La Carretera

Cormac Mc Carthy

Autor: Cormac Mc Carthy

Cuando leí por primera vez esta novela, me pregunté repetidas veces cómo consiguía el escritor norteamericano, Cormac Mc Carthy, narrar una historia tan brutal en un tono de ternura infinita. Ciertamente, cuando un relato se basa en la relación de adultos con niños éste suele tener un sesgo emotivo, si no se trata de abusos en donde la crueldad sería la nota dominante. Pero en La Carrtera, la amorosa preocupación y el cariño que derrocha el padre por su hijo, y en consecuencia el hijo por su padre, se mantienen en un nivel muy alto, desde el principio hasta el final, sin llegar jamás al exceso o a la explotación del sentimiento.

La intensidad de la prosa genera una tensión dramática sostenida.

Sin embargo, a pesar de esta atmósfera de amor en el estado más puro, el panorama que los rodea es terrorífico: el mundo y los hombres que sobreviven, están podridos. Conseguir la combinación perfecta entre los extremos, y que esta armonía se perciba como algo natural, auténtico, porque es intrínseca al mundo narrado, es producto de un gran talento y mucho trabajo. La Carretera es un merecido Premio Pulitzer del año 2007.

El lector desconoce cualquier referencia espacial o temporal: no está claro de qué país se trata ni qué ciudades muertas recorren, ni en qué año se encuentran los personajes, ni por qué se produjo la hecatombe. Pero lo cierto es que todo lector contemporáneo teme la llegada del fin de nuestro mundo, temor que se convierte en una fantasía recurrente. A principios del siglo XXI, en donde el avance tecnológico ha llegado tan lejos y la naturaleza ha sido descuidada en aras del desarrollo, un holocausto nuclear resulta creíble y temible. Estamos cansados de oír hablar del calentamiento de la tierra, de la contaminación de la atmósfera, del descenso del nivel del mar, etc.

Cormac Mc Carthy nos enfrenta con nuestros miedos y nos recuerda nuestras limitaciones, resaltando, de manera notable, nuestra capacidad de sobrevivencia. Realmente sorprende la capacidad del protagonista para lidiar con el desastre: la inteligencia se convierte en un arma: reflexiona, prevee, analiza, y ejecuta con un mínimo de recursos.

Dos ejes

La novela se apoya en dos extremos: por un lado el mundo ha sido arrasado y los poco sobrevivientes se han convertido en unas fieras. La destrucción nos sitúa en el regreso a la barbarie, al principio de los tiempos, pero no hay vestigios del paraíso, si alguna vez existió: la naturaleza se ha convertido en un medio hostil; todo, absolutamente todo está bañado por las cenizas, no queda vida allí donde la vida comenzaba: el mundo vegetal se ha terminado. Del mundo animal no queda ni rastro. Este es el lado desolador, hasta el mar -imagen de paz y horizonte abierto- está muerto. Las descripciones son pavorosas:

“Al otro extremo del valle la carretera atravesaba un arroyo completamente negro. Troncos de árboles calcinados y desprovistos de ramas a ambos lados. La ceniza moviéndose sobre el asfalto…” (pág. 12).

“… Frío y más frío cada vez. Pasado el desfiladero se detuvieron y contemplaron el gran golfo que se extendía al sur donde todo estaba quemado hasta donde les alcanzaba la vista, renegridas formas rocosas despuntando entre los bancos de ceniza y oleadas de ceniza elevándose para alejarse sobre la tierra baldía. La senda de un sol opaco moviéndose invisble más allá de las tinieblas.” (pág. 17- 18).

“… Allí estaba la playa gris y las olas encrespadas rompiendo opacas y plomizas y su sonido en la distancia. Como la desolación de un mar extraño rompiendo en las playas en un mundo inaudito… Más allá, el vasto océano frío, meciéndose pesadamente como una tinta de lava esponjosa en lenta respiración y luego la línea de turbonada de ceniza gris.” (pág. 160).

Ante la brutalidad del mundo exterior, el hombre (sin nombre) es capaz de todo con tal de proteger a su hijo y llevarlo a un lugar digno. Frente a la destrucción final, la fuerza para volver a empezar radica en el amor. Nada detiene al hombre que sólo piensa en proteger a su hijo -ni el dolor, ni la debilidad, ni la soledad- lo único que ocupa su mente es liberarlo del mal, encaminarlo a un lugar seguro. Confía porque tiene fe.

