La vida de las mujeres

Alice Munro

Hay novelas que atraviesan barreras físicas y se meten dentro del lector, remueven fibras y producen una sintonía inesperada, algo íntimo, muy valioso. Cuando esto sucede, es un auténtico regalo. Fue lo que experimenté cuando leí La vida de las mujeres, única novela de la escritora canadiense Alice Munro (1931), merecido Premio Nobel del año 2013. No interesa tanto lo que Munro cuenta -la infancia y adolescencia de una niña en una zona rural de Canadá- lo que interesa es cómo lo vive la adolescente que se llama Del, y cómo lo recuerda la mujer en la que Del se convirtió. Para llegar a captar lo que el personaje piensa -y esto es determinante porque sus ideas son muy potentes- Munro nos trasmite primero cómo siente, y es en esa armonía -corazón/cabeza- en donde aflora la riqueza de su discurso. Emoción e inteligencia se dan la mano y se presentan juntas, como un vehículo de conocimiento con dos canales inseparables, una combinación fecunda.

La novela recoge la mirada de la niña sobre el mundo que la rodea: la casa en un lugar apartado y su relación con sus padres y hermano, la mudanza a la ciudad junto a la madre, el colegio, su amiga Naomi y las actividades que realizaba, las iglesias a las que asistía, los primeros escarceos amorosos, el descubrimiento del sexo, la complejidad de la vida. El punto de vista de la narración pertenece a Del convertida en mujer, la escritora adulta que desmenuza los recuerdos, añade matices y perspectiva. Ella pone las palabras y valora el aprendizaje de la niña que fue: inquisitiva, curiosa, ávida, muy sensible.

Un discurso subjetivo

Desde las primeras páginas, además del uso de la primera persona, elección que imprime un tono confesional- Munro desliza frases que nos sugieren la naturaleza del relato: estamos ante un discurso subjetivo, alejado del mundo exterior, en donde la ambigüedad desdibuja los contornos:

“… tío Benny estaba preparado para clavarlas en el anzuelo.
Él no era nuestro tío. Ni el de nadie.” (pág. 9).

Leyendo con atención estas líneas, nos damos cuenta que hay dos realidades paralelas: una en donde Benny es el tío, y otra en donde ese señor es sólo Benny. Cuando es el tío, Benny es tío por cariño, por roce, por propia voluntad de quienes han decidido otorgarle ese lugar y esa calificación que objetivamente, no le corresponde.

“…Largaos de mi orilla”.
No era suya.” (pág. 10).

Benny se adjudica la propiedad de una orilla, pero esa orilla, rigurosamente hablando, no le pertenece, tiene otros dueños. Como él la trata con amor, la ha hecho suya y los otros respetan esa determinación, aceptan el criterio afectivo como si fuera más importante que el dinero o el papel.

“Decía que en el río Wawanash había hoyos de veinte pies de profundidad en pleno verano. decía que podía llevarnos a ellos, pero nunca lo hizo.” (pág. 10).

Benny decía que podía llevarlos a un lugar mágico e inaccesible, pero no lo hacía: sin embargo, ellos no dudan de la existencia del lugar, simplemente aceptan que sea él quien disponga cómo manejar su hallazgo. No exigen pruebas, la confianza está basada en una conexión interior, subjetiva.

Temas

En su recorrido de la infancia a la juventud, Del desarrolla ideas interesantes, son los temas que la ocupan y le preocupan; intenta orientarse en un mundo que va descubriendo, necesita saber donde ubicarse, descubrir su propia identidad, quienes son sus aliados y quienes sus adversarios ideológicos, en qué creer, por qué arriesgar. Veamos cuáles son estos temas:

  • La pareja: el binomio hombre/mujer es percibido como el pacto entre dos seres que, perteneciendo a mundos distintos, se acercan al compartir situaciones concretas de carácter afectivo. Su madre, mujer de avanzada, produce en ella reacciones opuestas: la admira por su originalidad, por su valentía, porque no es igual a las mujeres del medio rural en donde viven, porque aspira a un mundo de mayor cultura, en donde el conocimiento abre puertas y promete felicidad. Pero también resulta humillante que sea precisamente su madre quien siempre desentone, que sea considerada la distinta y la distante, que no tenga dotes domésticos, que incomode por sus comentarios atrevidos. Su padre, hombre de una bondad y simpleza muy primarias, sin dobleces ni aspiraciones más allá de la caza del zorro plateado y lo que eso implica, es un referente importante que no la perturba, tampoco le atrae. Sin embargo, a pesar de las diferencias, la niña capta el vínculo entre ellos y celebra la estabilidad que le produce ese bienestar con esta imagen luminosa:

