona imperceptiblemente toda la superficie del cuerpo y se pierde en una felicidad todavía desconocida de amar sin saber.” (pág. 67).

También el chino parece el más enamorado de la pareja, abrasado por un sentimiento no previsto, desbocado e irreparable:

“Podría haberse dicho, sí, que él la había amado hasta el punto de perder la vida. Y ahora ya no amaba sino el conocimiento estéril de ese amor, el que hacía sufrir.” (pág. 155).

El amante no deja de sufrir por el amor que siente, porque sabe que tendrá que verse separado de ella. El desgarro lo vive con intensidad, con un dolor constante por la pérdida que intuye; en cambio la niña parece mejor dispuesta para aceptar las tragedias de la vida, y se alegra, al mismo tiempo, por la compensación económica que recibirá su familia: su reacción es ambigua, su sentir más complejo. Ella sabe que la vida no se reduce a blanco o negro, conoce, desde siempre, que la vida es dura, difícil, injusta, y que los pobres tienen desventaja:

“… Nunca se consigue vender un diamante cuando se es pobre. Con sólo mirarnos, ellos se creen que lo hemos robado.” (pág. 123).

La frase tiene múltiples lecturas, y es un reflejo del abismo que los separa: ni siquiera si me regalas tu diamante yo podría disfrutarlo. Hay una parcela del mundo a la cual no tendré nunca acceso. Es terrible este pensamiento expresado por una niña: se trata de una criatura que no sueña, ni idealiza, tampoco espera cambios en su vida, como si supiera de antemano lo que puede y no puede tocarle en suerte. La visón del mundo que tiene está moldeada por un realismo crudo y proviene del mundo de la miseria, que es el de su familia.

La voz que narra

La niña – convertida en adulta, afincada en Europa – recuerda su infancia en Indochina.

La voz narrativa le pertenece a la mujer madura, y el punto de vista también. Las reflexiones son creíbles porque las hace la mujer, no la niña. Y como están en primera persona, la autora se identifica con ella: son la misma.

Pero el yo se desdobla, intenta abarcar al mismo tiempo dos momentos de la vida de la protagonista, e introduce también al lector en el relato, como un testigo presencial situado al lado de la voz:

“Delante de nosotros camina alguien. No es la que habla. Es una chica muy joven, o una niña tal vez.” (pág. 14).

Tenemos entonces el yo del presente, el nosotros (yo más lector) y el ella – niña del pasado. Y también la proyección de la niña que fue en la mujer escritora que será, pero el futuro está asumido en el pasado como un hecho constatable y ya realizado:

“Para ella, la niña, esta “cita de reencuentro”, en este lugar de la ciudad, había quedado siempre como el del inicio de su historia, aquel por el cual se había convertido en los amantes de los libros que había escrito.” (pág. 52).

Todo ello contribuye a crear una atmósfera intimista, envolvente, misteriosa. Y muy plástica. El lenguaje en general es poético, se narra con imágenes sugerentes y no se explican los hechos, no necesitan explicación, la verdad es contundente y los sentimientos verdaderos no requieren un narrador que los avale.

La sensualidad de la prosa de Duras se percibe en varios frentes, siendo el visual y el auditivo los predominantes. La novela funciona como guión de película, campo en el cual Marguerite Duras trabajó con éxito en varias ocasiones: entre ellas señalaremos “Hiroshima, mon amour”, película dirigida en 1959 por Alain Resnais con guión de Duras; y “El camión”, guión que escribió y protagonizó junto a Gérard Depardieu.

Las imágenes se presentan como si estuvieran captadas por una cámara, tanto que en algunos casos la palabra resulta innecesaria. Ciertas constantes como el río, la lluvia, el calor, recrean un ambiente tropical, asfixiante, pegajoso, otorgándole a la narración textura y movimiento.

Y desde el punto de vista auditivo, la música es un elemento imprescindible en El amante de la China del Norte. Desde la primera escena se mencionan tres músicas que coexisten: la del piano que toca la madre, el Vals Desesperado que es un “disco olvidado que gira” en torno a la “mujer de rojo”, y la canción de la vieja pordiosera que va hacia el río “una tercera música, entrecortada de ataques de risa locos, estridentes, de gritos”: tres mujeres que expresan su soledad, su tristeza, su rebeldía, a través de las notas musicales. Melodías que aparecen intercaladas con el silencio de la niña, vacío que produce un efecto auditivo de contraste.

