Suite Francesa

Irene Némirovsky

Autora: Irene Némirovsky

Cuando el lector se fascina con una novela y tiene dificultad para señalar con rapidez el por qué de esa fascinación, se siente receptor de un maravilloso regalo. Luego surgirá el análisis, si él quiere que surja, y se irán encontrando ciertos logros. Pero en casos como éstos la lectura se realiza con abandono, avanzar es un auténtico placer, se lee para seguir disfrutando, para conocer mejor a los personajes que resultan cercanos y recorrer con ellos unos kilómetros más.

Irene Némirovsky era ucraniana de nacimiento, de origen judío, y francesa por adopción. El haber tenido que abandonar Rusia muy joven por la revolución del año 1917, sumado a una difícil relación con su madre, despierta en ella una actitud crítica y hasta cierto punto marginal, que le permite observar el mundo que la rodea con cierto desapego. Percibe desde joven los errores que comete su gente y no se calla, enjuicia. Mantiene una actitud rebelde e inconformista, elementos que añaden lucidez a su prosa.

Suite Francesa es parte de un proyecto ambicioso que no pudo terminar. La escritora fue detenida en el año ’42 y luego asesinada por los nazis en Auschwitz. En la primera parte de Suite Francesa, llamada “Tempestad”, Némirovsky narra la huida de París por el temor a las bombas alemanas en la primavera de 1940; y en la segunda parte, “Dolce”, se detiene en la ocupación de la provincia francesa por tropas alemanas.

Es sorprendente la distancia que ella toma, en esta novela, respecto al problema judío. Algunos críticos piensan que Irene se sentía más francesa que judía, y señalan a su favor el hecho de haber sido bautizada, pero gracias a las notas que aparecen en el apéndice, comprobamos su situación de perseguida y ultrajada.

Pienso que ella eligió alejarse voluntariamente de un tema que la hería para no perder la objetividad. Su búsqueda se aleja del sentimentalismo y de la rabia, y no hubiera podido evitarlas si se centraba en un drama personal de tales proporciones. Sospecho que esa es la razón para que ella opte por una voz francesa. Dice en sus notas:

“¡Dios mío! ¿Qué me hace este país? Ya que me rechaza, considerémoslo fríamente, observémoslo mientras pierde el honor y la vida”. (pág. 417).

TEMPESTAD EN JUNIO

Diversas escenas sirven para recrear la situación de los parisinos temerosos del bombardeo alemán. Hay dos claves en la narración de Némirovsky:

1. Elige los hechos cotidianos y les da trascendencia. No hay mención de batallas, ni arengas o discursos políticos, tampoco actos de heroísmo ni grandes hazañas, siendo la guerra el tema de la novela. Lo que interesa a la escritora es el día a día de sus personajes, a través de los detalles se reflejará cómo viven la experiencia. Son actos personales y como tales, definen a quienes los realizan.

2. La huida, como movimiento colectivo en plena guerra, es una situación idónea para sacar a la luz la esencia de los seres humanos. En un momento de crisis se espera que aparezca lo mejor y lo peor de cada uno de ellos sin tapujos. La actuación de los personajes en circunstancias extremas es espontánea, sin meditar ni posponer: ante el ¡sálvense quien pueda! el individuo se desnuda y se expone.

Siguiendo este criterio, lo que empaca cada grupo familiar para llevar en el éxodo, es un buen reflejo de lo que valora. Sus objetos elegidos los describen a ellos:

Los Péricand, que forman una familia de ricos burgueses, parece que se preparan para ir de vacaciones:

“Habían atado el blando y grueso colchón que ocupaba el lecho conyugal desde hacía veintiocho años al techo del vehículo, y un cochecito de niño y una bicicleta al maletero. Ahora trataban de meter en el habitáculo todos los bolsos, maletas y maletines de los miembros de la familia, además de las cestas de los sándwiches y los termos de la merienda, las botellas de leche de los niños, pollo frío, jamó, pan, y las cajas de harina lacteada del anciano señor Péricand, y por último el cesto del gato”. (pág. 59).