    “Mi madre se quedó sentada en una silla de lona y mi madre en una de madera; no se miraron. Pero estaban conectados, y esa conexión era clara como el agua, y existía entre nosotros y tío Benny, entre nosotros y Flats Road, y seguiría existiendo entre nosotros y cualquier cosa. Eso mismo pasaba a veces en invierno cuando repartían dos manos de cartas y se sentaban a la mesa de la cocina a jugar mientras esperaban las noticias de las diez, después de mandarnos a la cama al piso de arriba. Y el piso de arriba parecía estar a millas por encima de ellos, oscuro y lleno del ruido del viento. Allá arriba descubrirías lo que nunca recordabas allá abajo en la cocina: que estábamos en una casa tan pequeña y cerrada como un barco en alta mar, en medio de los aullidos de un temporal. Parecían hablar y jugar a cartas, en un pequeño punto de luz muy lejano, de forma irrelevante; sin embargo esa idea de ellos, prosaica como un hipo, familiar como el aliento, era lo que me sostenía, lo que me hacía señas desde el fondo del pozo cuando me quedaba dormida.” (pág. 45-6).

    Es interesante observar a Del explorando lo femenino y lo masculino, quizá porque sabe que no encaja bien en los roles tradicionales. Algo que intuye como libertad, parece ser una condición exclusiva de los hombres, y no está dispuesta a renunciar a ello por ser mujer. Por un lado tiene el modelo de su madre, atractivo pero incómodo; por el otro tiene a las tías paternas, que le aportan la seguridad de un entorno doméstico funcional pero cargado de ambigüedades solapadas:

    “De nuevo en su casa de Jenkin´s Bend -adonde me llevaban a pasar la larga temporada de verano-, se volvían frescas y tersas como si las hubieran puesto en remojo. Yo advertía aquel cambio. Y, con ligeras punzadas de deslealtad, cambiaba el mundo de mi madre, un mundo de preguntas serias y escépticas, de tareas domésticas interminables pero de algún modo desatendidas, de grumos en el puré de patatas y de ideas inquietantes, por el de ellas, un mundo de trabajo y alegría, comodidad y orden, y de compleja formalidad. En su casa había todo un lenguaje nuevo que aprender. Allí las conversaciones tenían muchos niveles, no podía decirse nada de forma directa, todas las bromas podían ser una puñalada por la espalda. La desaprobación de mi madre era abierta e inconfundible, como el mal tiempo: la de ellas llegaba como si de pequeños cortes de navaja se tratase, de un modo desconcertante, en medio de la amabilidad. Tenían el don irlandés de la burla devastadora, adornada de deferencia.” (pág. 59-60).

    La adolescente cuestionadora explora lo que percibe y valora lo que implica el compromiso, desmenuza las posibilidades que surgen, pone los pros y contra en la balanza, y sigue buscando. Cuando Noemi se retira del colegio para trabajar en una oficina, se revela por la transformación que sufre su amiga, lo interpreta como una renuncia, y finalmente la obliga a tomar partido: ese tipo de mujer -mucho maquillaje, mucho ajuar, matrimonio e hijos como una meta- no le interesa. Estar con Naomi y sus amigas le produce incomodidad, como si algo fallara en ella. Se siente más cerca de su amigo Jerry, con quien comparte inquietudes intelectuales y curiosidad por un mundo más atractivo. Pero Jerry es como un hermano, no hay atracción física entre ellos. El peligro surgirá cuando aparezca Garnet.

    En los años de colegio, vivirá tres momentos importantes: la búsqueda de la religión, la transformación a través del arte y el descubrimiento del sexo.

  • La religión: su madre es agnóstica, probablemente como reacción al fanatismo de su propia madre, por eso Dell crece alejada de cualquier práctica religiosa. El interés por la fe nace de una curiosidad, provocada por sus lecturas, por conocer qué hay detrás de los ritos: la chica recorre las distintas iglesias buscando algo que la convenza. Su curiosidad es auténtica, personal y solitaria:

    “… Al principio tal vez era para molestar a mi madre…
    …Pero el segundo invierno que vivimos en la ciudad -el invierno que cumplí doce años- mis motivos cambiaron, o se consolidaron. Quería resolver la cuestión de Dios. Había leído libros sobre la Edad media, y cada vez me atraía más la idea de la fe. Siempre había contemplado a Dios como una posibilidad; de pronto se había apoderado de mí un auténtico anhelo de Él. Él era una necesidad. Pero quería palabras alentadoras, pruebas de que Él estaba realmente allí. No se lo podía decir a nadie, pero para eso iba a la Iglesia.” (pág. 143-4).