Al final de la novela se retoma esta idea cuando en el barco que pone rumbo a Francia, los llantos y aullidos producidos por el suicidio del joven, son silenciados por la música del piano de algún irreverente que inunda el ambiente anunciando un nuevo ciclo. Resulta significativo que la niña se vaya a cobijar ahí, huyendo del dolor y de la pérdida, e intenta consolarse con la música, que es aquí un canto de esperanza:

“La niña se ha acostado en el suelo debajo de una mesa contra el muro. El que tocaba el piano no la había oído, ni visto. Tocaba sin partitura, de memoria, en el salón apagado, ese vals popular y desesperado de la calle…
… La música había invadido el trasatlántico parado, el mar, la niña, tanto al chico vivo que tocaba el piano como al que se mantenía con los ojos cerrados, inmóvil, suspendido en las aguas pesadas de las zonas profundas del mar.” (pág. 201)

Las descripciones están cargadas de subjetividad y por eso son bellas, guiadas por el afecto al objeto descrito. El sentimiento otorga a la mirada de una luz especial, un brillo desconocido. Pondremos algunos ejemplos:

“La ciudad china llega hasta ellos con el estruendo de los viejos tranvías, con el ruido de las viejas guerras, de los viejos ejércitos derrengados, los tranvías van sin dejar de tocar el timbre. Hace un ruido de matraca, como para salir huyendo. Agarrados a los tranvías hay racimos de niños de Cholen. En los techos hay mujeres con bebés embelesados, en los estribos, las cadenas de protección de las puertas, hay cestos de mimbre llenos de aves de corral, de frutas. Los tranvía ya no tienen forma de tranvía, van embotijados, abollados hasta no parecerse a nada conocido.” (pág. 59).

“Ella se ha acostado en una tumbona. Podría creerse que se ha dormido. No. Mira. En los suelos de la cubierta, en las paredes del barco, en el mar, con el recorrido del sol en el cielo y el del barco, se dibuja, se dibuja y diluye con la misma lentitud, una escritura ilegible y desgarradora de sombras, de aristas, de trazos de luz rasgada remendada en los ángulos, triángulos de una geometría fugitiva que se desmorona al capricho de la sombra de las olas del mar. Para después, otra vez, incansablemente, volver a existir.” (pág. 192).


Los textos están tomados de la 2a. edición en Fábula, editorial Tusquets, 2008.
Traducción de Beatriz de Moura.

La Caja Negra

Viernes 1 Octubre 2010

Autor: Amoz Oz

Conocido por su postura pacifista, Amoz Oz (Jerusalén, 1939) es un escritor comprometido con su país, consciente de la necesidad de buscar caminos para que la paz se imponga en la región. Por esta razón, quizás, las historias de sus novelas suelen desarrollarse en Israel, y como consecuencia lógica de esta elección el telón de fondo resulta inevitable: la incierta realidad contemporánea de un país empantanado en un conflicto de difícil solución, los ánimos crispados, el sufrimiento de las familias, la ceguera del poder a uno y otro lado de la frontera. Dicho esto, creo que es su gran acierto en la obra de Oz -y en La caja negra se percibe de manera magistral- la utilización de la ficción para envolver un contenido que adquiere vida, entusiasma, envuelve y convence, una vez convertido en un drama humano, no nacional.

La relación conflictiva y pasional entre Alec e Ilana, y la tortuosa experiencia de Boaz cuando creció con ellos, funcionan como metáforas de Israel, y viceversa. La pareja y el país se expresan en paralelo y funcionan como espejos de una realidad violenta e inmanejable que puede mejorar si se da un paso adelante para ceder -en algo- y negociar -el conjunto-.

Es difícil lograr un relato convincente que sea al mismo tiempo tan atractivo: el lector no querrá perder un sólo detalle de la vida de los protagonistas, a quienes terminará por comprender una vez conozca sus historias y su lucha, arraigados ambos en un mundo con características propias y dificultades históricas.

La tentación del dinero y la inmersión en la intimidad de cada uno de los personajes: sus juegos sexuales, sus fantasías y deseos ocultos son otras facetas interesantes que ayudan a calar a los personajes, nivel al cual accedemos de manera natural gracias a las cartas que se envían.

El género epistolar

El género epistolar es un recurso que Oz explora con agudeza. Las cartas conceden a los personajes un espacio idóneo para decir lo que desean, para exponer sus rabias, expresar sus afectos, reclamar sus desavenencias, implorar perdón y hasta insultar y agredir cuando no encuentran otra manera de comunicarse. Y al mismo tiempo, las cartas implican un dinámica de diálogo, porque el aludido tiene que responder. Así los puntos de vista se cruzan, se enriquecen, se desdicen y se responden unos a otros en este relato colectivo, plural, multiplicado -gracias a las misivas- en su dimensión y alcance.

Hasta las cartas de Rahel -la hermana de Ilana, personaje secundario dentro del conjunto- tienen un significado dentro de la novela, significado que captamos por la información que ella misma expone en sus cartas: fue quien cuidó a Boaz cuando sus padres se divorciaron. Pero más importante aún que su función de madre postiza es la de representar a la mujer que vive en un kibbutz, la figura femenina que renuncia a su individualidad para asumir como propio el bien común, comprometida humildemente con un ideal, posponiendo sus logros personales en aras de la reconstrucción de una identidad nacional basada en principios comunitarios. Una postura vital diametralmente opuesta a la de su hermana Ilana, dominada por una pasión.

El lenguaje de las cartas evoluciona de acuerdo a cómo y a cuánto se van provocando unos a otros, ya que las cartas pueden despertar viejas rencillas o recordar complicidades, momentos dolorosos y/o deliciosos.