La amante de Gabriel Corte, el escritor, no puede prescindir del boato que adorna su vida, y de los implementos que realzan su físico:

“… En primer lugar escondió las joyas que había tenido la precaución de sacar del cofre. Puso encima un poco de ropa interior, los artículos de aseo, dos blusas de repuesto, un sencillo vestido de noche, para tener algo que ponerse nada más llegar, porque había que contar con retrasos en la carretera, un albornoz y unas chinelas, su estuche de maquillaje (que ocupaba bastante sitio) y, naturalmente, el manuscrito de Gabriel.” (pág. 46).

Charles Langelet, solterón snob, apegado a sus pertenencias, coleccionista de antigüedades, “defiende de las bombas” aquello que le resulta más querido:

“… acarició sus porcelanas, sus tazas de Nankín, su centro de mesa Wedgwood, sus jarrones de Sèvres, de los que no se separaría por nada del mundo… Pero tenía el corazón roto: no podría llevarse el lavabo de porcelana de Sajonia que tenía en el dormitorio, una pieza de museo, con su tremol decorado con rosas”. (pág. 66).

Sin embargo los Michaud, una pareja de clase media que respira armonía, decide no llevarse nada. Ellos se tienen a sí mismos. Sólo ponen a buen recaudo los libros y las fotos, pero los dejan en casa:

“… No podrían llevarse todos sus recuerdos. Por mucho que les pesara, los mejores se quedarían allí, entre aquellas cuatro humildes paredes. Guardaron los libros en la parte inferior del armario, junto con todas las fotos de aficionado que siempre se proponían pegar en álbumes y que estaban desvaídas, curvadas, atrapadas en las ranuras de un cajón”. (pág. 68).

La diferencia de clases sociales y la falta de fluidez entre ellas, queda reflejada cuando vemos cómo interactúan los diferentes grupos. Los que tienen más, no pueden o no quieren comprender lo que sienten aquellos que tienen poco o nada. Cuando la señora Péricand y el ama escapan después del incendio, la señora Péricand llevaba sus joyas y el dinero sujetos a su camisón. Sin embargo increpa al ama, que se ha quedado sin nada, por lo que ella considera una suerte de materialismo:

“El ama, que había dejado atrás su enorme maleta con flejes de hierro y un bolso de mano en piel de cerdo de imitación, se echó a llorar. La señora Péricand trató en vano de hacerle ver su ingratitud para con la Providencia.” (pág. 147).

La marcada diferencia entre ricos y pobres es una constante en Suite Francesa. El punto de vista de quien escribe se encarga de ridiculizar a los ricos cuando se aferran a lo que tienen y pierden perspectiva del mundo de los pobres. Y lo que es peor aún, les molesta la pobreza, la encuentran fea, incómoda.

Para los Péricand, los Corte, y los Angelet, la gente común resulta un estorbo si no están para servirlos. Criados, porteros, chóferes, gente de la calle, no merecen ningún respeto ni comprensión: deben serles útiles, y callar. Los ricos son los únicos que tienen derecho a pensar, a rebelarse y a proponer. El dinero y la clase les otorga, según quieren creer ellos, una autonomía especial.

Hay tal abismo entre los que tienen y los que no tienen, que ni siquiera la guerra los iguala. Cuando los Corte llegan finalmente al hotel, la doncella señala estas diferencias con ironía:

* “-… La señora debería echar un sueñecito.
* -Imposible… En cuanto cierro los ojos, vuelvo a oír las bombas, a ver esos puentes, esos muertos…
* -La señora lo olvidará.
* -¡Ah, no, eso nunca! ¿Podrías olvidarlo tú?
* -Mi caso es distinto.
* -¿Por qué?
* -¡La señora tiene tantas cosas en qué pensar!… “(pág. 199).

