Autor: Witold Gombrowicz
Hay novelas cuya lectura nos produce la impresión de estar contemplando la realidad directamente, entonces le otorgamos al escritor el mérito de haber sido él quien abriera para nosotros esa -y no otra- ventana a la realidad, y que la iluminara con su luz particular. En realidad, la mayoría de novelas producen este efecto. Todos creemos conocer a Isabeles Archers, a Madames Bovarys, a algún moribundo como Iván Ilich o a cazadores de ballenas como el Capitán Acab de Moby Dyck, por citar algunos ejemplos.
Pocas veces tenemos la sensación de estupor, corrijo: delicioso estupor, que genera la lectura de una novela como Cosmos. En estos casos no “contemplamos” realidades, sino intentamos captar una visión del mundo que responde a los conceptos creadores que la alimentan. Son éstas las novelas en donde sentimos con mayor urgencia que la ficción literaria tiene nombre propio, y que basta que el escritor decida detener su pluma, o dejar de teclear, para que el mundo que nos presenta se venga abajo y se desinfle como un globo. Es él quien sostiene la ficción, el mago que mueve la varita, él quien propone el juego, él quien lo resuelve o lo deja en el aire. Rayuela puede ser otro ejemplo en este sentido. En ambos casos el impulso no es contar una historia, es hacernos reflexionar sobre las relaciones del ser humano con el mundo.