La primera carta de Ilana inicia la novela y abre el juego: después de siete años de silencio se dirige a Alec. Aparentemente lo hace para pedir ayuda, pero conforme avanza la novela nos damos cuenta que Boaz era el pretexto perfecto para ponerse en contacto con el hombre de su vida, a quien no puede olvidar.

Hay dos datos interesantes en esta primera carta: el tono agresivo que usa para ofenderlo y sacarlo de sus casillas, y el final inesperado de una mujer abandonada y herida que se ofrece desnuda y de rodillas:

“… me acostaré contigo si quieres. Cuando quieras y cómo quieras. (Mi marido sabe de esta carta e incluso está de acuerdo en que debo escribirla, excepto la última frase. Así que si quieres destruirme sólo tienes que fotocopiar la carta, subrayar la última frase con lápiz rojo y enviársela a mi esposo. Funcionará a las mil maravillas. Lo admito: mentía al decirte antes que no tenía nada que perder.)
De modo que, Alec, ahora estamos completamente a tu merced. Incluso mi hijita. Y puedes hacer con nosotros lo que gustes.” (pág. 20).

Alec responde con una frialdad sorprendente: le habla de Ud. marcando una gran distancia, su tono destila desprecio, como si su ex fuera una indeseable. Pero al mismo tiempo, la reta y provoca:

“Conservo su carta” (pág. 21).

Lo que conserva Alec es la prueba de su infidelidad al ofrecerse siendo ahora mujer de otro. Desde el principio, la “guerra” entre ellos tiene un matiz sexual que revolotea entre líneas, el deseo contenido se huele en cada carta. Y si al final, completamente consciente el lector de la fantasía del trío que alimentaba sus juegos, relee estas cartas, verá más de lo que vio la primera vez: el adulterio que ella plantea -al ofrecerse- estaba pensado para enardecerlo.

Cuando le toca el turno al abogado, Manfred Zakheim, la ironía tiene un tono de superioridad, del hombre elitista que se sitúa por encima del resto: su lenguaje lo define, es su arma. Así introduce a Sommo:

“El señor Sommo comienza (como todos nosotros) en el suelo, pero termina abruptamente al rondar el metro sesenta y cinco. En otras palabras, ella le pasa de largo una cabeza. Tal vez lo compró en las rebajas, por metros.
De modo que este Bonaparte africano aparece en mi despacho con unos pantalones impermeables, una chaqueta a cuadros que le iba grande, el pelo rizado, recalcitrantemente afeitado, empapado en loción radioactiva, gafas con montura de oro, y corbata roja y verde sujeta con un alfiler de oro. Y -para disipar cualquier posible mal entendido- un pequeño taled en la cabeza.” (pág. 34).

Sorprende la descripción si uno recuerda que Sommo es un fanático religioso. Algo no va bien, algo desentona en este hombrecillo que pretende ser un espíritu elevado y se viste como un nuevo rico, ostentoso y vulgar. Manfred lo cala y lo desnuda precisamente al vestirlo de esta manera desenvuelta y mordaz. Es el lenguaje que Manfred mantendrá a lo largo del relato, aunque luego termine pactando con Sommo y trabajando con él.

Otro tanto sucede con Sommo quien utiliza citas religiosas constantemente, o Rahel que es la mesura en persona, o Boaz quien maneja la ortografía de manera anárquica, o Ilana quien tiene una vena poética. Las cartas que escriben los describen a ellos mejor que una foto.

El hijo, el futuro

Boaz es un personaje atractivo. La fuerza que despliega y el anarquismo que lo mueve, son producto de su niñez: fue testigo de la violencia y los excesos de sus padres. Vio cómo se destruían, constató las transgresiones, compartió el dolor y la rabia, el maltrato y la ceguera. Lo único que quiere este adolescente herido es ser una persona distinta a ellos, alejarse del modelo que tuvo en casa, elegir por sí mismo algo nuevo.

Y, en un nivel más amplio, Boaz es la esperanza que plantea Oz: anhela un país diferente, distinto al que le dejan sus padres. Sin guerras, sin odios, integrador en vez de excluyente.

Es interesante el cambio de este chico, luego de una adolescencia difícil en donde no se encuentra a gusto, recibe una oferta de Alec en estos términos: puedes venir conmigo a Estados Unidos o quedarte en Israel a manejar las tierras familiares. En lenguaje político la oferta sería: inmigrar a USA y alejarte de tu país para comenzar una vida nueva, o quedarte a luchar para conseguir una vida digna desde dentro, con una propuesta concreta: levantar lo que está en ruinas y hacerlo próspero. Amoz Oz transfiere su ilusión al chico joven, confía en él. Sin embargo no podemos dejar pasar un elemento importante en la propuesta de su padre:

“Pero serás libre de hacer lo que quieras”. (pág. 136).

Pienso que es determinante la libertad que le promete, porque es la manera segura de trasmitir confianza y fe en el individuo: lo que decidas estará bien, nos la jugamos juntos. Y no exijo nada a cambio. Gracias a estos términos Boaz terminará reuniendo al padre, a la madre y al hijo en las tierras familiares, al brindarles a todos un espacio de paz.

