Echeverría

Martín Caparrós

Echeverría es el título de la última entrega de Martín Caparrós (Argentina 1957) publicado en 2016, el pretexto, aparente, es narrar la vida de Estevan Echeverría, poeta y político argentino que vivió en la primera década del siglo XIX en un país que se independiza de España y busca su propio rumbo con dificultad. Pero el narrador abarca mucho más que la biografía del poeta: nos introduce en la inestabilidad política, la dictadura de Rosas, los miedos y carencias de un país que se pone de pie sin saber hacia dónde dirigirse. Esa incertidumbre se extiende de lo general a lo particular, y viceversa. Para Echeverría no hay nada definitivo, todo es y puede no ser, arriesga pero teme, sabe pero ignora lo que sabe. Y ese movimiento pendular, angustiante pero honesto, es el eje de esta brillante propuesta; una novela envolvente, que atrapa y enreda al lector en los laberintos interiores de un personaje histórico, peleón y frustrado, pero dotado de una fuerza envidiable para resistir.

Encontramos varios temas que se combinan con soltura: el histórico; el quehacer literario y las dificultades de asumirlo; el mundo cultural, político, religioso y social de una época; y el poeta que es un héroe romántico en todo el sentido del término.

Lo histórico

Lo que interesa a Caparrós es el nacimiento de un país y consigue que el lector se ponga en la piel de un argentino del siglo XIX, en una ciudad primitiva y pobre que nosotros conocemos hoy como la gran Buenas Aires. Recordar que no fue así, que las calles eran de barro, que la vida era precaria, triste y limitada, nos invita a reflexionar sobre el valor de las cosas que hoy tenemos: luz eléctrica, agua potable, transporte público, etc. Y por supuesto acceso a la educación , derechos civiles, libertad de las mujeres, democracia. En este relato, la vuelta atrás no está teñida de nostalgia, invita a rescatar el presente, a pesar de todas las imperfecciones que este presente pueda tener; y de hecho lo tiene. Que hay muchas mujeres que mueren víctimas de la violencia machista, no lo vamos a negar y nos revela, pero que hoy una mujer puede tener la misma profesión que el hombre y vivir su vida como ella disponga, también es un hecho común, aceptado y amparado por la ley. Un personaje como Candela, hoy, en un contexto similar, hubiera recibido un salario (por magro que éste fuera) y tendría algo más a cambio que una esquina del cuarto para acurrucarse.

Veamos un aspecto físico de esta ciudad en pañales:

“Alguna vez su madre le había dicho que la primera sorpresa de su padre fue que el puerto de Buenos Aires no tuviera puerto y el barco lo dejara río adentro y debiera bajar con el agua a las rodillas y que un carretero le pidiera fortunas para llevarlo hasta la orilla y terminara llegando a hombros de un marinero fortachón, un mestizo que lo transportó por mucho menos.” (pág. 18).

Las descripciones son muy visuales, y casi siempre, encontramos una dosis de ternura. La mirada del narrador no esconde su afecto hacia el objeto narrado, los sentimientos añaden matices. Veamos, por ejemplo, esta escena que se centra en un aspecto de la ciudad y las labores que realizan sus pobladores, pero que gracias al ritmo y la intensidad de la prosa, parece, más bien, la recreación de una fiesta local:

“… se pasan las horas mirando a los matarifes que campean como reyes con sus facas y sus hachas y sus gritos y su corte de chupamedias que siempre los rodeas por si precisan algo y las busconas que se pelean por una cabeza de vaca o unas varas de tripa y se tiran de los pelos para sacarse lo que manotearon y se quedan en pelotas a fuerza de zarandearse y revolcarse y los muchachos que se ríen y las alientan a los gritos y los muchachos que se pintan la cara con sangre y se tiran bolas de bosta y pedazos de carne y se ríen y se tiran cuchilladas y se ríen y los gritos de los animales cuando los degüellan y los perros rechonchos que se pelean por sus cachos a mordiscos y ladran y rebufan y las gaviotas y las ratas que se pelean por los suyos y se matan por los suyos y los muchachos que cuidan los caballos y los caballos asustados que rompen sus sogas y arrancan al galope y los muchachos que los persiguen con más gritos y el barro siempre el barro, el barro hasta los tobillos hasta las rodillas, el barro lleno de sangre y de bosta y de cachos de carne, el barro sobre todo, más que nada…” (pág. 31).