La clase dominante mira con arrogancia al pueblo: los considera inferiores, inmaduros, como niños que no saben comportarse. Némirovsky señala los defectos de los ricos, los considera insolidarios. Por educación y privilegios, ellos deberían tener un criterio mejor y una visión del mundo más amplia y generosa. Oigamos cómo cataloga la señora Péricand a sus sirvientes:

“Tras la puerta entreabierta, la señora Péricand adivinaba la presencia de los otros criados; la doncella Madeleine, llevada por la preocupación, llegó incluso a acercarse al umbral, infracción a las normas que la señora Péricand interpretó como un mal augurio. Del mismo modo, cuando se produce un naufragio todas las clases sociales se juntan en cubierta. Pero el pueblo no sabía mantener la calma. “Cómo se dejan llevar…”, pensó la señora Péricand con desaprobación. Era una de esas burguesas que confían en el pueblo. “No son malos, si sabes manejarlos”, solía decir en el tono indulgente y un tanto apenado con que se habría referido a un animal enjaulado”. Pág. 34).

El sacerdote que encarga los huérfanos a Philippe comparte la misma mentalidad. Tiene una actitud de superioridad y suficiencia que no demuestra comprensión ni amor al prójimo, por el contrario, se percibe algo de soberbia:

“- Sí, son buenos chicos. Nosotros los suavizamos, domamos a los más rebeldes… “(pág. 50).

Sin embargo Philippe sí es un personaje profundo, contradictorio, interesante. El vive un conflicto interior entre lo que siente y lo que debe sentir como buen cristiano. Y hace primar su deber y su amor al prójimo, a pesar de sí mismo. Este joven Péricand, reconoce su debilidad ante un mundo que no le gusta, pero se controla y lucha por ser mejor. El miedo que le produce el grupo de huérfanos (y que luego veremos que era legítimo) lo reprime e intenta ponerlos a salvo. El final de esta historia es terrorífica, porque los jóvenes, desacostumbrados a la libertad, se desbandan como fieras y se comportan como salvajes. Aquí hay dos lecturas: o la labor de la iglesia para rehabilitarlos fue nefasta, o realmente la falta de cariño termina torciendo a estos huérfanos al punto de cometer un crimen horrible sólo para divertirse.

Esta escena es la más dura en esta novela, y encarna la peor de las guerras que se libran en Suite francesa: la más cruel, la más sangrienta y contra el más rescatable de los personajes. Las dudas de Philippe, las reflexiones sobre su amor al prójimo, la aceptación de sus debilidades y su lucha para superarse, nos dan una lección de lo que debe ser un buen cristiano. O, mejor dicho, lo que debe ser una buena persona.

Habíamos señalado que la situación de la huida permitía ver a los personajes en profundidad, sin tapujos. Los velos del buen comportamiento, de la educación, de la corrección, se caen cuando uno olfatea el peligro. Algunos ejemplos:

La señora Péricand, que al principio de la huida repartía galletas y dulces a otros niños siempre y cuando fueran de su clase social, con el tiempo, estrecha su círculo:

“La caridad cristiana, la mansedumbre de los siglos de civilización se le caían como vanos ornamentos y dejaban al descubierto su alma, árida y desnuda. Sus hijos y ella estaban solos en un mundo hostil. Tenía que alimentar y proteger a sus pequeños. Lo demás ya no contaban”. (pág. 82).

En cambio Hubert, su hijo adolescente, observa desilusionado el comportamiento de los franceses y es capaz, quizá por primera vez en su vida, de sacar sus propias conclusiones. Este chico será la conciencia de su familia y de sus compatriotas, la crisis sacará a flote su entrega y lo desmarca de su entorno:

“Aquella gente que negaba un vaso de agua o una cama a los refugiados, los que se hacían pagar los huevos a precio de oro, los que llenaban el coche de maletas, de paquetes, de comida, hasta de muebles, y respondían a una mujer de cansancio: “No podemos llevarla. Ya ve que no hay sitio…” Aquellas maletas de cuero leonado y aquellas mujeres maquilladas en un camión lleno de oficiales… Tanto egoísmo, tanta cobardía, tanta crueldad feroz y vana le revolvían el estómago. Y lo peor era que no podía soslayar los sacrificios, el heroísmo y la bondad de unos pocos”. (pág. 114).