Y llegamos a otro de los grandes temas en La caja negra: la familia. La tribu con sus conflictos, sus problemas, sus desavenencias, es el núcleo que congrega, da apoyo, escucha. Sucede lo mismo en la familia Sommo, quienes forman también un grupo unido y funcional: se ayudan, apoyan, acompañan. Aspiran a otras cosas, pero son solidarios y cercanos.

La madre, el vínculo

Ilana es una mujer sensible y receptiva, su mundo afectivo le permite intentar salir y buscar algo distinto, superar los fracasos y seguir deseando, al punto que es ella quien precipita el “drama” al escribir la primera carta. Ilana no se resigna a perder lo que ama:

“Hay felicidad en el mundo, Alec, y el sufrimiento no es su opuesto, sino el estrecho pasaje a través del cual, agachándonos y arrastrándonos entre ortigas, alcanzamos el silencioso bosque bañado en la claridad de la luna…
…No es la “satisfacción del reconocimiento”, ni el halago, el avance, la conquista o la dominación, ni la sumisión o la claudicación, sino el estremecimiento de la fusión. Amalgamarse el uno con el otro. Como una ostra envuelve el cuerpo extraño, que al principio la hiere, pero que luego lo convierte en su perla mientras las cálidas aguas, inmutables, lo rodean y abarcan todo.” (pág. 140-1).

Es ella la que escribe como lo haría un poeta, elige los vocablos con sentido estético y los despliega con maestría, elabora sus metáforas con precisión, consciente de su alcance. Ella seduce con palabras, lo sabe y por eso apuesta:

“Cuando bajo los dedos sientes el áspero trazado de la tapicería, y al otro lado de la ventana un olivo hace brillar su plata al recibir un regalo de luz de la lámpara que luce en el interior de la habitación, y por un instante se desvanece la frontera entre la punta de tus dedos y el material, y el que roza se convierte en lo rozado y también en el roce. El pan que tienes en la mano, la cucharilla, el vaso de té, las cosas simples y sin habla se rodean de pronto de una sutil radiación primordial. Alumbrada desde dentro de tu alma e iluminándola en retorno. El gozo de existir y su simplicidad desciende y lo cubre todo con el misterio de las cosas que estaban aquí antes incluso que se creara el conocimiento.” (pág. 142).

Sabiendo que su hermana, Rahel, es otro modelo de madre, recurre a ella cuando se sabe incapaz de lidiar con Boaz. Arrollada por la pasión, se entrega a Alec sin límites, lo sigue ciegamente, acepta sus propuestas, sus juegos peligrosos, hasta que terminan ambos por asfixiarse en un mundo sin aire que los deja exhaustos, sin aliento. Pone en peligro a su hijo, pero jamás renuncia a él.

Ella reconoce que Alec ejerce un enigmático poder sobre su persona, que la relación se planteó así desde un principio, y que esa tensión alimentaba su relación de verdugo y víctima. Pero no huye, acepta sus debilidades y su rol en la relación, eso mismo le permite dar marcha atrás e intentar recuperarlo porque así como es, le gusta:

“La helada malicia que irradiaba de ti como un azulado destello ártico y hacía que las otras chicas del batallón te odiaran hasta el histerismo, fue lo que me robó el corazón. Tu aire de indiferente dominio. La crueldad que exudabas como una aroma. El gris de tus ojos, igual que el humo de tu pipa. La homicida brusquedad de tu lengua al menor signo de oposición. El deleite depredador a la vista de terror que sembrabas. El desprecio que podías emitir, como un lanzallamas, y disparar como un chorro abrasador sobre tus amigos…” (pág. 185-6).

El padre, el pasado

Alec es un personaje, que a pesar de sus miserias, termina por seducir. Ilana se encargará de presentar la imagen de hombre atractivo, irresistible, -esas imágenes sofisticadas en blanco y negro- pero no es la única que lo hace: Manfred también confiesa sentir lo mismo:

“¿Cómo consigues manipularnos a todos, una y otra vez, incluido el viejo chiflado tío Manfred?… ¿Qué hechizo nos une a todos nosotros a ti, incluso desde más allá del Atlántico?” (pág. 228).

Su inteligencia, es quizá, su mejor arma. Pero también es cierto que el Alec de juventud ha dado paso a un hombre adulto, enfermo, y con capacidad autocrítica. Lo mejor de sí mismo comienza a salir a la superficie cuando la vida se le esfuma entre las manos. Ojalá todos tuviéramos esa segunda oportunidad. Se la debe a Ilana.
Y en esa evolución personal que experimenta se percibe un cambio en su actitud política, propia de un combatiente que está de vuelta frente al militarismo de su juventud, combativo y violento. La distancia respecto a Israel también lo beneficia, porque desde lejos adquiere una nueva perspectiva y la nostalgia fomenta su anhelo de paz.