El aspecto político

Echeverría fue un hombre adelantado a su tiempo. Formado en una Francia monárquica pero que ya había vivido una revolución, el poeta argentino sueña con la democracia, con un país laico, con oportunidades para todos. La cultura de sus contemporáneos era el producto de la educación recibida, conservadora, timorata. Por eso mismo fue reconocido por sus amigos como el líder indiscutible, aquel que sabe lo que hay que hacer, valiente y sin ataduras, el elegido para producir los cambios. La historia del protagonista es la lucha de un hombre libre que aspira a construir un país de cero: será el encargado de escribir el Código para la joven Argentina, ese texto que luego llevará el título Dogma socialista. Citaremos un párrafo que refleja la postura política del poeta, su lucidez:

“… si el pueblo decide entregar todo el poder a un hombre, lo que está entregando es la democracia misma, la república, y que si al pueblo se le ocurre que necesita un rey, les preguntaba, ya exaltado, ¿estaremos de acuerdo con el pueblo? ¿Tiene derecho el pueblo a traicionarse, a disolverse, a deshacerse en los caprichos de un tirano? ¿O no seguimos a Rousseau en aquello de que si un pueblo entrega sus derechos deja de existir como tal pueblo, y que hacerlo es un acto de locura y que la locura no puede fundar nada? Y Gutiérrez que trataba de apaciguarlo y él, extrañamente desatado, perdidos los estribos y los goznes, que si quieren que un hombre nos gobierne sin más límites por qué no le piden a los españoles que nos manden un rey, ya que estamos, o mejor una reina, vamos de una vez, una reina española con mantilla y peinetón, una que baile. Porque si vamos a entregar nuestra libertas, da lo mismo a quien se la entreguemos. ¿O es mejor entregárselo a un criollo? ¿Qué, así vamos a ser esclavos pero esclavos de un compatriota? ¿Eso es lo que quieren?, decía, ya fuera de sí, ya desbocado, y que en tales circunstancias, cuando los gobernantes violan los derechos del pueblo o del ciudadano y no rigen las leyes que deberían ampararlos el más sagrado de los deberes es la insurrección, decía, ya casi a los gritos, para acabar con el tirano que se ha puesto en guerra contra su propia sociedad…” (pág. 154-5).

Muchos son los temas que se abordan con profundidad: el nacimiento del intelectual con la figura de Voltaire; la búsqueda de la verdad de una persona cultivada en oposición a la búsqueda de la felicidad inmediata de un gaucho; las dudas de si la historia finalmente enseña algo porque al repetirse las mismas situaciones, el individuo advierte que nada cambia; los horrores de la dictadura, las diferencias entre la pampa y la ciudad, entre otros varios. Estas reflexiones políticas se dan en dos niveles: por un lado la búsqueda personal de Echeverría, y por el otro, en los espacios titulados Problemas, en donde interviene Caparrós a título personal para redondear las ideas.

En lo social, la relación de Echeverría con Candela, hija de la esclava de sus padres, es una revolución. Adora a esta mujer porque adora su cuerpo, pero sabe que no puede hablar con ella porque tienen mundos distintos. Tampoco le gusta lucirla públicamente como su pareja porque atenta contra las leyes sociales. Son dos razas, dos maneras de estar en el mundo, otro idioma, otra cultura. Esa diferencia se vuelve salvable por la sensualidad que ella aporta al poeta, por el cariño, por la mirada anhelante. Los párrafos más bellos están dedicados a Candela. También su hermano José “esconde” a su mujer en el campo, la mujer de José no es negra pero sí una criolla de otro estrato social, lo cual demuestra la rigidez de la sociedad argentina en aquellos años.