Charles Angelet engaña y roba la gasolina de una pareja para su coche. El egoísmo de este personaje es macabro, no le importa nada ni nadie a parte de sus porcelanas. Cuando logra llevarse el botín (la gasolina), festeja su maniobra sin pensar en los que deja tirados en el camino, se comporta como un sádico:

“… nunca había sentido un placer mayor”. (pág. 157).

Los huérfanos actúan como fieras una vez que descubren la libertad durante el trayecto para llegar a un sitio seguro. En época de paz se mostraban sumisos en el orfelinato.

El anciano señor Péricand, cuando hace su testamento en plena guerra, no olvida exigir la creación de bustos, retratos, placas recordatorias, uso de su nombre, etc. para cada donación que deja. Vanidoso hasta el final, la guerra no lo sitúa en lo que es valioso y lo que es irrelevante..

Gabriel Corte vive como un espíritu elitista y, a pesar de haber pasado por muchos percances en el camino, se reafirma en su envanecimiento:

“… no estaban asistiendo a un cataclismo extraordinario, al fin del mundo, como habían llegado a creer, sino a una concatenación de acontecimientos puramente humanos, limitados en el tiempo y el espacio, y que a la postre sólo afectaban gravemente a gente desconocida”. (pág. 205).

Michaud también desnuda su interior al reflexionar sobre el éxodo:

“… Tenía una forma de ser muy especial: no se consideraba demasiado importante; a sus propios ojos, no era la criatura única e irreemplazable que cada cual ve cuando piensa en sí mismo. Sus compañeros de desdicha le inspiraban piedad, pero una piedad lúcida y fría. Después de todo, se decía, aquellas grandes migraciones humanas parecían ordenadas por leyes naturales. Sin duda, los pueblos necesitaban desplazamientos periódicos masivos tanto como los rebaños la trashumancia. La idea le resultaba extrañamente consoladora…” (pág. 84).

DOLCE

En la segunda parte de Suite Francesa, la narración cambia de ritmo. Mientras los alemanes se instalan en los pueblos, una nueva etapa comienza para todos: vencedores y vencidos aprenden a convivir. La historia da una oportunidad a los enemigos para conocerse a nivel personal.

Aquí las claves de la narración son otras:

1. Si bien es cierto que hay una guerra oficial entre franceses y alemanes, Némirovsky plantea otras guerras paralelas: los seres humanos convierten en enemigos a todos aquellos que no comparten sus mismos intereses. Y dado que hay una guerra, resulta muy fuerte constatar que el odio muchas veces está dirigido contra alguien que no es el enemigo oficial.

2. El individuo y la comunidad a la cual pertenece, no comparten, necesariamente, los mismos deseos, ni sienten los mismos odios. Y esto es algo que sorprende a los que viven esta experiencia porque estaban programados para identificarse con su comunidad.

Veamos el caso de las Angellier: suegra y nuera vivían con cierta armonía en época de paz. Cuando falta Gastón, comienzan a desarrollar una gran animosidad. La suegra le reprocha a Lucile que siga viviendo como si no pasara nada, mientras su marido está lejos, prisionero de los alemanes. Sin embargo Lucile descubre que tener a Gastón lejos no es doloroso: por el contrario, la lejanía, impuesta por la guerra, le permite darse cuenta que la relación entre ellos era fría, casi inexistente. Y para complicar las cosas, el alemán resulta un hombre mucha más atractivo y seductor que su marido, prisionero de los alemanes a quienes este intruso representa.