Habiendo sido él quien precipitó la debacle de la pareja al introducir la noción de “el otro”, fue también el responsable de la separación enemistosa y del abandono de Boaz, carcomido por los celos que él mismo alimentó. Solo, alejado de la familia y del país, se mantiene activo intelectualmente. Analizar y escribir es una manera de salir de sí mismo, y como consecuencia de esta labor, adquiere la humildad necesaria para volver a Israel y aceptar los afectos que le ofrecen. El trabajo intelectual lo ilumina, y esto creo que es una propuesta en La caja negra: la rehabilitación es posible si uno reflexiona y elabora sus grandes dudas, si regresa a los temas que han sido recurrentes intentando comprender, si vislumbra lo que hay detrás de las obsesiones. Esto es lo que hace Alec al escribir sus fichas, atizado por el dolor y la soledad. Lo que él piensa del país lo piensa de sí mismo, y de esa manera la novela adquiere una dimensión política interesante: las necesidades de Alec se identifican con las necesidades de Israel:

“Y todavía una paradoja más: la eliminación del Presente vil en favor de un Presente noble en el que se encuentran Pasado y Futuro significa también el fin del combate. La edad de la eterna paz y felicidad. En la que no hay necesidad de luchadores, de mártires que enseñan el camino, de salvadores ni mesías. En el reino de la redención no hay, por lo tanto, lugar para un redentor. La victoria de la revolución es su destrucción. Como el fuego del enigmático Heráclito. La ciudad liberada de Dios no necesita libertadores.” (pág. 152).

Al volver a su tierra recupera sus orígenes y se instala en la casa de su padre, que fue la casa de su abuelo y que ahora es la de su hijo porque él se la ha cedido. Esto es significativo, porque se trata de retomar lo esencial, la vida afectiva, su pasado familiar y aquello que ama: Ilana y Boaz. Con este final, a pesar de la muerte inminente, Alec elimina su doloroso presente: lo que también quisiera que sucediera en su país: el gran cambio.

Amoz Oz aboga contra el fanatismo de cualquier especie, tanto el militarista, que fue el de Alec, como el de Sommo y su propuesta de comprar territorios para expulsar a los árabes sin remordimiento de conciencia. Reconoce que el fanatismo termina con todos los vínculos, comenzando con la familia. Y desvirtúa la lucha. En este sentido es interesante la evolución del protagonista, personaje que viene de participar en una guerra y conoce de cerca la brutalidad que ésta implica:

“¿Puede Ud. hacerse una idea de lo que significa tirar una granada en un búnker lleno de egipcios? ¿E irrumpir dentro después con una ráfaga de ametralladora entre gritos, alaridos y gemidos? ¿Que te salpiquen la ropa, el rostro, el cabello de sangre y pedazos de cerebro? ¿Se le ha hundido alguna vez el pie en un estómago reventado, del que rezuma un burbujeo viscoso?” (pág. 254).

Terminará su vida asqueado de la violencia porque se da cuenta que en la práctica no conduce a nada, por el contrario: produce más dolor y aleja al hombre de las cosas por las cuales vale la pena seguir. La transformación del Alec- militar, alejado de su familia, con el Alec-enfermo terminal que se deja arropar por su mujer y alimentar por su hijo es significativa porque representa la postura política del autor. Todas las banderas y gritos de guerra encubren falsos valores. Por eso la frase a Sommo, que sintetiza esta actitud:

“¿Qué gloria oculta, señor Sommo¿ ¿Ha perdido Ud. la cabeza? Mire a su hija de vez en cuando: ésa es la única gloria oculta. No hay otra.” (pág. 265).

El dinero

Hemos hablado de amor, de pasión, de política, pero no podemos dejar de mencionar algo que es común en todos los personajes: la codicia. Ellos hablan de afectos, de abandono, de culpas, de rabia y odio, pero en el fondo es la codicia lo que los mueve. El dinero es el detonante que los moviliza de una u otra manera, el elemento capaz de humillar a algunos para conseguirlo (Michel Sommo, Manfred), de permitir el ejercicio del poder cuando es lo único que se tiene (Alec), de usarlo como pretexto, una ficha que se mueve para conseguir otras cosas (Ilana), o reconocer que es la única posibilidad de cambiar el rumbo de una vida (Boaz).

En general, los personajes se venden al mejor postor: es el caso de Michel y Manfred; o terminan comprando aquello que les era inaccesible como le sucede a Alec, quien ofrece cantidades inesperadas para conseguir la custodia de su hijo y luego la posibilidad de quedarse con Boaz e Ilana hasta que se muera. Ofrece dinero -ahora que ya no le sirve porque se está muriendo- a cambio de cariño, compañía, bienestar; mientras Sommo lo acepta, humillándose, para obtener sus objetivos personales y políticos. Hasta Boaz logra realizarse cuando recibe la propiedad en herencia: el dinero le concede la libertad prometida, puede recrear un mundo a su medida porque es suyo, le pertenece.

El triángulo

No podemos dejar de lado un aspecto importante en esta novela y es la relación sexual de Alec e Ilana. Entre ellos, desde el comienzo, planeó la sombra de un tercero, fue parte de sus juegos, alimentaba sus fantasías, estimulaba la relación al tener la posibilidad de la comparación -como perspectiva- y otra mirada -como estímulo-.