El héroe romántico

Desde el regreso a la patria, Echeverría se define como poeta. Es su primera gran decisión, la salida fuera de lo establecido. Ser poeta significa poco dinero, vida retirada, silencio, una gran sensibilidad. Y él apuesta asumiendo los riesgos. La decisión será costosa, genera muchas dudas, pero jamás abandona. Cuestiona su actividad literaria frente a la actividad revolucionaria, se pregunta si escribir poemas tiene alguna utilidad; indaga sobre cómo debe enfrentar la creación de una literatura nacional: si es el tema el elemento determinante, o si el lenguaje debiera responder a un país que nace alejado de España; se pregunta para quién escribe y quiénes serán los que lo lean, sobre la belleza implícita en la creación, y muchos otros aspectos de su trabajo.

Confieso que no me gustan sus poemas, pero me sobrecoge su entrega y honestidad, inagotable, que lo lleva a cuestionarse siempre, consciente de su vulnerabilidad, de sus límites, de sus errores:

“Teme: tan a menudo teme.
Teme no poseer ser como los otros. Teme no soportarse si es como los otros, vulgar como los otros, feliz como los otros y deslizarse, deslizarse y no haya fondo. Teme
Teme que haya.” (pág. 184).

Estevan Echeverría fue un héroe romántico típico, nada le faltó: intento de suicidio, amor pasional muy joven con embarazo y muerte de la mujer y el niño, huérfano que se culpa de la muerte prematura de su madre, solitario, individualista, marginado, un dandy marcando estilo con su barba sin bigote, exiliado y con mala salud: le falla el corazón y muere joven de tuberculosis. Parecería un personaje tópico si no fuera porque existió realmente. Torturado por la duda, inmerso en la incertidumbre, una actitud que sintoniza muy bien con los lectores actuales que huimos de las certezas; y al mismo tiempo, a nivel narrativo permite un juego muy interesante: el relato tiene buen ritmo, la mente del protagonista oscila, salta por diferentes temas que lo ocupan y preocupan, indaga, se mueve.

La síntesis de las incertidumbres del poeta las podemos leer en el capítulo en dónde se pregunta por qué no le gusta recordar su estancia en París:

“Porque hay tantas otras posibilidades que se complementan, se solapan, se desmienten. Quizá su vida parisina –la historia de su vida parisina- lo incomoda porque, pese a todo, le avergüenza presentar como elección lo que no había sido sino fuga…
-o porque sabía, sin querer decírselo, que le gustaba tanto estar en París pero a menudo sospechaba que le gustaba pensar que estaba en París…
-o, porque, tan banal, no soporta recordar París porque detesta y teme la posición subalterna de pensar que aquello era lo bueno…
-o porque le debe demasiado…
-o quizá, más que nada, lo molestaba el recuerdo de esa extraña sensación, confusa, de estar pero no estar…
-o porque, fuera quien fuera, sabía que no había vuelto por nostalgia o sentido del deber o amor por su lugar sino porque no soportó más vivir tan pobre…” (pág. 61).

Su primer amor fue trágico y lo marca de manera definitiva. El joven tenía diez y seis años, se entrega con pasión y las consecuencias lo desbordan: tres muertes gratuitas que él cargará por el resto de su vida. Lo más destacable del protagonista es su integridad, su postura innegociable con el poder, con las modas, con los amigos y las tendencias de reconciliación. Echeverría es un alma pura, por lo tanto, un sufridor. No tiene herramientas para acomodarse en el mundo que le ha tocado vivir. Lucha por mantenerse honesto, pero la soledad le pasará factura. Siempre estará al margen: sin crear una familia, sin dinero, y finalmente exiliado. Es triste su final en Montevideo. Tiene que vender sus libros y su ropa, desamparado, ignorado, abandonado por sus amigos y seguidores que han conseguido adaptarse. Caparrós remata la sensación de fracaso de Echeverría cuando nos anuncia que, al poco tiempo de su muerte, cayó la dictadura de Rosas; sus amigos mantendrán su ideario político como guía, pero el líder ya no estará con ellos.