El afecto es, pues, el lado esperanzador en La Carretera. A pesar del horror que los rodea, el padre consigue que su hijo llegue a buen puerto gracias a su cariño. La frustración y la rabia no consiguen envenenar su espíritu, al contrario: crea un mundo paralelo en donde intenta rodear al niño de calor humano e inculcarle principios éticos. Ese mundo que le entrega el padre, es el mundo de la bondad, la belleza y el bien.

Las últimas palabras entre ellos quedan como su testamento, el niño pregunta y el padre responde:

“Pero ¿quién encontrará lo encontrará si es que se ha perdido? ¿Quién encontrará al niño?

La bondad encontrará al niño. Así ha sido siempre y así volverá a ser.” (pág. 206).

Hay muchas escenas en donde el padre acaricia físicamente al niño, lo arropa, lo abraza, lo besa, lo lava, lo atiende, le da de comer, “arrimaba los pies del chico a su estómago para calentárselos”, “lo envolvió en la manta y se sentó abrazado a él, meciéndose adelante y atrás”, “se inclinó para dar un beso al chico en la frente”. Hay, entre ellos, un lenguaje gestual, espontáneo y deshinibido.

El padre ha conocido las cosas buenas antes del holocausto: tuvo una familia, jugó con hermanas, celebró navidades, conoció a la mujer amada, etc. Las cosas buenas no se olvidan, enriquecen con el recuerdo. Esto explica ciertas escenas como aquella cuando se dirige a la casa de su infancia y la recorre, necesita nutrirse con los fantasmas, empaparse del afecto antiguo como si fuera una vitamina interior, un alimento:

“… Algunas noches despertaba en medio del negro páramo helado saliendo de mundos de amor humano suavemente coloreados, cantos de pájaros, el sol.” (pág. 200).

Lo sorprendente es que la lucha por sobrevivir -degradante, abusiva, agotadora- no consigue minar su fe. El pasado es un capital, por eso espera que algo surja y se produzca el cambio, a pesar de encontrase en algunos momentos desanimado cuando sus ideales se diluyen por el choque con la realidad:

“… Cuando se dedicaba a mirar cómo dormía el chico había momentos en los que empezaba a sollozar sin poder controlarse pero no por la idea de la muerte. No estaba seguro de cuál era el motivo pero pensaba que tenía que ver con la belleza o con la bondad. Cosas en las que ya no podía pensar de ninguna de las maneras.” (pág. 99).

La emoción y el respeto que le inspira un objeto bello como el sextante que encuentra en el barco encallado, es un reflejo de su sensibilidad. Siente algo muy fuerte que lo eleva y se permite contemplarlo, un recuerdo del pasado, pero luego lo guarda y lo deja porque sabe que no le sirve. Este hombre no desea acumular ni poseer, sólo toma aquello que es indispensable para seguir andando.

Dos modelos

Sabemos que ante el horror, la madre opta por el suicidio. Ella hubiera querido que se mataran los tres para evitar más sufrimiento, pero el padre no quiso dar ese paso. En realidad no fue capaz porque se sentía responsable por su hijo. Es interesante esta diferencia entre los padres porque refleja la variedad de los seres humanos: más fuertes o más débiles, más resistentes o más frágiles, más optimistas, más pesimistas. Sin embargo, la actitud de la madre no sorprende y resulta comprensible, porque el panorama es aterrador: los sobrevivientes son unas bestias: caníbales, violadores, ladrones. El peligro acecha a cada paso, la muerte se presenta, en este caso, como el fin más apacible.

Pero así como el hijo necesita del padre, el padre necesita del hijo. El niño es el tesoro que guarda y protege, la única esperanza:

“… Pero sabía que aun siendo un buen padre era muy posible que ella llevara razón en lo que dijo. Que el chico era lo único que había entre él y la muerte.” (pág. 27).

No habría llegado tan lejos si hubiera estado solo, él es el portador del fuego y su hijo será su digno sucesor. Conciente de su responsabilidad lo forma, lo educa, lo prepara para esa misión Creo que la diferencia radical entre el padre y la madre se encuentra en la actitud vital y en el compromiso. Ella opta por el interés personal o familiar: lo mejor para nosotros, como individuos y familia, es morir. El padre tiene una proyección que va más allá del ámbito familiar, él tiene una misión que cumplir, una responsabilidad otorgada por un ser superior.

El fuego es el símbolo de ese poder. Es la antorcha que ilumina el camino, es la vida, la energía, el amor. La preocupación mayor del padre durante el viaje, será por lo tanto, encender una fogata: para calentarse, para cocinar, para ver en la oscuridad. Y es lo que entrega simbólicamente a su hijo como una seña de identidad.