Todas las parejas tienen sus códigos y pienso que la buena relación estará basada en el manejo que hagan de ellos. La sintonía, la complicidad, el misterio, obedecen a secretos compartidos entre dos, que nutren y estrechan el vínculo. Pero puede suceder, y de hecho sucede en La caja negra, que la transgresión o los excesos terminan por saturar a quienes arriesgan más allá de sus propias fuerzas. Alec incita a Ilana y ella acepta para hacerlo feliz y ser feliz con él. Pero la demanda es superior a las fuerzas de los dos y el fuego que los estimula, arrasa con ellos. Y Boaz con ellos, testigo presencial de esta relación infernal.

La primera sombra que se interpuso en la historia de la pareja fue el padre de Alec, turbio personaje, dominante con su hijo, arrogante en el trato, soberbio y posesivo. Y el menos indicado para formar un triángulo con su hijo y la mujer de su hijo. La sola idea está fuera de lugar. Pero sugiere lo prohibido.

En ese sentido, el final de la novela tiene un nivel simbólico al sugerir Ilana, en su última carta a Michel, la posibilidad de retomar el trío. Le escribe con un lenguaje casi religioso, o por lo menos con cierto ingrediente místico en donde los cuerpos simulan espíritus y el trío no es más que reconciliación o entendimiento pleno, sin fisuras ni barreras, una comunión total de las almas, la trinidad que postulan algunas religiones:

“Le diré a Boaz que haga una gran cama de tablones y rellene un colchón con algas…
Si el moribundo gime, y se cuela una racha de viento helado, podremos abrazarle, tú y yo, uno a cada lado hasta que le hagamos entrar en calor. Cuando me desees me pegaré a ti y sus dedos se deslizarán por nuestras espaldas. O puedes pegarte tú a él y yo los acariciaré a los dos. Lo que siempre has anhelado: unirte a él y a mí. Unirte en él a mí, en mí a él. Para que los tres seamos uno…” (pág. 294).

La misma comunión, en términos metafóricos, que ambiciona Oz para terminar con el conflicto que desangra a Israel y Palestina.

Los textos han sido tomados de la edición de bolsillo de la Editorial Siruela. Traducción de Gracia Rodríguez.

Las Ratas

Mircoles 21 Julio 2010

Autor: Miguel Delibes

Desde el título hasta la explosión del desenlace, no hay nada prescindible en este conciso relato de la Castilla rural, ubicado unos años después de la guerra civil española.

Miguel Delibes (Valladolid 1920- 2010) centró su trabajo en la defensa de una cultura que le era muy querida, y desde su puesto como periodista Director en el diario “El Norte de Castilla”, reivindicó una manera de vivir, actuar, y sentir de los pobladores de estas tierras duras; dureza y sequedad que impregnaron sus vidas y moldearon sus horizontes, alejados de la modernidad. Pero la censura franquista le prohibió seguir levantando la voz -o expresando la palabra- desde el periódico. Impedido, entonces, como periodista a expresar sus inquietudes, lo hizo como escritor: este es el germen de la novela Las ratas, publicada en 1962.

Para recrear la realidad de un pueblo castellano, pequeño y aislado, Delibes utiliza el lenguaje propio de sus habitantes, lenguaje rico en sustantivos referentes al cultivo de la tierra, al mundo de los animales, a los elementos del paisaje y del clima; muchos de los cuales están hoy en vías de extinción. El escritor recurre a estos términos por fidelidad a su tema, los necesita para expresar el punto de vista de esa gente porque así hablan, aunque el narrador sea una tercera persona y muchos de los hablantes de español, de ámbito urbano, ignoren esos giros. Lo importante para Delibes es presentar el mundo elegido con precisión y respeto: si los campesinos castellanos son los sujetos de mi relato, el lenguaje utilizado será el suyo.

La novela no intenta rescatar o imponer vocablos que ya nadie -o muy pocos- usan. La intención es más profunda que una reivindicación lingüística con visos románticos, o un ejercicio vano: obedece a un deseo de presentar un mundo primitivo, sencillo y pobre con respeto, exigiendo para él un estatus equivalente a aquel que le atribuimos al mundo civilizado, urbano y moderno. La postura literaria, en este caso, es una llamada de atención, un reclamo para conceder al campo castellano la misma categoría que al resto de España: es así como viven, así como hablan, como trabajan, como se ayudan, así como se matan los campesinos de estas tierras.

Tampoco creo que Las ratas sea un canto al primitivismo, ni un recordatorio del pensamiento de Rousseau privilegiando el mundo primitivo frente al mundo civilizado. No. En Las ratas la falta de miras también pasa factura a los habitantes del pueblo, y una consecuencia de esa pobreza -de esas limitaciones no sólo materiales- es el crimen del Ratero. Cuando ya no tiene ratas para cazar, caza al hombre que él cree culpable de la situación, y lo caza como si fuera una rata:

“En un esfuerzo trató de herir al contrincante, pero apenas si el filo del pincho pudo rasgar la chaqueta de pana del Ratero quien, al sentir en la piel el cosquilleo del metal y aprovechando el pasajero desmayo del otro, descargó un golpe contundente de abajo arriba y el hierro se hundió en el costado de su adversario hasta la empuñadura. Todo fue instantáneo como un relámpago. Las manos del muchacho se distendieron y el pincho, al caer, quedó oculto en el barro. El Ratero se separó de él resollando y, entonces, el muchacho de Torrecillórigo avanzó hacia el Nini torpemente, dando traspiés, los ojos desorbitados y, al pretender hablar, un borbotón de sangre le cortó la palabra.” (pág. 173).