Estructura y lenguaje

La novela tiene 7 capítulos. Salvo el último, Destierro, que no sigue el modelo, todos tienen entre 3 y 5 partes en donde se desarrolla la historia en orden cronológico desde el intento de suicidio. El narrador utiliza la tercera persona.

Los 6 primeros capítulos tienen además otra parte que se titula “Entonces”. En éstas, el narrador se sumerge dentro de Echeverría para captar lo que pasa en su mente y en su ánimo, es un ejercicio de introspección, siempre usando la tercera persona pero interiorizando el punto de vista que se desliza hacia dentro.

Finalmente, los capítulos terminan con otra parte que cierra, las titula “Problemas”, van enumeradas, y en ellas Caparrós utiliza la primera persona y se introduce en la narración para reflexionar sobre temas ya tratados, de esa manera se hace presente y nos recuerda quien es el director de orquesta, el que articula la historia.

Lo más atractivo en Echeverría es el lenguaje. Tanto por el vocabulario vital, con tendencia a las repeticiones (aunque cada vez que repite una palabra esta tiene connotaciones distintas) que aporta un componente lúdico e imprime un tono alegre, elementos ambos que suavizan una historia infeliz:

“Y aunque no podrán encontrarse nunca más –esperar nunca más, imaginar futuros nunca más- , ella sabrá y de algún modo le estará agradecida y que, aun si ella no sabe –aun si lo sabe y no le importa-, él si sabrá que, por una vez, hizo lo que debía.” (pág. 140).

“Candela es el placer, el orgullo de la sorpresa permanente. Lo mira, cada vez, como si algo en él la sorprendiera. Como si no pudiera dejar de sorprenderla. Como si fuera cada vez la primera, primero cada vez.” (pág. 223).

Otras veces, el lenguaje es muy poético, como si el mismo Estevan Echeverría tomara la pluma para hilvanar sus versos, se percibe la búsqueda de la belleza en párrafos que son muy líricos. Estas dos vertientes –vitalidad y lirismo- no son excluyentes, casi siempre se combinan:

“Hay silencios y son atronadores. Echeverría dice –lee- y alrededor crecen silencios. Silencio de quienes saben que el que habla –el que no calla- se juega todo en sus palabras: el arrojo, su camino de ida. Silencio de quienes saben que las palabras que ahora escuchan, que los momentos que ahora viven lo precisan: silencio de quien oye los susurros de su miedo, las voces de su sorpresa, los alaridos de su excitación…” (pág 206).

“El límite de un hombre es su piel, piensa, se revuelca. Quiere saber, ignora, sufre, ignora, el dolor es el miedo. Algo pasa allí dentro: quién pudiera saber. Quién pudiera hacer más que imaginar, romper el velo de la piel, la infinita opacidad del cuerpo.” (pág. 91).

Y antes de terminar habría que destacar la sintaxis tan particular del escritor argentino, frases quebradas, inacabadas, que sugieren, no aclaran; significados que bailan entre las líneas, se deslizan, se dicen y contradicen porque todo puede ser posible en el territorio de Echeverría. Es una sintaxis que dice menos para que se capte más:

“Alcanza a preguntarse si realmente, de verdad.” (pág. 25).

“Echeverría le pregunta si se le va a pasar o va a seguir pasando o va a dejar de pasar de pronto porque ya.” (pág. 91).

“Se tienta, se pregunta si.” (pág. 297).

Los textos han sido tomados de la edición de Anagrama.