    Pero luego de observar los diferentes comportamientos en las distintas iglesias, y de experimentar la necesidad de rezar para pedir ayuda -ya sea por evitar el curso de costura o para evitar la muerte del perro de su hermano- Del concluye que Dios no puede ser así de banal, que no puede prestarse a un juego tan absurdo. Lo que ella buscaba era algo distinto, más profundo, una mística alejada de intereses mundanos, el descubrimiento de un ser superior:

    “¿Podía existir un Dios que no estuviera contenido en la red de iglesias, que no hubiéramos hecho manejable por medio de ensalmos y cruces, un Dios verdadero, que estuviera verdaderamente en el mundo, y fuera extraño e inaceptable como la muerte? ¿Podía existir un Dios asombroso e indiferente más allá de la fe?” (pág. 172).

  • El arte: la opereta que se organiza en el colegio es, para Del, una revelación de las posibilidades que ofrece el arte: la transformación de la propia identidad bajo el disfraz, el maquillaje y el rol teatral, elementos que ofrecen mil refugios a la imaginación. La niña que aspira a un nivel de trascendencia, vive la experiencia bajo el liderazgo de su profesora, la señorita Farris, una mujer excéntrica, soñadora, pasional, cuya energía imprime un ritmo de encantamiento. La entrega es de tal intensidad que Del termina enamorada del protagonista, simplemente por haber sido elegido para ese rol. La opereta permite una evasión y ofrece un componente estético, una vida paralela de fantasía, una promesa de éxtasis.
    El contraste con la realidad se hace evidente cuando la estudiante sale a la calle para realizar un encargo de la señorita Farris, apenas traspasa las puertas del colegio percibe las diferencias entre el mundo real, de pacotilla, y el brillo seductor del local de los ensayos:

    “De modo que salí volando con el abrigo desabrochado, y allí estaba Jubilee recién cubierta de nieve, con sus calles silenciosas y blancas como la lana; el escenario del ayuntamiento que dejaba a mis espaldas parecía brillar como una hoguera a la luz de tan fanática devoción. La devoción a la invención de lo irreal, de lo que no era puramente necesario pero sí más importante, una vez se le daba crédito, que todo lo que teníamos.” (pág. 194).

  • El sexo: el día que vio a Garnet, Del comprendió lo que significa tener un cuerpo. El encuentro, en la iglesia, es de una gran belleza: el escenario con cuatro negros cantantes, el predicador delirante, el despertar y la seducción sintetizados en el roce de los dedos, todo contribuye a crear una escena soberbia:

    “Pero toda mi atención estaba centrada en nuestras manos apoyadas en el respaldo de la silla. Él movió un poco la suya. Yo moví la mía, volví a moverla. Hasta que las pieles se tocaron, ligera pero vívidamente, se apartaron, regresaron y permanecieron juntas, apretadas la una a la otra. Luego los meñiques se frotaron con delicadeza, el suyo se montó poco a poco sobre el mío. Un titubeo; mi mano se abrió ligeramente, su meñique me tocó el anular y el anular quedó capturado, y así sucesivamente hasta que, en fase tan formales como inevitables, con reticencia y certeza, su mano cubrió la mía. Entonces él la levantó del respaldo y la sostuvo entre las dos. Me invadió una gratitud angelical, como si realmente hubiera alcanzado otro nivel de existencia. Me pareció que no era necesario más reconocimiento, no era posible más intimidad.” (pág. 313).

    A raíz de ese contacto, todo cambia. La búsqueda existencial deja de tener sentido porque era teórica, de Garnet sólo le gusta su cuerpo, pero resulta que es, de momento, lo único importante. Del accede a otro tipo de conocimiento a través de la piel. Totalmente entregada a la pasión, descuida sus estudios y pierde la beca, sólo reacciona cuando ve amenazada su libertad: Garnet le exige que se bautice, la presiona con violencia, y ella, sabia, cauta, retrocede. Prefiere perderlo a someterse. Este es el momento clave en su historia personal, la toma de consciencia: la adolescente elige ser la persona que quiere ser, no la persona que quieren que sea. Las palabras de su madre han dejado huella:

    “Creo que va a haber un cambio en la vida de las niñas y de las mujeres. Sí. Pero depende de nosotros para que se produzca. Todo lo que las mujeres han tenido hasta ahora ha sido su relación con los hombres. Eso es todo. No hemos tenido más vida propia, en realidad, que un animal doméstico…”

    Siguen hablando y cuando Del menciona los anticonceptivos, su madre le aclara:

    “…No basta, aunque es una gran ayuda, por supuesto, y la religión es su enemigo, como lo es de todo lo que pueda aliviar las penas de la vida sobre la tierra. Es de amor propio de lo que te estoy hablando. De amor propio.” (pág. 260).