Sin embargo, una lectura atenta a este párrafo, nos permite reconocer una diferencia sustancial entre la rata y el hombre: una diferencia que marca Delibes consciente del poder que ésta tiene, me refiero a la palabra.

Porque en la práctica, el Ratero y el Nini viven en una cueva (como las bestias), el niño es hijo del Ratero y su hermana (como miembros de una manada), sus únicos amigos son los perros y los otros animales (como sus iguales), datos que los acercan al mundo animal. Por lo tanto la comparación metafórica hombre- rata funciona en ciertos aspectos, pero tenemos, además del lenguaje, otra diferencia: los hombres son seres superiores porque son más fuertes, pueden cazar a las ratas para vivir de ellas.

Una de los grandes temas en esta novela son los elementos naturales. Los párrafos más bellos están dedicados al paisaje, y tienen el mismo peso narrativo que el hombre: las estaciones que cambian el decorado y marcan el ritmo, el entorno que puede ser un premio y un castigo al mismo tiempo:

“Por San Sellero se fue la cellisca y bajaron las nieblas. De ordinario se trataba de una niebla inmóvil, pertinaz y pegajosa, que poblaba la cuenca de extrañas resonancias, y que en la alta noche, hacía especialmente opaco el torturado silencio de la paramera. Más, otras veces, se le veía caminar entre los tesos como un espectro, aligerándose y adensándose alternativamente, y en esos casos parecía hacerse visible la rotación de la Tierra. Bajo la niebla, las urracas y los cuervos encorpaban, se hacían más huecos y asequibles y se arrancaban con un graznido destemplado, mezcla de sorpresa e irritación. El pueblo, desde la cueva, componía una decoración huidiza, fantasmal, que en los crepúsculos, desaparecía eclipsado por la niebla.” (pág. 65-6).

“… En tan sólo veinticuatro horas el termómetro rebasó los treinta y cinco grados y la cuenca se sumió en un enervante sopor canicular. Los cerros se resquebrajaron bajo los ardientes rayos y el pueblo, en la hondonada, quedó como aprisionado por un aura de polvo sofocante. En torno crepitaban los trigos maduros, mientras los corros de cebada ya segados, con las moreras esparcidas por los rastrojos, denotaban un anticipado relajamiento otoñal.” (pág 161).

Los campesinos viven mirando al cielo, obsesionados con lo que éste les depara; de lo más alto viene la vida o se precipita la muerte, del cielo depende la actividad que realizan y sus cosechas. Porque la posibilidad de combatir la sequía almacenando agua o utilizando recursos más modernos para incrementar ganancias, no existe en estos remotos lugares. La dependencia de la naturaleza es total y absoluta.

El pueblo de Las ratas es un pueblo austero, muy pobre de recursos, limitado e ignorante. Pero recordemos que no estamos hablando del siglo XV, ni del Tercer Mundo, Delibes sitúa su relato en el siglo XX, en Europa. La convivencia de dos mundos tan distantes en una España moderna resulta, por lo tanto, impactante. Pero Delibes no pretende arrasar con lo primitivo, tampoco pide que se les ayude a cambiar, sólo exige respeto para ellos y que se les conceda atención. Ninguno de los dos extremos es mejor que el otro, en ninguno de los dos mundos se evita el dolor ni se supera la muerte.

El realismo del autor expone la ceguera de un puñado de seres humanos que viven de espaldas al progreso. Como ya hemos señalado, esta novela no es una loa al hombre salvaje, pero tampoco intenta idealizarlo. Un buen ejemplo en ese sentido es el tema de la educación. Cuando doña Resu le ofrece al Nini la posibilidad de ir a la escuela, el niño se niega tajantemente. Ni siquiera intenta probar. Él cree saber lo que se necesita saber para sobrevivir en una aldea como la suya, no espera nada más, tampoco desea un cambio. No parece que al Nini le falte ambición, se trata, más bien, de una mirada distinta en donde se valoran otras cosas: porque él ha estado muy atento a las enseñanzas de sus mayores (abuelos y el Centenario), ha asimilado los consejos mejor que nadie y al mismo tiempo observa con atención al mundo que lo rodea y saca sus conclusiones en función de lo que necesita para sobrevivir de la mejor manera posible en un contexto duro. Y porque lo hace bien, todos lo consideran un sabio.

Doña Resu y el Nini resumen el contraste entre las distintas aspiraciones, sus posturas son irreconciliables:

“-Mira Nini -le dijo maternalmente-, tú tienes luces naturales pero el cerebro hay que cultivarlo. Si a un pajarito no le dieras de comer todos los días moriría, ¿verdad que sí? Pues es lo mismo.