La situación que podría ser artificial, resulta natural, porque se narra desde los sentimientos y el conflicto que éstos crean en el personaje. El lector comprende perfectamente que uno se enamora de un hombre, no de un paisano. Y al ver a los dos jóvenes sentados al piano compartiendo un momento de placer, no duda de la sintonía que existe entre ellos. La maestría de Némirovsky está en transmitir lo que ocurre dentro sus personajes en plena guerra cuando, objetivamente, esas dos personas pertenecen a bandos enemigos. Para la escritora, el ser humano está por encima de los conflictos a los cuales se ve arrastrado por su grupo. Por eso le otorga todo el peso y la responsabilidad. Dice en sus notas:

“Hago aquí la promesa de no volver a descargar mi rencor, por justificado que sea, sobre una masa de hombres, sean cuales sean su raza, religión, convicciones, prejuicios o errores. Compadezco a esos pobres chicos. Pero no puedo perdonar a los individuos, a los que me rechazan, a los que nos dejan caer fríamente, a los que están dispuestos a darnos la patada. A ésos, si los cojo algún día…” (pág 418).

Los alemanes son los enemigos, pero luego cuando los franceses conocen y se relacionan con un alemán en particular, éste deja de ser un ser temible o detestable, para convertirse en una especie de amigo. Lo mismo sucede a la inversa. En conclusión, la comunidad no representa necesariamente a los individuos que la forman, se convierte en una imagen impuesta por las circunstancias y es abstracta. Lo concreto es el individuo, y uno ama a lo concreto. Lo abstracto es inasible.

¿Cuáles son esas otras guerras de las cuales hablábamos? Según se interna el lector en el mundo de Suite Francesa percibe la enemistad entre todos grupos:

Los aristócratas arremeten contra el resto de franceses: burgueses y campesinos:

“Mira Amaury -le había explicado la vizcondesa a su marido-, yo no puedo creer que entre ellas y yo exista una diferencia esencial. Por mucho que me decepcionen, porque no te imaginas lo groseras y mezquinas que pueden llegar a ser, sigo buscando alguna luz en su interior…” (pág. 282).

Esta visión del mundo le permitirá a la vizcondesa delatar más adelante a Benoît, quien resulta más peligroso para ella que los alemanes. A Benoît le teme, a los alemanes los admira, quisiera ser tan poderosa como ellos. Por eso pacta. Si en algún momento de la huida, el padre Péricand sintió algo parecido por los huérfanos, su postura fue la de una buena persona, la vizcondesa no lo es.

Pero esta animosidad también se encuentra entre los burgueses y los campesinos. Un buen ejemplo de ella es el odio que tiene Benoît contra el soldado Michaud, que era francés, y al mismo tiempo contra el soldado alemán:

“…Es mejor no casarse con una inclusera, no hay forma de saber de dónde viene”, se dijo una vez más con amargura; con “de dónde viene”, lo que imaginaba, lo que temía, no era que descendiera de alcohólicos ni de ladrones, sino aquello, aquella sangre de burgués que la hacía suspirar: “¡Ah, cómo se aburre una en el campo!” o “Hecho de menos tantas cosas bonitas”, y que establecía -o eso le parecía a él- una oscura complicidad entre ella y un desconocido, un enemigo, con tal que fuera un “señorito”, llevara ropa de calidad o tuviera las manos finas”. (pág. 289).

La aristocracia y los campesinos comparten un pasado plagado de rivalidades, se necesitan pero se detestan:

“Los Laberie habían sido aparceros en tierras de los Montmort de padres e hijos. Y, de padres a hijos, las dos familias se odiaban mutuamente. Los Labarie decían que los Montmort eran despiadados con los pobres, soberbios y falsos, y los Montmort acusaban a sus aparceros de tener “mala voluntad”. Lo decían en voz baja, meneando la cabeza y alzando los ojos al cielo, y la expresión significaba aún más cosas de lo que los propios Montmort creían. Sugería una manera de ver la pobreza, la riqueza, la paz, la guerra, la libertad y la propiedad que en sí misma no era menos razonable que la de los Montmort, pero se oponía a ésta como la noche al día. Y ahora, a los antiguos agravios se habían sumado otros. Benoît era un soldado de esta guerra y, a los ojos del vizconde, había sido precisamente la indisciplina, la falta de patriotismo, la “mala voluntad” de los soldados, lo que había llevado a la derrota, mientras que Benoît veía en Montmort a uno de aquellos oficiales de polaina amarilla que habían huido hacia la frontera española en sus cómodos coches, con sus mujeres y sus maletas, durante las jornadas de junio. Por no hablar del colaboracionismo…” (pág. 292-3).

Esto nos recuerda a los Corte y la familia que les robó la comida, es la misma dinámica de odio y repulsión que enfrenta a las clases sociales. En resumen la Francia que nos presenta Irene Némirovsky es una Francia dividida, y Francia es un reflejo del mundo, las pasiones de los hombres los llevan a declarar sus guerras personales de la misma manera que las pasiones de los gobernantes los llevan a declarar la guerras contra las naciones enemigas. Pero al mismo tiempo, entre escaramuza y escaramuza, unos y otros establecen alianzas para satisfacer ciertas necesidades. Es el caso de la señora Angellier y la vizcondesa de Montmort: se miran con recelo, se desprecian mutuamente, pero también intercambian trigo por carbón cuando hace falta. Otro ejemplo es el gobierno colaboracionista de Pétain.

La riqueza de los personajes de “Dolce” es su ambigüedad. Así como en “Tempestad en Junio” detectamos cierta rigidez en las descripciones de los personajes, con excepción de los hermanos Philippe y Hubert Péricand, en esta segunda parte los caracteres son más complejos. Lucille se enamora del soldado alemán pero no es capaz de entregarse, la señora Angellier detesta a los campesinos pero acoge al campesino Benoît arriesgando su vida. Las dudas, que hacen del ser humano un ser interesante y difícil de catalogar, caracterizan a los personajes de “Dolce”, seres ambivalentes, que desean y rechazan al objeto deseado, que odian pero perdonan, que se enamoran pero tienen miedo.

Los lectores desconfiamos de los personajes “de una sóla pieza”. Para creer en ellos, necesitamos detecta la imperfección, ese elemento que es la esencia de lo humano. Cuando Irene Némirovsky se refiere al soldado alemán alojado en casa de los Labarie, lo describe de esta manera aparentemente contradictoria:

“De tal modo que, si bien se mostraba implacable con los hombres, era extraordinariamente considerado con los animales”. (pág. 273).

O cuando habla de Bruno para señalar su ambivalencia:

“Bruno sentía esa majestad, esa grandeza del poder alemán, reflejada en él mismo cuando caminaba por las calles de Bussy, cuando cruzaba u pueblo a caballo, cuando hacía sonar sus espuelas ante la puerta de una casa francesa. Pero lo que los franceses no habían podido comprender era que él no era ni orgullosos ni arrogante, sino sinceramente humilde, y la grandeza de su tarea lo asustaba”. (pág. 391).

Esta concepción del hombre, la expresará Némirovsky con una imagen visual extraída de la naturaleza:

“El sol atravesaba algunos y revelaba un entramado de minúsculas y delicadas venas, que destacaban en la blancura del pétalo y añadían a la fragilidad, a la inmaterialidad de la flor, algo vivo, casi humano, en la medida en que el adjetivo humano implica a un tiempo debilidad y firmeza; no resultaba extraño que el viento pudiera agitar a aquellas maravillosas criaturas sin destruirlas, sin siquiera ajarlas; se dejaban mecer soñadoramente; parecían a punto de caer, pero estaban firmemente unidas a las delgadas, lustrosas y duras ramas…” (pág. 294).