El epílogo

Entre el capítulo final y el epílogo hay un corte, un cambio de tono importante. Hasta la ruptura con Garnet, la novela se había centrado en el proceso de aprendizaje, por eso la mirada de Del era el eje narrativo: su curiosidad, su inteligencia, y su gran sensibilidad, nos han conducido hasta el final.

¿Qué pasa en el epílogo? Del, escritora, utilizará el material de su infancia para escribir su primera novela. Reconociendo que Jubilee no era un lugar atractivo, reivindica sus raíces afectivas y la necesidad de utilizarlas como material porque son parte de su vida. La licencia literaria permitirá todos los cambios posibles en función de la credibilidad. Elige a la familia de Marion Sherriff , una vecina que se suicidó y cuya historia le permitirá acceder a temas interesantes que adorna con su fantasía: especula, sueña, escribe.

El encuentro con Bobby Sherriff, hermano de Caroline, resulta determinante. Al hablar con él por primera vez, Del se enfrenta con la realidad, hasta ese momento manejaba la versión oficial que circulaba en el pueblo, pero el conocimiento directo no es lo mismo que el rumor, lo que pensaba del personaje no coincide exactamente con lo que ve en ese mismo personaje. La experiencia le demuestra que hay diferentes niveles de realidad y que todas valen según cómo se cuentan. Esta es la esencia del epílogo, una suerte de teoría literaria, la bandera que Del desplegará de aquí en adelante: la libertad creativa amparada en la búsqueda de la autenticidad. La realidad sí, pero enriquecida por el trabajo literario, un nuevo producto:

“Intentaría hacer listas. Una lista de todas las tiendas y los locales de la calle principal y sus propietarios, una lista de los nombres de las familias, de los nombres de las lápidas del cementerio y de cualquier inscripción que hubiera debajo. Una lista de los títulos de las películas que habían proyectado en el Lyceum Theatre de 1938 a 1950, aproximadamente. De los nombres grabados en el cenotafio (más de la Primera Guerra Mundial que de la Segunda). De los nombres de las calles y su situación en el plano.
La ilusión de precisión que ponemos en estas tareas es demencial y conmovedora.
Y ninguna lista podía contener lo que yo quería, porque lo que yo quería era hasta el último detalle, cada capa de discurso y pensamiento, cada golpe de luz sobre la corteza o las paredes, cada olor, bache, dolor, grieta, engaño, y que se mantuvieran fijos y unidos, radiantes, duraderos.” (pág. 372).

EL LENGUAJE

Como estamos analizando una traducción al español, excelente trabajo de Aurora Echevarría, poco diremos del lenguaje. Pero me gustaría señalar el talento de Munro para crear imágenes cercanas que pertenecen al mundo doméstico, para referirse a fenómenos interiores de un orden distinto, más profundo. Algunos ejemplos (los subrayados son míos):

“… esa idea de ellos, prosaica como un hipo, familiar como el aliento, era lo que me sostenía.” (pág. 46).

“La desaprobación de mi madre era abierta e inconfundible, como el mal tiempo: la de ellas llegaba como si de pequeños cortes de navaja se tratase, de un modo desconcertante, en medio de la amabilidad.” (pág. 60).

“Era un misterio que se presentaba sin explicación y sin esperanzas de ser explicado, en toda su insolencia, como un cielo azul despejado. No había posibilidad de revelación.” (pág. 209).

“… su lengua, que me pareció enorme, húmeda, fría y arrugada como una bayeta.” (pág. 279).

“Mi necesidad de amor había pasado a la clandestinidad, como un dolor de muelas taimado.” (pág. 306).

Los textos han sido tomados de la edición DEBOLSILLO de Random House Mondadori, 2013. Traducción de Aurora Echevarría.

  • Rosa

    A mi me ha encantado este libro. La verdad es que he leído varias obras de Munro y todas me gustan. La lunas de Júpiter, son relatos extraordinarios.
    Me encanta su lenguaje se me hace familiar y cercano a pesar de separarnos tanta distancia. Me admira como describe el alma femenina. En cuánto a las religiones y las cosas más triviales de vida cotidiana me resultan totalmente familiares como si compartiéramos el mismo universo.
    Un placer infinito.

  • Marcela Aguirre

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