-… Quiero decir que tú podrías ser un señor a poco que pusieras de tu parte.
El chiquillo alzó la cabeza de golpe:
-¿Quién le dijo que yo quisiera ser un señor, doña Resu?” (pág. 91-92).

Celebro que Delibes no tome partido -el único dato que atenta contra su objetividad es la inmensa ternura con la que trata al Nini-, diría, más bien, que intenta enfrentar dos maneras de ver el mundo. Lo que sí deja claro el escritor, es que las dos posturas no deberían ser excluyentes. Dedicarse al campo no significa tener que ignorar otros aspectos de la vida. Ahí es donde el Nini se equivoca, porque el futuro puede ser mejor, para él, si se educa. Al no aceptar a la oferta de doña Resu, simbólicamente se encierra en otra cueva.

A través de la vida del pueblo, el relato se abre al plano nacional y adquiere una dimensión más amplia. Lo percibimos en algunos aspectos:

  • La presencia de la guerra civil, guerra que dejó aquí también su huella. Los campesinos vivían apartados pero a pesar del encierro y la marginación, no se libraron de las consecuencias del conflicto bélico.
  • La religión como parte de la cultura española, una fuerza activa en el pueblo que impone sus prácticas y ritos, sus procesiones, sus fiestas, incluso marca el calendario que se ordena según el santoral. No es gratuita, pues, la comparación que hacen el Pruden y la Sabina del Nini con Dios o con Jesús, en ambos casos utilizan como referencia imágenes de la historia sagrada:

“-Digo que el Nini ése todo lo sabe. Parece Dios.
La Sabina no respondió. En los momentos de buen humor solía decir que viendo al Nini charlar con los hombres del pueblo le recordaba a Jesús entre los doctores…” (pág. 16).

Y por supuesto resulta importante mencionar la visión de “los extranjeros”, los extremeños que vienen de fuera y que no pertenecen al paisaje natural de Castilla, una constante en la historia de la humanidad: la consciencia y el temor de los límites y lo desconocido. El hombre recela del que no es parte del clan, y en la novela el asesinado por el Ratero es un chico del pueblo vecino, por lo tanto -según la mentalidad del Ratero- sin derecho a las ratas de “su” arroyo. Así como la cueva le pertenece, los animales de la tierra “que es suya”, también. El enemigo viene de fuera.

Cuando la inclemencia del clima supone problemas, se genera un ambiente de violencia contenida, situación preocupante que deriva en la necesidad de desfogar la ira colectiva sobre alguien. Todos en el pueblo alimentan el odio del Ratero hacia el muchacho “foráneo” porque el extranjero es un blanco fácil, o el único blanco concreto. Lo incitan con el pretexto de que actúe en defensa de sus intereses, pero en el fondo están defendiéndose ellos también de muchachos que se llaman Luis y que cazan por darse un gusto, actitud frívola o banal, no porque necesiten cazar para comer.

En la obra de Miguel Delibes, los animales son tan importantes como el paisaje. Recordemos que en Los santos inocentes la milana es uno de los ejes narrativos, como en Las ratas lo son el perro, las palomas, los cuervos, los grillos, los zorros, etc. Además son ellos quienes aportan ciertos toques de sensualidad a la narración. Veamos este párrafo como ejemplo:

“A partir de San Gregorio Nacianceno el canto de los grillos hacía en la cuenca un verdadero clamor. Era como un alarido múltiple y obstinado que imprimía a los sembrados, al leve cauce del arroyo, a las míseras barracas de barro y paja, a los hoscos tesos que festoneaban el horizonte, una suerte de nerviosa vibración que se ensanchaba en ondas crecientes, como una marea, en los crepúsculos, para amainar en las horas centrales del día o de la noche. Más en todo caso el canto de los grillos tenía un volumen y una densidad, se filtraba por todos los resquicios, ponía un fondo estridente en todas las faenas, pero los hombres y las mujeres del pueblo lo desdeñaban; era un algo, como el aire o el pan, que sostenía su ritmo vital sin que ellos se apercibiesen. ” (pág. 110).

El mundo natural y el mundo animal se funden y tienen la misma trascendencia que los humanos, por eso el Nini confiesa no estar sólo porque cuenta con su perro Fa, el mejor de los amigos. Y en efecto, del perro recibe más cariño que de su padre. Fa no regatea, lo da todo. Los perros no saben de frustraciones, ni de traumas, ni de carencias ni de vacíos.

Y cuando el Nini caza, lo hace respetando las reglas fundamentales de esta actividad, teniendo en cuenta el bien de la especie, con respeto y cariño por el bicho que no debe ser jamás un trofeo. Este es un aspecto fundamental para Delibes, amante de la vida rural, y por lo tanto de la cacería, escritor que ha publicado varios libros sobre caza, uno de ellos Diario de un cazador (1955) y otro sobre pesca: Mis amigas las truchas. En 1989, publicó sus memorias con un título significativo, una frase que resume su pasión y su búsqueda: Mi vida al aire libre.

Los textos han sido tomados de la edición de Destino.