Dentro del minimalismo de la novela, los pocos elementos que se repiten: la carretera asfaltada, el carro de la compra, el sur, las cenizas, el frío o la lluvia, se convierten también en símbolos porque tienen una fuerte significación. De la misma manera que cada vez que aparecen seres humanos vivos llevan mascarillas y también cuchillos, arcos o cadenas. Basta con la mención de estos objetos para reflejar la realidad que viven, la realidad en donde viven. El laconismo de la prosa de Mc Carthy resulta, pues, contundente, se apoya en unos pocos objetos.

La Ética

El padre es un hombre recto y actúa como tal. La pregunta que se plantea uno cuando se ve introducido a un mundo nuevo, en donde nada es reconocible, es la siguiente¿lo correcto seguirá siendo lo correcto? En otras palabras: ¿el bien y el mal son absolutos?

Es el caso de la madre, por ejemplo, ¿la podemos juzgar? ¿Cuál es la decisión adecuada en circunstancias que no imaginamos si quiera como tales? ¿Cómo podemos saber lo que es bueno o malo en un mundo desconocido? Pero el padre parece saberlo, y su hijo también.

Para el padre, lo bueno es bueno hasta que peligre la vida de su hijo. Si el chico está en peligro, él será capaz de matar para defenderlo. Es la única concesión que se permite, aquella que contempla la ley: asesinato en defensa personal. Sin embargo el chico es su conciencia: no le pasa una, es exigente cuando lo ve frágil, reclama la perfección, no le permite bajar la guardia. El chico resiente la violencia que genera su padre, aunque sea en defensa suya, y cuando dispara al hombre que lo amenazó con un cuchillo, lo interroga preocupado y culposo, temiendo haber cambiado de bando:

“¿Todavía somos los buenos?” (pág. 61).

Y si encuentran comida en el búnker, a pesar de estar hambriento, el chico necesita saber que no están cometiendo una injusticia para poder disfrutar. El padre capta su inquietud y lo tranquiliza:

“¿Está bien que lo cojamos nosotros?

Sí. Ellos así lo habrían querido. Igual que nosotros habríamos querido que los usaran ellos.” (pág. 106).

La misma preocupación aparece cuando encuentran algunas cosas en el barco encallado. El chico necesita saber si los del barco estaban muertos. Y el padre, que lo conoce porque está hecho a imagen suya:

“Pensó en lo que inquietaba al chico y al cabo de un rato dijo: Seguramente tienes razón. Yo creo que deben haber muerto.

Porque si estuvieran vivos sería como robarles sus cosas.

Y nosotros no les robamos nada.” (pág. 179).

Llama la atención que en la situación deplorable en que se encuentran, todavía mantengan una postura ética. Ellos no son como los otros sobrevivientes que se han convertido en unos salvajes, las normas de conducta que los rigen son las mismas que en épocas mejores. En realidad son las que el padre aprendió y practicó en el pasado, y que traspasó a su hijo como el fuego.

Recordemos el momento en el que un personaje muerto de hambre les roba las provisiones: el padre lo desnuda y lo descalza para eliminarlo como futuro peligro. Según evalúa, lo que lo hace merecedor de ese castigo es que les ha robado todo, por lo tanto los ha querido matar de hambre: actúa en defensa personal. Pero el chico no está de acuerdo con el castigo, lo considera excesivo, se conmueve, implora y consigue que su padre dé marcha atrás y deje la ropa en la carretera. Demasiado tarde. Cuando el padre le dice:

“No pensaba matarle… y al cabo de un rato el chico dijo: Pero le hemos matado”. (pág. 191).

Por eso el final inesperado, de La Carretera: cuando todo parece perdido y el lector espera verlos muertos a lo largo de la carretera, el bien es premiado. Los portadores del fuego interior, llegan al sur. Léase sur como cielo, paraíso, tierra prometida. En todo caso, el bien no muere y los buenos suman esfuerzos y se ayudan. Hay un trasfondo moral muy fuerte en esta obra, que puede interpretarse como una parábola moderna. ¿Quién narra la historia?, ¿dónde está situado el narrador? Sabemos que es omnisciente, está supervisando todo desde arriba, entonces, ¿será Dios?