Así como en “Tempestad en Junio” los objetos que empacan son de vital importancia, en “Dolce” los objetos son igualmente importantes y por lo tanto los esconden de los alemanes para no perderlos. También los reclaman, como es el caso de la familia Perrin. Para ellos no es la pérdida de la casa lo que los humilla, es la pérdida de aquellos objetos queridos que tienen, exclusivamente, un valor afectivo:

“Una jofaina y una jarra de porcelana, con nuestra inicial y un motivo de mariposas; un escurridor para la ensalada; el servicio de té blanco y dorado (veintiocho piezas, al azucarero le faltaba la tapa; dos retratos del abuelo; uno en brazos de la nodriza y otro en su lecho de muerte. La cornamenta del siervo de la antesala, recuerdo de mi tío Adolphe; el plato para las gachas de la abuela (porcelana y corladura); la dentadura de repuesto de papá…) (pág. 336).

NIVEL FORMAL

En la prosa de Suite Francesa destacan dos logros estilísicos: el registro auditivo de los sonidos, y las figuras literarias del mundo animal.

Aquí, lo que se oye es determinante para saber lo que sucede, el oído es el sentido que más se agudiza en el relato. La oreja del lector se mantiene alerta desde el primer capítulo en donde se describen matices auditivos muy variados: “oídos enemigos”, “oído atento”, “grito”, “cañonazos”, “llanto”, “aullido de las sirenas”, “En los oídos de los moribundos, los cañonazos parecían débiles y carentes de significado, un ruido más en el siniestro rumor que acoge al agonizante como una ola”, “ruido parecido al del cordero de mamar”, “pajarillos cantaban”, para cerrar el capítulo de esta manera: “se oyó al fin una llamada muy lejana, amortiguada por la distancia, una especie de una diana de tres tonos. La alerta había acabado”,

Señalamos otros ejemplos:

“… Allí nada recordaba la guerra. Una fuente murmuraba, un ruiseñor cantaba, una campana daba la hora… (pág. 125-6).

“También se oían otros ruidos: una detonación que crecía y se desplegaba como una flor a intervalos regulares, y cuando cesaba, el temblor de todas las ventanas del pueblo, el chirrido de los postigos abiertos y de nuevo cerrados en la oscuridad y las palabras angustiadas que se lanzaban de ventana en ventana”. (pág. 141).

“Aquel pueblo abandonado por los hombres, en el que no se oían pasos ni voces y al que le faltaban todos los sonidos del campo -el chirrido de las carretillas, el zureo de las palomas, el cloqueo de los corrales-, se había convertido en el reino de los pájaros, las abejas y los abejorros. Philippe pensó que nunca había oído tantos cantos vibrantes y felices ni visto tantas colmenas a su alrededor”. (pág. 177).

El mundo animal contribuye a esclarecer ciertos comportamientos y éstos funcionan como metáforas de lo humano. Veamos algunos ejemplos de este recurso:

“Un gato sostenía con circunspección entre sus puntiagudos dientes un trozo de pescado erizado de espinas: comérselo le daba miedo, pero escupirlo sería una lástima”. (pág. 32).

“Así es como los animales esperan la muerte. Así es como el pez atrapado en la red ve pasar una y otra vez la sombra del pescador”. (pág. 74).

“… Como un pájaro que, asustado por un disparo, se aleja de su nido y desaparece, aquel último pensamiento consciente cruzó la mente de Charlie y la abandonó al mismo tiempo que la vida”. (pág. 230).

“Cuando la señora Angellier y el alemán se encontraban cara a cara, ambos retrocedían instintivamente, de un modo que, en el oficial, podía pasar por una afectación de cortesía, por el deseo de no importunar con su presencia a la señora de la casa, , y se parecía bastante a la reparada de un pura sangre que ve una víbora ante sus patas…” (pág. 347).

La naturaleza siempre aparece en estado puro. Es el contrapunto al ambiente bélico. La naturaleza escapa al miedo, al dolor, y a la angustia del momento. Es la imagen de la época de paz.

Los textos citados son de la edición de Salamandra, 2005. Traducción José Antonio Soriano Marco.