El padre del padre

Es una novela con un alto contenido religioso. A veces creo que es una parábola, un cuento contemporáneo, que habla de los miedos actuales y nos señala el camino a seguir. Aunque también podemos pensar en un western moderno, género en donde Mc Carthy ha tenido mucho éxito, recordemos la trilogía de la frontera: Esos hermosos caballos es un maravilloso ejemplo. Sólo que esta vez en lugar de sombreros para protegerse del sol, estos vaqueros llevan mascarillas para protegerse de la contaminación, van armados y conducen el carrito de la compra que sería un recuerdo del omnipresente caballo. La desolación recuerda el desierto, ceniza en lugar de arena… un héroe atravieza territorio enemigo, en vez de indios, sobrevivientes… Muchas familiarides, muchas simetrías. Pero, ¿cómo integramos el tema de Dios en un western?

El uso de los términos “el hombre”, “el chico” son recursos bíblicos: en las parábolas se usan genéricos porque el discurso está dirigido a todos los creyentes y cualquiera debería identificarse con ellos. Y sobretodo, hay un elemento didáctico en el contenido de esta historia:

“Esto es lo que hacen los buenos. Seguir intentándolo. Jamás se rinden.”

En lo breves diálogos, constantemente surge el nombre de Dios, a veces simplemente como una exclamación (“Oh, Dios”, “Dios mío”) pero en cualquier caso es una presencia real que modela sus comportamientos. Porque Dios, en La Carretera se identifica con el bien, la belleza y la verdad. Sin embargo la historia tiene muchos niveles, Mc Carthy es un escritor sútil y no agobia al lector con lecciones, prefiere introducirlo en el drama y que se él se conecte con el sufrimiento y la bondad. Luego, si quiere, que saque conclusiones.

Desde las primeras páginas, el padre menciona a Dios como alguien superior pero que se encuentra cerca de él, porque el hombre es su reflejo:

“…Sólo sabía que el niño era su garantía. Y dijo: Si él no es la palabra de Dios Dios no ha hablado nunca.” (pág. 10)

Esta es su tesis, de ahí mana su fuerza: mi hijo es lo que Dios me ha entregado, por lo tanto debo cuidarlo aunque me fallen las fuerzas. Por eso, cuando se siente débil e impotente, reclama a Dios con violencia en un párrafo desgarrador, testimonio de su soledad y rabia; pero al mismo tiempo de su cercanía, porque dialoga con Él, no lo niega; al contrario, lo increpa porque sabe que existe:

“¿Estás ahí, susurró. ¿Te veré por fin? ¿tienes cuello por el que estrangularte? ¿Tienes corazón ? ¿Tienes alma maldito seas eternamente? Oh, Dios, susurró. Oh, Dios.” (pág. 15).

Y el hijo, educado por el padre, confía en Dios como último recurso para su salvación. Cuando encuentran la pistola de señales y el hombre le explica al chico para qué sirve y por qué se dispara, el chico necesita precisar:

“Si quieres indicarles tu posición.
¿A los buenos, quieres decir?
Por ejemplo. O a alguien que quisieras que supiera dónde estabas.
¿Cómo quién?
No sé.
¿Cómo Dios?
Sí. Alguien así, supongo.” (pág 182).

También hay, entre otras facetas divinas, reconocimiento a Dios como creador. El hombre recuerda una escena con su mujer, y la recuerda como un momento de armonía perfecta, entonces se proyecta:

“… Cuando volvió al fuego se arrodilló junto a ella y acarició sus cabellos mientras dormía y dijo que si él fuera Dios habría creado el mundo tal cual sin ninguna diferencia.” (pág. 163).

Cormac Mc Carthy fue educado en la religión católica. Sus personajes en La Carretera se desenvuelven en esa cultura, manejan los códigos y la imaginería católica. En muchos momentos, hay ecos de rituales que se repiten:

“… de hinojos en las cenizas como un penitente. Tosió hasta que empezó a notar el sabor de la sangre y dijo el nombre de ella en voz alta.” (pág. 45).

“… como un antiguo ungimiento. Que así sea. Evoca las formas. Cuando no tengas nada más inventa las formas e infúndeles vida.” (pág. 59).

“Cuando regresó se puso de rodillas al lado de su padre y cogió su fría mano y pronunció su nombre una y otra vez.” (pág. 206).

La identidad del hombre que recoge al chico al final, queda flotando en el aire. Sólo sabemos que es de los buenos, y el chico tendrá la prueba de ello cuando confirma que envolvió a su padre en la manta como le había prometido, ¿pero quién es, cómo los había observado desde tan lejos?, ¿o fue desde arriba? Porque cuando el chico le pregunta si es de los buenos:

“Miró al cielo. Como si allí hubiera algo que ver”. (pág. 207).

Hay un detalle importante y es que el hombre “sonrió”. Es la primera vez en la novela que alguien sonríe. La sonrisa aporta luz. No se desvela su identidad, pero si no es Dios, parece alguien que viene enviado por él. Si fuera así, la parábola tendría el fin que, como tal, debía tener. Las situaciones de peligro parecerían entonces pruebas, o tentaciones, para evaluar la virtud del hombre y su fortaleza. No todos llegan al cielo, sólo los elegidos.

De esa manera, el final nos confirma la duda del principio: “Si él no es la palabra de Dios Dios no ha hablado nunca”. Ya que la mujer, cuando recibe al chico, cierra el círculo:

“Dijo que el aliento de Dios era también el de él aunque pasara de hombrea hombre por los siglos de los siglos.” (pág. 210).

Lenguaje

La contención es la característica más resaltante en esta prosa lacónica, minimalista, de diálogos breves y puntuales. Lo mínimo -dicho- para conseguir lo máximo -sentido-. Hay otro discurso entre líneas, un mundo no verbalizado pero que resulta contundente en medio de los silencios y las pausas, en la ausencia de puntuación tradicional. Nada sobra, nada falta; aunque algunas cosas quedan en el aire, se agradece la elegancia del discurso. No hubiéramos podido soportar más detalles. Cada frase golpea como un latigazo. Incluso hay momentos en donde el niño calla, renuncia al lenguaje, porque no está de acuerdo con la violencia que provoca su padre, o porque tiene mucho miedo.

¿Cómo van a hablar mucho si se encuentran en medio de la destrucción final? Si el mundo se acaba, el lenguaje no puede reflejar la nada:

“… Intentó pensar en algo que decir pero no pudo. No era la primera vez que tenía esa sensación, más allá del entumecimiento y la sorda desesperación. Como si el mundo se encogiera en torno a un núcleo no procesado de identidades desglosables. Las cosas cayendo en el olvido y con ellas sus nombres. Los colores. Los nombres de los pájaros. Alimentos. Por último los nombres de cosas que uno creía verdaderas. Más frágiles de lo que él había pensado. ¿Cuánto de ese mundo había desaparecido ya? El sagrado idioma desprovisto de sus referentes y por lo tanto de su realidad. Rebajado como algo que intenta preservar el calor. A tiempo para desaparecer para siempre en un abrir y cerrar de ojos.” (pág. 69- 70).

Para insistir en el desastre natural causado por el holocausto nuclear, Mc Carthy adjetiva de manera tal que el resultado es un sin sentido si comparamos con el mundo que conocemos: “aire granuloso”, “estériles árboles”, “humo estático”, “raído bosque”, “un pinar, pelado y negro” “luz color de agua de colada”, “un sol opaco”. El lenguaje muestra que el mundo -nuestro mundo, el mundo conocido- ha dejado de ser.

Otro recurso que utiliza el autor para producir un efecto determinado es el de la comparación:

“Un frío como para agrietar las piedras. Como para quitarte la vida.” (pág. 17).

“Una negrura como para que dolieran los oídos de escuchar.” (pág. 17).

A pesar de la contención la ternura fluye y se palpa. En esta novela los gestos físicos dicen tanto como las palabras.

Los textos han sido tomados de la edición de Mondadori, traducción de Luis Murillo Fort.

  • No coincidimos en este caso. Lo cierto es que encontré la novela bastante descafeinada. Los diálogos se me atragantaron y, en la prosa, encontré un juego un tanto peligroso de manipulación con las emociones.
    Quizá esperaba más de un premio Pulitzer y, tan enamorada que soy de la literatura norteamericana, creí que estaba ante un nuevo Philip Roth. Pero nada qué ver, ¡a qué distancia están la técnica narrativa de uno y otro!
    Tal vez, en comparación con “Ensayo sobre la ceguera” de Saramago, que había leído meses antes, donde también encontramos, en la última parte, un mundo desolado y casi apocalíptico, me pareció que la prosa de MacCarthy no estaba a la altura de la situación.
    En cualquier caso, no cabe duda, Liliana, de que tus análisis son muy completos y están muy trabajados.

  • Gracias a ti, Begoña, por tus comentarios interesantes. Yo siempre digo que todos somos lectores subjetivos, quizá por eso el intercambio es productivo. Después de una opinión contundente, uno tiene la posibilidad de revisar sus lecturas con una nueva perspectiva.

  • Carlos

    Lo leí, y la verdad me pareció una magnífica novela. Contenida, sí, pero esta prosa trasmite, tiene una fuerza casi poética. La parte final me dio escalofrío, una punzada que se solo se siente con las buenas novelas. Saludos.